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Todología con bigote
Recuperando notas antiguas: "Yo le pondría su nombre"

Revisando los archivos de la anterior versión del cuaderno, encontré este texto que hoy quiero recuperar para ustedes. Creo que sigue siendo tan válido como cuando lo escribí. Y en el fondo me jode que sea así.

Yo le pondría su nombre
(ironía en 368 palabras)

Yo le pondría su nombre a una calle.
Calle de Hitler. Calle de Franco. Calle de Mussolini. Calle de Stalin. Calle de Videla. Calle de Pinochet. Calle de Fidel. Calle de Idi Amín. Calle de Primo de Rivera. Calle de Lenin. Calle de Somoza. Incluso calle de Plezsky-Gladz.
Y de muchos otros más.
Y no los pondría en una callejuela estrecha, perdida, en el extrarradio de las ciudades, para contentar a los nostálgicos. No.
Los pondría en calles céntricas, en avenidas amplias, en marquesinas vistosas, en letras de cerámica grandes, en las paradas de autobuses, en las estaciones de metro.
Incluiría estatuas, pósters, cuadros, relieves, azulejos. Cosas donde se les viera con el brazo en alto, con mirada distante aunque directa, con expresión decidida, de autoridad, casi desafiante.
Las pondría en medio de las plazas, en glorietas de avenidas, incluso en mosaicos a los lados de la calzada.
Que se vieran bien, que no haya manera de evitarlas con la vista.
Que los niños pasen por delante y se queden mirando con curiosidad.
Que aprendieran rápido a leer, para poder descrifrar esos nombres tan rimbombantes.
Que levanten la manita y, señalando el nombre de la calle, la estatua, el azulejo o la marquesina, pregunten a sus papás quién era ese señor.
Y que sus papás, mirándoles con cara de tristeza, pero al mismo tiempo de esperanza, les contestaran:
“Ése, cariño, fue un hijo de la grandísima puta…”, y empezaran a contarles todas las barbaridades que hizo, los crímenes que cometió, su desmedida avaricia y sed de sangre.
Y que no omitan detalles, ni gruesas palabras. Los niños son inocentes, pero no tontos. Ni deben ser criados como tontos.
Y que terminen diciendo: “… y le pusimos su nombre a una calle, y le hicimos una estatua, para que siempre recordáramos lo hijo de puta y lo cabrón que era. Para que podamos recordároslo a vosotros, y vosotros a vuestros niños.”
“¿Y eso por qué?”, preguntará el chaval, perplejo.
“Porque hubo una época, cariño, en que muchos se empeñaron en que lo olvidáramos. Decían que para no remover el pasado. Decían que para no enfrentar más a nadie. Pero en realidad, era para que ellos pudieran ocupar su lugar”.

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