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Todología con bigote
No me creo ná, Patxi

Aviso: Ladrillo político. Luego no se quejen.

Terminó el recuento de las elecciones vascas, súbitamente, Patxi ya era lehendakari. Así lo habían decidido los periódicos (particularmente de derechas, ejem), las radios, las televisiones, los todólogos de las tertulias e, incluso, el líder de la tercera fuerza más votada, que le daba inmediatamente su apoyo casi incondicional. Vamos, que si descuida, hasta el propio Javier Ortiz lo habría afirmado (se contuvo a tiempo, no se crean).

Y, sin embargo, si yo estuviera en el lugar de Patxi estaría, como mínimo, desconcertado. Su posición no puede ser más incómoda a pesar de los buenos resultados que ha obtenido el PSE en estas elecciones. Y digo buenos, pero no excelentes, porque los socialistas aspiraban sin rubor a ser la fuerza más votada en Euskadi y se han quedado bastante lejos de dicho objetivo. Aún así, Patxi podría gobernar.

La pregunta es a qué precio, ya que su posible investidura ha de ser forzosamente a través de un pacto, y ese pacto habría de hacerse con su principal antagonista, ideológicamente hablando; lo que a Patxi, sospecho, no le hace ni pizca de gracia. Este pacto, que fuera de Euskadi estaría bien visto hasta por la COPE (hay que joderse), dentro del terruño parece que no es ni de lejos tan apetecible por los electores. Su consumación podría acabar pasándole factura —y gorda— al PSE, ya que este partido cuenta con una base de votantes en la que el constitucionalismo o españolismo, siendo mayoritario, no es en absoluto monolítico. Ello quedó demostrado con claridad en las elecciones de 2001, aquellas en las que Mayor Oreja, con Redondo Terreros de falderillo, se vio lehendakari sin bajarse del autobús y por poco no se cae por el barranco, arrastrando con él al doble de Tito Valverde. Con la gaviota no se juega, me imagino que se dijeron muchos que entonces no votaron a su PSE de toda la vida.

Por principio, quien esto escribe es partidario de los pactos; creo que el propio sistema electoral que tenemos los sanciona y legitima, ya que su base proporcional es justamente lo que provoca que en muchos casos una sola fuerza no se considere representativa de la mayoría. Nuestro sistema no concibe el “winner takes it all” ni las segundas vueltas (aunque podría, en algunos casos), por lo que un pacto entre partidos que sumen mayoría es un escenario a considerar, e incluso esperable por principio en lugares donde la fragmentación ideológica es clara, como Euskadi. Ahora bien, hay que ser honestos con el pacto, especialmente si éste lo firman fuerzas políticas que no han sido las más votadas, que es lo que puede pasar en el País Vasco.

El PP (y, eventualmente, UPyD) dicen que están dispuestos a votar por Patxi, con condiciones que aún no han descubierto. Patxi afirma que podría intentar gobernar en solitario, una vez conseguida la investidura, con pactos concretos para leyes concretas en lugar de un pacto de legislatura. Pero en ese caso estaría gobernando un partido que no sólo es el más votado sino que sólo representa a un 30 por ciento de los votantes. Eso no es honesto, Patxi: lo honesto sería dar la cara, pactar abiertamente con PP y UPyD y componer un gobierno donde las tres fuerzas estuvieran representadas en razón de su porcentaje electoral. Lo otro son ganas de juerga, porque un gobierno tan precariamente sostenido acabaría por traer una inestabilidad política enorme, de consecuencias impredecibles e indeseables, y llevaría con toda seguridad a la convocatoria de nuevas elecciones pasado un año o dos. Eso, y más en tiempo de crisis, se llama irresponsabilidad. Y el precio que por ella se paga es siempre demasiado alto.

Imaginemos otro escenario diferente: un pacto de legislatura PSE-PNV. Aquí el PNV tendría derecho a exigir que el lehendakari fuese de su partido, lo que el PSE debería aceptar aún a costa de ser oscurecido y fagocitado por la acción de gobierno jeltzale, cosa que ya ha ocurrido en otras ocasiones. Esto, que daría mucha estabilidad política a Euskadi y permitiría incluso acabar la legislatura (cosa que no se ve desde hace mucho tiempo), trae consigo demasiadas cargas políticas para un PSE que quiere postularse como alternativa real de gobierno, y no solamente como soporte de otros partidos. Patxi sabe, seguramente, que dicho pacto sería además nefasto para el PSOE en el ámbito nacional, especialmente ahora que está en horas bajas, crisis mediante. Y, si bien las distintas federaciones socialistas (especialmente en Catalunya, Euskadi o Andalucía) gozan de bastante independencia respecto a la dirección federal por lo que respecta a las decisiones de Gobierno, también es cierto que han de medir las consecuencias de sus actos para que no perjudiquen al partido al que, después de todo, se adscriben. Si Patxi piensa que ese pacto puede afectar negativamente a ZP, podría descartarlo sin dudarlo demasiado. Ni siquiera quedaría la opción de aceptar ese apoyo al PNV poniendo como precio la cabeza de Ibarretxe. Es lógico: él ha sido cabeza de cartel de los nacionalistas, ha conseguido uno de sus mejores resultados y tiene todo el derecho a encabezar un gobierno donde el PNV fuese la fuerza mayoritaria. La tercera posibilidad, esto es, el pacto PNV-PSE concediendo la lehendakaritza a Patxi, creo que no se la plantean ni en Vaya Semanita.

