título
Todología con bigote
Crash

“Crash” es una película de tema único y esencial que se concreta a través de historias particulares y se encarna en un coro de personajes muy variados pero con lazos en común. Gracias a esta técnica de multiplicación de historias, la película multiplica los puntos de vista y consigue sacar a la luz muchos de esos cordones ocultos que nos unen o nos separan de las otras personas más de lo que creemos o sabemos.

Si nos preguntaran cuál es la esencia de la película y tuviésemos que resumirla en una palabra o en un breve sintagma, probablemente acudirían muchos y muy variados a la mente: la confusión, la diversidad racial, los conflictos sociales, la integración de personalidades y puntos de vista… No mentiríamos con ninguno y es que, quizás, la principal característica de “Crash” es la que une su fondo a su forma: los conflictos entre las personas abordados desde diversas perspectivas. Para poder profundizar en los matices con que estos conflictos se dan en la realidad, “Crash” utiliza la técnica coral y pone en marcha diversas historias que ilustran los distintos puntos de vista con que nos miramos y miramos a los demás.

Si aprendemos a andar andando, es obvio que aprendemos a relacionarnos con los demás relacionándonos. “Crash” habla de ese proceso de aprendizaje y no lo puede hacer sino presentándolo, mostrándolo, dejando hablar a los que intervienen en él, haciendo que los personajes se definan por sus acciones, por las posturas con que afrentan los problemas; en “Crash”, los dilemas se gestan en la pantalla al tiempo que en la mente del espectador; vamos creciendo con los personajes, andando de su mano el mismo camino que pasa por la intolerancia, la sumisión, la frontal incomprensión, la frustración, la soledad y la solidaridad.

El tema racial está muy presente en la película, pero creo que ha sido utilizado porque se ha descubierto en él un vehículo magnífico para ilustrar de forma viva y realista y sin ansia pedagógica muchas de las disquisiciones que los humanos nos hacemos todos los días. Generalmente, el primer saco que utilizamos para distinguir las cosas, las personas, los hechos es ese tan simple de “igual” o “diferente”. La película se interna, a través de dos jóvenes negros obsesionados con la idea de su marginación, en el problema de la elaboración de una identidad y de cómo la determinan las identificaciones, a veces arbitrarias, con que nos vamos ayudando para averiguar quienes somos. El productor de televisión negro Cameron Thayer, (Terrence Dashon Howard) que baja la vista ante los comportamientos racistas con que el sargento Ryan (Matt Dillon) le ofende en el cuerpo de su mujer, nos invita a reflexionar acerca cómo nos implicamos en nuestros propios problemas. El detective Graham Waters (Don Cheadle) también es negro y sin embargo sus problemas apenas tienen que ver con su color, sino con su trabajo y su familia.

Estos son sólo algunos de los personajes que configuran este tapiz de problemas. Una familia de origen persa que posee un frágil comercio de ultramarinos, un hispano que se gana la vida como cerrajero, un fiscal del distrito más preocupado por su buena imagen que por los derechos efectivos de aquellos a quien dice defender, un sargento de policía desquiciado por los problemas de salud de su padre y con una vena racista exacerbada, una mujer que esconde su soledad en los prejuicios y un joven policía cargado de buenas intenciones pero totalmente desorientado son otros de los personajes que van presentando los diversos problemas o los diversos modos de abordar el mismo problema a lo largo de la película. Así, por ejemplo, el productor Cameron Thayer y su mujer constituyen una pareja un tanto paradójica que encarnan la sumisión y la rebeldía frente al conflicto racial.

El modo de plantear el tema esencial a través de un conjunto de historias es el principal mérito de la película, pues consigue, que en vez de reflexionar de forma teórica, dicotómica y cargada de moralina, ampliemos nuestra perspectiva y nos pongamos por un ratito, de un modo más sensible que intelectual, en todas esas otras pieles que no conocemos.

Sin embargo, la película resulta un tanto artificiosa y en exceso políticamente correcta. Puede que la búsqueda de la perfección o la minuciosidad resten valor a la película, que provoca, en parte, esa sensación de ciertas obras en que se admira más su estructura que su significado. No deja de percibirse la realidad que une todo lo narrado como un manto que recubre una estructura totalmente ficticia. Las historias se unen unas a otras en un desencadenamiento de lógica perfecta que no tiene cabida en la realidad cotidiana y embarrada que se pretende mostrar. Este desequilibrio y la forma políticamente correcta de presentar todos los puntos de vista, incluso los políticamente incorrectos, son los principales defectos que he visto en la película. Los recursos del cine le quedan aún un poco grandes a Paul Haggis que en vez de poner la retórica cinematográfica al servicio de la historia que quiere contar, no ha sabido domeñar las técnicas y éstas se tornan demasiado patentes, como en un ejercicio de lograda ejecución, pero cuya calidad, deliberadamente buscada, ensombrece la autenticidad de lo que se quiere contar, dejando un regusto de artificiosidad que rebaja a intento lo que podría haber sido una película excelente por genuina.

comments powered by Disqus

 ||—|| 

Los textos originales de este cuaderno se encuentran bajo la Licencia ColorIuris especificada aquí. El resto son propiedad de sus respectivos autores. El diseño de la página es obra de Jorge Portillo. Valida xhtml y css. Formatos disponibles para agregadores de noticias: atom y rss ( Suscribir). Alojamiento provisto por Libro de notas. Gestionado con Textpattern. La caricatura de Groucho Marx es creación de Al Hirschfeld, publicada por George J. Goodstadt. Si quiere saber quién visita este cuaderno y desde dónde, pinche aquí.