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Todología con bigote
Rostros

Entre las curiosidades que la ciudad de Múnich ofrece (por cierto, hoy cumple 851 años, ¡felicidades!) están sus fachadas. En un amplia área que abarca más allá del casco histórico, y a pesar de que muchos de sus edificios fueron reformados o reconstruidos tras la guerra, perviven multitud de puertas, portones, columnas, arcadas, molduras y otros elementos de los que surgen rostros bellamente esculpidos. Podemos encontrarnos imágenes tanto religiosas como paganas, tal como si el exterior de una catedral gótica hubiese estallado y sus restos se hubieran desparramado por las casas circundantes, cada uno de ellos fundiéndose con una piedra distinta.

Contraste

Tal abanico de rostros se ha ido mimetizando con el entorno, de manera que con la misma naturalidad encontramos a uno presidiendo una farmacia centenaria que, como en la muestra de esta misma nota, invitando a entrar a una colchonería con rabiosas ofertas. Algunos son simples caras que se asoman timidamente para espiar a los viandantes, y otros se desarrollan de cuerpo entero para sostener el balcón del piso superior, en la versión local del semidiós Atlas. Pueden venir en solitario, por parejas, por grupos o incluso protagonizando escenas en movimiento. Sea un querubín a caballo, un silencioso fauno o una manticora amenazante (y algunas dan hasta miedo a la luz de los relámpagos), son muchas las viviendas que se elevan bajo la protección de estos vigilantes de piedra y cemento. Algunos son obscenamente visibles, presidiendo las entradas; otros, más discretos, requieren escudriñar los dinteles para saludarles.

Y éste que les escribe, movido por el afán de contarles las cosas simples, decidió un día echarse a fotografiar a estos guardianes de la calle y presentárselos según me los vaya encontrando bajo el título genérico de Rostros. Me he propuesto ir cazándolos al vuelo en mis paseos por la ciudad, y la única condición que me pongo para ello es que se hagan los encontradizos, es decir, que no iré yo a buscarlos conscientemente, ni siquiera cruzando la calle porque los vea a lo lejos. Con la luz que toque y a las horas del día que toque, estos rostros de piedra se los iré regalando… de tanto en tanto.

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