El último escenario posible sería un gobierno en solitario del PNV, con Ibarretxe investido en la última vuelta porque el PSOE se abstenga en lugar de votar en contra. Si se llega a ese extremo, la negativa de los socialistas se traduciría, si no me equivoco, en la disolución del Parlamento Vasco y la nueva convocatoria de elecciones, lo que suele provocar una abstención más alta de la izquierda. Improbable, pero no imposible, y la culpa se la echarían a Patxi con seguridad, tanto en un caso como en el otro.

En resumidas cuentas, ocurra lo que ocurra (y, en mi opinión, el primer escenario es el más probable, entre otras cosas porque ya ha dejado claro que se quiere presentar a la investidura), será Patxi y, por extensión, el PSE-PSOE, quienes se acaben llevando una manta de hostias. La obtención de la lehendakaritza acabaría siendo un premio envenenado con fecha de caducidad próxima, además de una vulneración clara de la voluntad popular, por las razones expuestas arriba. No se olviden de que, a pesar de lo que dicen los medios de ámbito nacional, las elecciones NO han dictaminado una mayoría popular constitucionalista, sino todo lo contrario, un afianzamiento del voto nacionalista mayoritario que, merced al extraño sistema de reparto en Euskadi, no se ha traducido en una asignación equivalente de diputados. Por tanto, y aunque sería deseable y democráticamente higiénico que otro partido distinto al PNV se hiciera cargo del gobierno vasco en los próximos cuatro años1, las cifras claramente muestran que no ha sido esa la voluntad de los electores. Patxi López puede que sea lehendakari, él lo desea, su partido lo desea y hasta es posible que los vascos lo deseen, fíjense. Pero hasta que no le vea con el bastón de mando, pacte como pacte, personalmente “no me creo ná”.

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Cuatro notas al margen:

1) El partido de Rosa Díez (disculpen, pero cuando digo lo de UPyD se me viene la risa floja) ha conseguido un escaño por Álava con apenas seis mil votos. Aralar ha necesitado cuatro veces más votos para su único escaño por Guipúzcoa. Curiosamente, no hemos oído a la señora Díez quejarse ahora del injusto sistema electoral que tanto le amargaba en las elecciones generales. Fariseísmo, creo que se llama eso.

2) Siguiendo con este partido, me da en la nariz que tanto Patxi como Basagoiti esperan como agua de mayo que el vigesimoquinto escaño, que baila entre EA y el PSE, caiga al final del lado de este último, para no tener que incluir en los pactos a UPyD (pfffff…). A fin de cuentas, es un partido sin ideología definida (más allá del culto a Díez) creado con el único fin de arrebatarles votos a socialistas y populares a través del descontento. Y tampoco está la cosa como para que PP y PSE se tiren piedras al propio tejado, que las tienen que reservar para cuando haya que tirarlas al de enfrente.

3) Único y breve apunte sobre las elecciones gallegas. De todo lo que se ha dicho sobre las razones de la derrota del PSdG hay una con la que no estoy de acuerdo en absoluto: se le reprocha a Touriño no haber adelantado las elecciones a octubre, y en cambio yo creo que es de las pocas cositas razonables que ha hecho. El mandato del pueblo es de cuatro años y debe ser respetado. Salvo manifiesta inestabilidad parlamentaria o que el presidente desee dimitir, no es éticamente aceptable que se adelanten unas elecciones por simple conveniencia política. Me parece absolutamente vergonzoso que desde los medios e incluso desde algunos blogueros que se dicen de izquierda le echen en cara a Touriño que haya llevado hasta el final el mandato de los ciudadanos, en lugar de manipularlo para asegurarse una victoria. Menudos demócratas están hechos.

4) Por cierto, “asumir responsabilidades” en política significa, en un mundo civilizado, agachar la cabeza y dimitir, no agarrarse a la silla y escupir alrededor. A ver si aprenden algunos que yo me sé.

1 Las razones por las que creo esto darían para una anotación entera. Ya veremos.

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