título
Todología con bigote
Los Goya, The Movie

Álex de la Iglesia es de todo menos tonto. Desde que fue nombrado presidente de la Academia de Cine sabía que había que hacer las cosas de otra manera, y que una de esas cosas, quizá la más importante, era organizar bien el escaparate para que la gente quiera comprar. Había que empezar por la gala de los Premios Goya.

Tras varios años de escenografías penosas (con Coixet y Amenábar en todo lo bajo de la clasificación, para colmo), ceremonias eternas, realizaciones absurdas y el remate de esa estupidez de transmitir con media hora de retardo en los últimos años (¡en plena era de internet y las actualizaciones en tiempo real!), Alejandro decidió hacer lo que, al parecer, a nadie se le había ocurrido antes, aunque estaba ahí delante: apostó por hacer que la gala fuese como una película. Y ganó.

Llevan décadas diciendo que los Goya no son los Óscars, que la diferencia de medios y calidad es notable, que no tiene sentido compararlos, etcétera. Esto estaría muy bien de no ser por un pequeño detalle: los Oscar molan y son (más o menos) entretenidos. Los Goya, sin una polémica de por medio, ni una cosa ni la otra. De La Iglesia se dio cuenta; posiblemente otros antes que él, sí, pero fue él quien tomó la decisión: copiemos a los que saben de esto.

El resultado, si han podido verlo, es la mejor gala de toda la historia de estos premios. Un show de televisión con ritmo, con fuerza (más al principio que al final, ahora voy a eso), con risas, con un presentador que sabe llevar al público a su terreno desde el principio (comiendo palomitas, nada menos) y que ha conseguido lo que sólo Sardá supo en su día, esto es, que el público se implicara en lo que veía.

No ha sido casualidad, ni tampoco la piedra filosofal; la expectación ante la gala era inusualmente alta, diría que la mayor de los últimos diez años. Para ello se hizo una intensa labor de promoción de ésta y de las películas e intérpretes que en ella participarían, se jugó con el cotilleo, se hizo partícipe a los medios (incluyendo internet de forma intensísima) de todo lo que iba a ocurrir, se le dio categoría de espectáculo, y no sólo de una reunión de colegas. Se cuidaron los detalles al máximo, o casi y, sobre todo, se procuró que la realización fuese coherente con lo que sucedía sobre el escenario. Zac, zac, zac, zac, zac, los eventos se sucedían uno tras otro, sin dar apenas tiempo a respirar; la ausencia de cortes publicitarios permitieron enganchar bloques de premios grandes (siete u ocho de cada vez) con unas pequeñas pausas de logística en las que una voz en off mantenía la continuidad para los espectadores televisivos. Se evitaron montajes innecesarios, como los musicales, y se redujeron los textos de los presentadores a niveles incluso ridículos, pero que resultaron en general beneficiosos. Y, cuando la ceremonia, ya lastrada por su duración y las horas que eran (y ojo, que también ha sido de las más cortas), parecía que se iba a despeñar por el barranco, ese pedazo de cabrón (alias puto AMO) que es De La Iglesia se saca el as de la manga… ¡y saca a ALMODÓVAR para que entregue el premio a la mejor película! ¡A ALMODÓVAR, el eterno peleado con la Academia! Imagínense la mayor ovación de la noche y todo el público, sin reservas, puesto en pie y dejándose las manos allí mismo. Señores, olvídense de premiados y premiadores, que la clave estaba ahí, en el grand finale … “Los Goya, The Movie” fue la absoluta triunfadora de la noche.

Está clarísimo que Álex de la Iglesia ha querido dar un estilo nuevo a una Academia que se estaba quedando sopa, como todavía se empeñaban en demostrar con la extraña propuesta para el Oscar que hicieron. Con esta gala, lo ha conseguido de pleno; ha vuelto a poner el cine español en un lugar visible para un público que le consiente mucho menos que a otras cinematografías. Lo que ocurra a partir de ahora es responsabilidad de los que hacen películas, pero el primer paso, el de poner en limpio el escaparate, se ha conseguido. No al cien por cien, pero se ha conseguido.

Y ahora unos pocos detalles de bondad y maldad, esperables y corregibles:

1. La previa: miren ustedes, yo sé que estas cosas cuestan dinero y que los patrocinios son necesarios, y que una empresa quiere su logo bien visible para que le salga rentable el dinero a fondo perdido… Pero LA ALFOMBRA DE UN EVENTO DE GALA HA DE SER ROJA. ¡VERDE NO, ROJA! Y si a Jameson no le gusta, que se joda y se busca patrocinio en otro sitio; seguro que a partir de ahora habrá más candidatos que no querrán hacerse notar aun a costa de la horterada.

