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Todología con bigote
Capote

Truman Capote se revela a través de esta película como una suerte de Cid, que sigue venciendo enemigos después de muerto. Y es que ni Bennett Miller ni Philip Seymour Hoffman han podido con él. Lo único que deja patente esta película es que Truman Capote no cabe en otra narración que no sean las suyas propias.

Bennet Miller se ha basado en la biografía escrita por Gerald Clarke, amigo personal de Capote que buceó en documentos para trazar su libro. La película no es una película biográfica al uso, sino que se centra en los cinco o seis años en que Capote redactó “A sangre fría”, bautizada por él como la primera “non-fiction novel”, novela de no ficción. Efectivamente, “A sangre fría” narra en un reportaje de 300 páginas el asesinato de una familia en un pueblecito de Kansas, la posterior búsqueda y captura de los asesinos y su ejecución final. Durante estos años, Capote no descansó, investigando por su cuenta y estableciendo una relación bastante estrecha con los asesinos, en especial con uno de ellos, Perry Smith.

La película se centra en estos años de la vida de Capote para defender la tesis de que estos años marcaron la vida del genio americano y supusieron un giro copernicano hacia un nuevo rumbo que no sería capaz de asumir jamás. La forma de hacernos tragar esta hipótesis me parece totalmente tendenciosa y es que al final de la película, se nos explica en tres frases contundentes que Capote no volvió a terminar una novela y que murió víctima del alcohol y las drogas en 1984; el espectador gestaltiano completa el estímulo asumiendo que estas dos frases expresan las consecuencias inevitables de lo presentado en la película. Este recurso me ha parecido esencialmente tramposo.

Olvidados de este resbalón, aún así los acontecimientos se le han ido de las manos. En primer lugar, la película no nos da la oportunidad de conocer al Capote anterior a esta crisis existencial que parece haberle supuesto el conocimiento de los asesinos de Kansas. En realidad, tampoco vemos al Capote sumido en ese proceso abúlico y mermado. De hecho, no conocemos a Capote en absoluto. Queda caracterizado por dos o tres extravagancias anecdóticas del tipo: “retengo el 94% de las conversaciones” y “tengo una forma muy peculiar de hablar” o “yo nací en Alabama, no en Nueva Orleáns”. Creo que, simplemente, no se han atrevido a profundizar en el personaje. Puede que Capote fuera una continua puesta en escena de sí mismo, pero esto tampoco queda mostrado en la película, sino que el Capote que nos ofrece Philip Seymour Hoffman es una simple caricatura sin pizca de ironía para consigo mismo y que no transmite más que una sensación de vacuidad y de aferramiento a estereotipos escandalosos que resultan demasiado poco matizadas y demasiado burdas. La genialidad de las obras de Capote, no proviene sólo de su gran capacidad de observación y memoria, testimoniada en la película a través de la frase: “retengo el 94% de las conversaciones”, sino en su delicadeza a la hora de destripar los acontecimientos, buscarle los significados y motivaciones ocultas; al leer “A sangre fría” o “Música para camaleones”, nos damos cuenta de que Capote poseía una empatía enterrada en el guiñol ambulante de su personalidad que bien sabía utilizar al escribir.

Así pues, doble es el defecto de esta película y, además, esencial. Por un lado, no han sabido mostrar toda la riqueza extravagante y contradictoria del escritor americano, sino que éste aparece como un ser egocéntrico y extravagante, sí, pero sin ninguna profundidad y sin matices. Por otra parte, ese conflicto existencial del que se nos habla no queda en absoluto reflejado en la narración, que se pierde en detalles superfluos, que se demora en planos vanos y sin significado y que salta de año en año y de escenario en escenario sin acabar de decidirse por una línea argumental pero sin conseguir transmitir la sensación de que todas las abordadas están trabajadas satisfactoriamente.

Dicen que Phillip Seymour Hoffman ha conseguido imitar tono por tono la voz quisquillosa y remilgada de Capote, sin embargo, no ha conseguido dotar a su mirada de la sagacidad y la profundidad de un ser siempre alerta que se puede apreciar en cualquier foto del escritor americano, sin necesidad, ya, de acudir a lo escrito. Realmente, el Capote de esta película resulta flojo y facilón.

Para lo poco que nos aporta acerca de Capote, de la supuesta crisis existencial –de la que nos enteramos por los paneles finales-, de sus relaciones con lo más granado de los mundos bohemios de la América de su época o de su homosexualidad descarada, la película resulta excesivamente larga. Bennett Miller ha hecho una película sobre Capote sin contar con Capote que, incluso después de muerto, da sopas con honda al que intente enmendarle la plana, peinarle el flequillo o quitarle las sempiternas gafas de sol y pretender saber quién bulle detrás.

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