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Todología con bigote
Cómic Sans, esa letra infecta

Lo confieso: la usé. Incluso con cierta prodigalidad, en mis años mozos. Y pasé de amor al odio, en parte porque la veía en todos sitios y en parte porque aparecía en los dieciochomilmillonesdemillones de Pogüerpoinses que plagaban el corredo litrónico en aquellos años de la internete a manivela. Ahora se la conoce como la apestada de las fuentes… pero creo que no deja de ser un calificativo puesto por “nos”, los puretas de la red. Nos repugna, nos repele, nos invade, nos atorra (¿atuerra?), desearíamos destrozar hasta los mínimos pedacitos cualquier octavilla que nos encontramos impresa en tal tipografía. Desechamos y salimos huyendo de cualquier página web que tiene la mala idea de usarla como fuente principal, y todavía nos preguntamos cómo hay gente seria con los santos Eier de utilizarla en sus Currículum Vitae.

Pero lo cierto es que ahí está y que sigue molando a una inmensa masa de gente con yemas en los dedos, capaces de presionar un teclado y medio usar un programa de Offis. La Cómic Sans, esa letra infecta, que se impregna como una colonia mala o como las canciones de Alejandro Sanz y cuesta mucho trabajo quitarse de enmedio. El terror del diseñador gráfico, el anatema del impresor, la sentencia de muerte de cualquier blog que no esté en Tripod o el difunto Geocities. La letra escarlata, sin serifas.

Y tiene una historia. Incluso diría que una historia bonita que generó otras historias bonitas.

Gracias a SuperSantiEgo encuentro en el Wall Street Journal (no le digan a naiden que he leído semejante cosa) un pequeño artículo que nos habla del creador de dicha fuente, del movimiento creado hace años para prohibirla (como suena) y de cómo ambos protagonistas convergieron hasta entenderse cordialmente.

Me he permitido (y espero que a la autora no le importe mucho, en el supuesto de que entre aquí alguna vez) traducir el artículo de Emily Steel y pegárselo acá para el que le interese leerlo. El original se encuentra aquí. Es posible que me haya tomado alguna licencia a la hora de transcribirlo y que se me haya colado algún traducto. Rogamos perdonen las disculpas.


El tipo de letra inspirado por los cómics se ha convertido en fuente de mala voluntad.
Por Emily Steel (WSJ)

Vincent Connare diseñó la ubicua y burbujeante fuente de Comic Sans, pero entiende al movimiento mundial que quiere prohibirla.

Mr. Connare ha observado, divertido y mortificado a partes iguales, cómo la Comic Sans se ha extendido desde un proyecto de software de Microsoft Corp. de hace 15 años hasta las octavillas de institutos, circulares de navidad, anuncios de Disney, etiquetas de Beanie Baby, e-mails de trabajo, señales urbanas, biblias, webs prono y carteles de hospitales sobre el cáncer de intestino.

La fuente, una escritura informal diseñada para que pareciera la tipografía de los cómics, es la perdición de los diseñadores gráficos, otros estetas y friáis de internet. Es incluso protagonista de un chiste: “Dice que entra la Cómic Sans en un bar y le dice el camarero: «no servimos a las de su tipo»”. En la red social Twitter, las quejas sobre esta fuente aparecen cada par de minutos. Una tira cómica online muestra a una pandilla pateando e insultando a Mr. Connare.

Este alegre tipo de letra ha originado el movimiento Prohibición de la Comic Sans, que tiene cerca de una década pero que es más fuerte que nunca, gracias a la Web. Su misión: “erradicar esta fuente” y “el mal de la ignorancia tipográfica”.

“Al que le encanta, no sabe demasiado de tipografía”, dice Mr. Connare. Pero, añade, “el que la odia, tampoco sabe realmente mucho de tipografía, y debería buscarse otro hobby”.

Los tipos de letra arrastran un significado, dicen los tipógrafos. La Helvética es un estándar de la industria, simple y fiable. La Times New Roman es clásica. Dependiendo del punto de vista, la Comic Sans es divertida, informal, tonta o vulgar y perezosa. Podría ser “algo análogo a aparecer con un esmoquin en una fiesta de payasos”, avisa el manifiesto por la Prohibición de la Comic Sans. El nombre original de la fuente era Cómic Book, pero Mr. Connare pensaba que no era un nombre auténtico para una fuente. Utilizó Sans (abreviado de sans-serif), porque la mayor parte de las letras, excepto la I mayúscula, no tienen serifas, esos pequeños trazos al final de las líneas.

Mr. Connare, de 48 años, trabaja ahora en Dalton Maag, un estudio de tipografía en Londres, y se ha encontrado que su creación favorita —un sofisticado tipo de letra llamado Magpie— ha sido eclipsado por la Comic Sans. Se avergüenza de las apariciones más improbables de su monstruo de Frankenstein en forma de fuente y raramente la usa él mismo, pero dice que intenta ser educado cuando conoce a gente que se emociona al estar en presencia de su creador. Una vez, al googlear, se topó con una web de fans de Black Sabbath que usaban Cómic Sans. Los creadores del sitio ni siquiera le dieron el crédito por ello. “No se puede regular el mal gusto”, dice.

