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Todología con bigote
Imagina, en mitad del mundo, 2002

En algún momento de estas dos últimas semanas (ya no recuerdo la fecha concreta) cumplió seis años el cuaderno. Hemos pasado de la tierra de las nubes al centro del caos para acabar en un estado permanente de obras, indudablemente una reminiscencia de mi estancia mandrileña.

Durante todo este tiempo, no solamente los blogs, sino la tecnología en su conjunto y particularmente internet, han evolucionado tan deprisa y de tal forma que lo que hoy tomamos como habitual, hace tan sólo un par de años se consideraba poco menos que ciencia-ficción. Lo que antes era una cosa divertida o curiosa que siempre empezaba por “www” se ha transformado en una herramienta de comunicación, tanto privada como pública, mediante la cuál entregamos (sí, he dicho “entregamos”) conscientemente nuestro propio anonimato a una olla hirviendo llena de pitufos.

Les decía, allá por la edad del bronce, que tener un blog era, de un modo u otro, un ejercicio de exhibicionismo al que nos dábamos con todas las consecuencias. Incluso en un cuaderno como éste, donde servidor publica cuando el gusanillo le muerde el trasero y en el que muy raramente he escrito cosas realmente personales (lo que antaño se llamaba “impublicables”), el hecho de colocar unas líneas a disposición del público supone, ya de entrada, un deseo de ser leído. Aunque sólo sea por aquellos incondicionales que, sin nada mejor que hacer, siguen cayendo incautamente en estas páginas :-)

Pero me quedé corto, como muestran las pruebas. Los blogs, a fin de cuentas origen de todo el torbellino, han acabado por ser una extensión, seguramente anquilosada, de las redes sociales que están fagocitando ahora mismo el universo internetero conocido. Y es que internet ha introducido el elemento de inmediatez casi sin hacer prisioneros, algo que se empezaba a intuir desde el primer momento que trabajamos con enlaces hipertextuales. Saltamos de una página a otra casi sin examinar lo que tenemos delante porque la impaciencia nos puede. Buscamos actualizaciones a saco en Facebook, Tuenti, Twitter, Menéame, los diarios o blogs colaborativos, los lectores de feeds… y todavía, aunque en menor medida, en nuestro propio correo electrónico. Nos interesa, en definitiva, no sólo mostrar al mundo qué hacemos, sino saber qué hacen los demás, qué leen, qué les gusta, qué odian, adónde van, de dónde vienen. El “Gran Hermano” dejó de identificarse con Orwell de una manera siniestra para pasar a ser un evento televisivo un tanto descerebrado y, actualmente, podría definirse como un conjunto de seres que observa a, y son observados por, otro conjunto de seres similares. Sin propósitos ocultos… por el momento.

Nos hemos vuelto entonces animales sociales? O simplemente se nos ha inflado el ego, únicamente porque tenemos ahora un millar de posibilidades para ello? Que sepamos, hasta ahora nadie había arrojado octavillas cada quince o veinte minutos para contar si se va a la cama, si le ha salido un forúnculo o si ha visto la última película de Steven Seagal. Aparte de por ser caro y poco ecológico, porque a nadie se le ocurría desvelarse de esa forma ante el público (especialmente con Steven Seagal). Y, sin embargo, parece que hoy día si no estás online eres poco menos que un inadaptado. El tejido social se trenza ahora con otro tipo de fibras. Los interfaces de las redes utilizan ya la palabra “amigo” con tanta libertad que es muy posible que empiece a perder pronto su significado. Hablamos de nuestros contactos en internet como si fuésemos a tomar café con ellos a diario, cuando lo habitual es que ni siquiera les hayamos visto en persona. De hecho, hasta el advenimiento de Facebook o similares, lo normal era no saber ni qué aspecto tenían. Ahora bastan un par de palabras en Google y dos o tres clics para asociar una cara a un nombre, o incluso a un alias, que las antiguas máscaras ya no sirven ni para tapar el rostro.

Y, sin embargo… hay algo vivo ahí dentro. Se forman grupos, corrillos, cuasi-sectas, manojitos o manojazos de personas con intereses y anhelos similares, que se dejan querer por los demás mientras se prodigan a su tiempo por esas redes. Aquí y allí se habla, se ríe, se llora, se discute, se grita (y los gritos en internet son tan estruendosos como los reales), y también se forman, se consolidan, se degradan y se rompen relaciones. Se cuentan cosas que, en su mayor parte, carecerían objetivamente de interés pero que son casi siempre recibidas como un regalo. Incluso, como cuando Ende nos contaba la degradación de Gigi en Girolamo, a según qué pregoneros o cicerones de la red se les exige cada vez más y más, cada vez más deprisa y devorándolo igualmente rápido. La diferencia es que lo que se devora no se pierde, aunque pueda olvidarse; está ahí, permanece escondido o arrumbado en un rincón de geocities o tripod, pero ahí se queda para quien se lo quiera topar.

Quien esto escribe ha participado de casi todas las escenas que les he descrito en los párrafos precedentes. Seis años dan para muchas rarezas; la mayor de todas es darse cuenta de que, en el fondo, uno no es tan raro. Aun así, y a pesar de que este cuaderno puede ser el contacto más directo que tengo con la gente que no me conoce, casi siempre he procurado separar la persona que se muestra en internet de la que permanece alejada de la red; con éxito variable, no hace falta decirlo. Siempre he tenido el cuaderno como vía de escape o, más bien, de derroche, y nunca me he visto en la obligación de escribir para él, jactándome en ocasiones de la caótica periodicidad en las notas, que es lo que me permite mantener cierta independencia de él. Y hete aquí que ha pasado más de un lustro y en esas seguimos: yo contándoles cosas que probablemente a Ehpaña importan poco y ustedes haciéndome creer que de vez en cuando les interesa lo que escribo o las fotos que hago. Es una especie de pacto tácito que se firmó en el momento en que alguien quiso poner un comentario al montón de “Quatsch” que aquí se acumula.

Pues ya hemos comenzado el séptimo. Veremos cómo sigue. Gracias, en cualquier caso.

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