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Todología con bigote
El papel de la prensa: Asuntos de cuernos y sangre

Pasan tantísimas cosas en estos días que cuesta escribir sobre algo con un mínimo de sentido o de novedad. Cada vez me da más pereza empezar una nota, ya que antes de que siquiera ponga las manos en el teclado ha habido dos docenas de juntaletras que han publicado más o menos lo mismo que yo quería decir, y en muchos casos expresándolo mejor de lo que yo lo haría.

Pero hoy me apetecía hablar de este artículo de Martínez Soler para 20 minutos, con el que no estoy en absoluto de acuerdo. Es más, me parece hipócrita e inconsecuente.

JAMS se rasga las vestiduras y entona un mea culpa con la boca pequeña para, acto seguido, pasar a hablar de la “barbaridad”, de la “crueldad”, del sinsentido de los Sanfermines, cebándose principalmente en los encierros y el riesgo de muerte que éstos entrañan para los mozos que corren delante (a veces detrás) de los toros para guiarles al coso pamplonica. El detonante, cómo no, ha sido la muerte del joven Daniel Jimeno hace un par de días, que ha llenado portadas y páginas de diarios impresos y digitales. Tras una larga perorata, ilustrada con capturas de las portadas principales, concluye JAMS con la siguiente pregunta:

¿es necesario mantener hoy ese riesgo cierto de muerte (como vimos ayer) por un puñado de turistas y de euros?

Vamos por partes. Verán ustedes, a mí no me gustan los toros, estuve en Sanfermines con dieciocho años, chupinazo incluido (en el que creí que me moría dentro de una marea humana), me lo pasé bien por la compañía y las risas que nos echamos durante toda esa semana, pero igualmente me prometí no volver jamás a esas fiestas, pues básicamente se componen de alcohol y cansancio, sin nada más que aportar. Vi uno de los encierros, muerto de frío, desde las gradas de la plaza de toros, y poco más. Alguna vez que otra, después de eso, los he visto por televisión, casi siempre en las repeticiones del telediario. De una cosa estoy convencido: del espectáculo taurino, si puede llamarse así, el encierro es la única parte en la que el toro va a su bola, sin que le den por culo, con perdón. El toro corre hacia adelante, y solamente si se acojona o se ve amenazado se para y ataca. Desde luego, puede haber alguno al que se le vaya la pinza y se ponga a cornear a diestro y siniestro. Ocurre poco, pero sucede a veces; forma parte del tinglado y los mozos que, año a año, se ponen delante de los astados saben perfectamente que esos cuernos no son de broma: si te alcanzan, hacen verdadera pupa. Y, aunque fueses un corredor entrenado como el pobre Jimeno (regla de oro, oída en la misma Pamplona: no es correr más rápido, es correr bien y sin molestar al resto), puedes tener mala suerte y que te alcance. En el mejor de los casos, acabas en el hospital, y en el peor acabas muerto. Los corredores, y los que no lo son, también son conscientes de esto. Y lo más importante: a ninguno de ellos le obligan a correr delante de los toros.

Con todas estas premisas, yo me pregunto: ¿de qué crueldad, de qué barbaridad, de qué salvajada estamos hablando? Afirma JAMS:

Ojalá sirva la muerte de este joven para que las autoridades de Pamplona se tomen en serio la salvajada de los encierros y —en el caso de que quieran conservarla por el turismo y la pela— la conviertan en un espectáculo realizado sólo por profesionales registrados, no alcohólicos, y con las mayores garantías (como los trapecistas que trabajan con red). Ciudadanos arriesgados e irresponsables hay muchos, y en todas partes, pero los gobernantes de una ciudad moderna y maravillosa como Pamplona deben tener la madurez suficiente para poner orden en esta borrachera pueril y morbosa de tetosterona y muerte.

Es decir, asepticen el San Fermín, porque… ¡muere gente! Óle, ha descubierto que en este sitio se juega. Pero es que ya se sabía, querido JAMS, todos los años hay accidentes, heridas por asta de toro, hospitalizados… forma parte del tinglado, oiga, de un tinglado que, por otra parte, tiene unas medidas de seguridad brutales, precisamente para que los que no están corriendo, sino solamente observando el encierro, no corran riesgos desde el otro lado de las vallas. El que se mete entre ellas sabe perfectamente (o debería saberlo: borrachos guiris siempre hay) a qué se expone. Un bicho de quinientos o seiscientos kilos no es cosa de risa. Pero seguramente se producen más tragedias en esa misma semana por el alcoholizamiento masivo dentro de la propia ciudad. No tengo los datos, pero seguramente serían sorprendentes… y entonces deberíamos pedir al Ayuntamiento que, directamente, prohíba la venta de alcohol del 6 al 14 de julio… ¿o no? Volviendo a ese 6 de julio de 1992, el día del chupinazo, cuando regresé a casa, tuve que tirar a la basura una camiseta, unos vaqueros e incluso los zapatos que llevaba puestos, empapados e inservibles como quedaron de todo el champán malo que me cayó encima… y les puedo jurar que yo no bebí una gota. Uno de los que venían con nosotros tuvo algo menos de suerte: se cortó en el pie con el cristal de una de las miles de botellas rotas que se acumulaban junto a los bordillos y hubo que enchufarle la antitetánica. Me da por pensar que incluso salió bien parado el hombre.

Querido JAMS: tu intención es buena, pero yerras el tiro. No sé si intencionadamente, pero así es, te equivocas al elegir el blanco de tus iras. La crueldad o salvajismo de los Sanfermines no se encuentra, al menos no del todo, en los encierros. Se encuentra en el papel de la prensa y de los periodistas, esa profesión a la que cada día (te) cuesta más defender, entre otras cosas porque caes en las mismas miserias. La crueldad se encuentra en esas fotos del chaval con la aorta seccionada y sangrando por un agujero enorme que han ocupado todas las portadas, incluido la de tu periódico, y con las que te recreas en tu blog, procurando que se vean bien centraditas a mitad de tu artículo. La crueldad está en esa profusión de noticias y videos del chaval Jimeno que llevan varios días inundando los diarios y televisiones y a las que la familia del fallecido se tiene que enfrentar, aunque no quiera, porque es imposible abstraerse de ellas. La crueldad está en escribir un artículo como el que tú has escrito y salpicarlo con esas imágenes (¿aportan algo, JAMS? ¿tienen verdadero interés informativo? ¿van a ayudar en algo a su familia? ¿te van a suponer más visitas al blog?) y, encima, quejarte de que no has encontrado opiniones críticas en la prensa. ¿Sobre el tratamiento de la noticia? No, aparentemente, sólo sobre los Sanfermines. Lo que a la crueldad añade, además, un cierto recochineo.

El papel de la prensa a la hora de dar noticias y crear opinión no solamente es relevante con los grandes titulares, con las desgracias que mueven al mundo o con las crisis económicas. O con los fichajes del Madrid, ya puestos. A ti, que tanto te gusta (y con razón) criticar las labores de El País o El Mundo cuando fabrican titulares o cuando manipulan las noticias, no te vendría mal mirar dentro de tu propia casa, incluso dentro de tu propio blog, y preguntarte de vez en cuándo qué estás haciendo mal. Como ahora, donde tu labor crítica brilla por su ausencia, y mira que motivos sobran. Permíteme la exageración, pero creo que cuando una noticia como la muerte de Daniel Jimeno, en unas circunstancias de riesgo que él conocía, se magnifica y se degrada de tal forma por casi el cien por cien de los medios de prensa, al último al que hay que echarle la culpa es al toro.

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