Aun así, se le suele picar por —y se aprovecha de— su reputación. Una foto firmada por Mickey Mouse, que Disney envió a Mr. Connare como agradecimiento por el uso de la fuente en sus anuncios, cuelga en su casa. Su esposa, Sue Rider, le presenta en las fiestas como el padre de la Cómic Sans. Un amigo suyo afirma conocer a alguien que rompió con su novio en una carta escrita en Cómic Sans para aligerar el golpe. Pero desde luego no ha habido demasiado dinero de por medio para Mr. Connare desde que Microsoft se adueñó de la fuente.

Desde luego que no habría un movimiento para prohibir la Comic Sans si no fuese tan popular. “La hemos usado durante años”, dice Peter Phyo, gerente del restaurante O’Neals’, frente al Lincoln Center de Manhattan. “Es simplemente el procedimiento. No sabría decirle la razón exacta. Y queda bien en el menú”. Dice Mr. Phyo que nadie se ha quejado.

La proliferación de la Cómic Sans tiene algo de chiripa. En 1994, Mr. Connare trabajaba en un equipo de Microsoft creando software que los consumidores acabarían usando en los PCs domésticos. Su sensibilidad de diseñador se vería alterada, sin embargo, cuando una tarde abrió una versión de prueba de un programa llamado Microsoft Bob para niños y usuarios novatos. La pantalla de bienvenida mostraba a un perro de cómic llamado Rover que hablaba en un bocadillo. El mensaje aparecía en la eternamente aburrida fuente Times New Roman.

Mr. Connare cuenta que agarró los dos cómics que tenía en su despacho, “El Regreso del Caballero Oscuro” y “Watchmen” y se puso a trabajar, inspirado por la tipografía y usando su ratón para dibujar en la pantalla de su ordenador. En una semana había diseñado su legado.

Un jefe de producto reconoció el atractivo de la fuente y la incluyó como estándar en el sistema operativo Microsoft Windows. Conforme se popularizaban los ordenadores domésticos, la Cómic Sans adquirió una tontorrona vida propia.

Y para destruir esa tontería está la Prohibición de la Cómic Sans, cuyas armas incluyen adhesivos de desaprobación que se estampan en los usos inadecuados de la fuente en cualquier lugar en que se encuentren.

Prohibición de la Cómic Sans fue concebido en el otoño de 1999, cuando Holly Sliger era estudiante de último curso de la Escuela Herron de Arte y Diseño, en Indianápolis, donde estudiaba tipografía y diseño gráfico. Mientras diseñaba una guía del museo para una exposición de artilugios que podrían manejar los niños, Mrs. Sliger cuenta que se horrorizó cuando sus jefes le dijeron que utilizara Cómic Sans. Les dijo que era un cliché, y les imprimió una lista de otros tipos de letra que pensaba que encajaban mejor en el proyecto. Le insistieron en la Cómic Sans.

“Para mí fue un infierno”, dice, “estaba por todos lados, como una epidemia”.

En pleno proyecto conoció a su futuro marido, Dave Combs, un sábado en la sinagoga. Acababa de licenciarse y trabajaba como diseñador gráfico y ella sabía que la entendería. “Esto es horrible”, recuerda él haber dicho. Y ella dice, “ahí es cuando supe que era el tío con el que me casaría”. La pareja se casó un año más tarde y siguieron quejándose de la fuente.

Mr. Connare dice que empezó a darse cuenta de que la marea se había vuelto contra la Cómic Sans en enero de 2003, mientras estudiaba su máster en diseño tipográfico en la Universidad de Reading, en Berkshire, Inglaterra. Recibió un e-mail de Mr. Combs pidiéndole permiso para usar su foto en unas pegatinas, camisetas y tazas de café para promover la “conciencia tipográfica”, del movimiento para la prohibición de la Cómic Sans. Ocupado y despistado, Mr. Connare dijo que sí.

“Sonaba un poco tonto”, dice. No se le ocurrió que la cosa se saldría de madre.

Pero los Combs tenían ambiciones globales. Un mapa cuelga de la habitación de su hija, salpicado de banderitas rojas que muestran las docenas de lugares en todo el mundo de donde la gente ha pedido sus adhesivos. “Son como multas de aparcamiento”, dice Mr. Combs. Según crecía el movimiento, la imagen de Mr. Connare se convirtió en el logotipo de la destrucción de la Cómic Sans.

Mr. Connare acabó pidiendo a los Combs, en febrero de 2004, que dejaran de usar su foto, cosa que hicieron.

Hoy Mr. Connare da conferencias en internet utilizando presentaciones de Powerpoint de 41 páginas escritas en ya saben qué. Habla con los Combs acerca de crear conjuntamente un álbum de imágenes de “Amo/Odio la Cómic Sans”.

La fuente se ha vuelto tan popular que se aproxima a lo retro-chic. La tienda de diseño Veer vende una camiseta con la imagen de un corazón humano compuesto totalmente de caracteres en Cómic Sans. El texto de Veer: “Ámala, ama odiarla, o bien odia amarla”.

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