2. La duración: hemos mejorado, y mucho. Se han suprimido diálogos tontos (véase punto siguiente) y no se ha caído en la tentación de los montajes temáticos, muy vistosos fuera de contexto pero que matan el ritmo de algo que “obliga” a público y espectadores a estar pendiente durante más de dos horas. Los retrasos han de ser los mínimos sin perder la fluidez, y esta vez “casi” se ha conseguido. El “casi” se produce por lo larguísimo de algunos discursos de los premiados. Aunque claro, si no eres yanqui de dónde sacas el corazón para decirle a alguien que no disfrute de su momento de gloria cuando le dan un premio…

3. Los actores-presentadores: para que los premios se ganen el respeto del público, primero tienen que ser respetados por sus protagonistas. Me explico: si sales a presentar un premio, lo mínimo que has de hacer es ir la tarde de antes a los ensayos (y si tienes rodaje, pides una pausa, que a la película también le vendrá bien luego). Porque aunque te escriban el guión, ¡hay que ensayar! Lo que no puede ser es que, para cuatro palabras que se intercambian dos actores antes de entregar un premio, lo que se vea parezca una obra de patio de colegio. Y para una que me consta que fue a los ensayos, Paz Vega, qué sosa se comportó, dentro y fuera del escenario. Los mejores, Natalia Verbeke (ais…) y los Guillén Cuervo, a pesar de Cayetana. Los peores: el guionista y el organizador de la gala, que hacen traerse a gente como Daniel Brühl sólo para decir “y los nominados son…”. Mención especial: Pocoyó. Como decía mi hermano anoche: “Si señor, si tenemos un dibujo que triunfa en medio mundo, HAY que meterlo en la gala, como hacen en los USA”. Y, queridos lectores, salió es-pec-ta-cu-lar.

4. El Maestro de Ceremonias: por favor, que SIEMPRE vaya Buenafuente. Divertido, ágil, descarado, repartiendo estopa sin piedad, pero sin perder el respeto ni el buen gusto, consiguió mantener el ritmo casi hasta el final y hacerse con el público (a ambos lados de las cámaras). Dicen que Rosa María Sardá fue la mejor presentadora de los Goya. Como no vi la primera gala que presentó, pero sí la posterior (y estuvo bastante aburrida y sosa), permítanme decir que Andréu es “the man”. Ojalá acepte el año que viene hacerse cargo de nuevo.

5. El discurso del presidente de la Academia: el mejor de todos, sin duda. Por primera vez hay autocrítica, y gorda. Por primera vez no es un discurso victimista y llorón, sino casi de arenga y acción: “nos lo tenemos que currar”. Y por primera vez no se echa la culpa al público de los males del cine español. Que ya era hora, hombre, a ver si Sinde aprende (lo dudo). Ah, y el homenaje a Mercero, impagable… hasta para los momentos emotivos hay que saber hacer las cosas bien.

6. Los premios: previsibles casi todos, salvo, quizá, el de Mar Coll en detrimento de Cobeaga. No quiero opinar de si son justos o no, pues salvo Pagafantas, El Secreto de sus Ojos y Los Abrazos Rotos no he visto ninguna de las nominadas. Se lo dejo como ejercicio.

y 7. La emisión de TVE: bastante bien, a pesar de algún que otro fallo de realización. Pero me han gustado particularmente las transiciones de la voz en off (aunque sigo pensando que deberían ser los presentadores quienes anuncien a los nominados), la iluminación y los decorados, que a pesar de su simpleza se alejan de la tristeza de los años anteriores y evitan chorradas como las pasarelas inacabables o los juegos de sombras (que no, Coixet, que no, que esa te la tengo guardada desde hace años, petarda). Y un gran, grandísimo detalle: la emisión en streaming por la web, impecable y sin cortes ni saturaciones, lo que ha permitido que servidor la viera sin problemas y hoy pudiera romper mi silencio y escribirles esta larguísima nota.

El cine español tiene mucho futuro por delante: no sólo porque las películas van aumentando de calidad y enriqueciendo sus temas, sino porque se ha demostrado que es perfectamente posible hacerlas atractivas al público, empezando por un escaparate tan importante como la gala de los Goya. Gracias, Álex, como espectador… seguramente los que trabajan en el cine te lo acabarán agradeciendo también, porque les has allanado un poquito más el camino a la excelencia.

comments powered by Disqus

 ||—|| 

Los textos originales de este cuaderno se encuentran bajo la Licencia ColorIuris especificada aquí. El resto son propiedad de sus respectivos autores. El diseño de la página es obra de Jorge Portillo. Valida xhtml y css. Formatos disponibles para agregadores de noticias: atom y rss ( Suscribir). Alojamiento provisto por Libro de notas. Gestionado con Textpattern. La caricatura de Groucho Marx es creación de Al Hirschfeld, publicada por George J. Goodstadt. Si quiere saber quién visita este cuaderno y desde dónde, pinche aquí.