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Todología con bigote
¿Y si no se hubiera llamado así?

La especie animal “portero de discoteca”, que rebasa por todos lados la clasificación de Linneo, no presenta un comportamiento diferente ahora que antes: hace ya muchos años que vive y se reproduce (quizá por esporas) por los distintos locales que quieren darse un aire de exclusividad que, por otra parte, no tienen: son todos igual de sórdidos.

El portero revientaahostias es, así, el ejemplo más común de protozoo humanoide que podemos encontrar especialmente en las grandes ciudades. Entre su limitado vocabulario se encuentran las expresiones “temetounaquetembarconlaparedenfrente”, “sincarnédesosionosepasacomonomedécuarentalebroh” o “pasabonitaquelosbombonesaquinopagan”, pronunciadas de forma semi-automática de acuerdo con las variables que condicionan su entorno más inmediato. Es decir, que no hay nada nuevo bajo el sol.

La susodicha especie oligocelular muestra una sorprendente capacidad de bloqueo, sea por su sola presencia física, sea por el movimiento de esta a manos abiertas, cerradas, a patada limpia o a rodillazo sucio, según el nivel etílico o neurálgico en el que se encuentre, y estoy seguro de que entre mis lectores habrá más de uno y más de dos al que uno de estos seres se le ha puesto en modo “chulo” o “perdonavidas” cuando han hecho amago de ingresar en uno de estos locales, habitualmente de iluminación escasa, alcohol caro y de mala calidad o música que ignora completamente la escala básica de siete notas. Y, aun así, sintiéndose los Elegidos cuando el susodicho ente les franquea la entrada hacia semejante zona oscura. Y si no les ha pasado, seguro que conocen a un amigo de un amigo de un amigo que ha tenido movidas con esa parte del ecosistema.

Y, como digo, esto no ha surgido ahora espontáneamente como si fuera un alga azul, sino que pulula por las nocturnidades urbanas desde hace años, incluso décadas… a veces, con el desgraciado resultado de la muerte de una o más personas o, en el mejor de los casos, la hospitalización de alguien que solamente iba con intención de pasárselo razonablemente bien (o no, pero no es esa la cuestión). Entonces, ¿a qué tanta hipocresía ahora?

Hace unas noches falleció un chaval víctima de las palizas de unos cuantos de estos animales. No tardaron ni veinticuatro horas en abrirse diligencias contra los dueños del local que les contrataron, contra otros locales similares que no cumplían la normativa (llevan años sin cumplirla pero, por lo que se ve, ahora es cuando molestan), contra un gremio completo que lleva sin regular desde que existe y en el que hay elementos de la peor especie y, de repente, sus señorías municipales caen en la cuenta de que ¡oh sorpresa! existen ordenanzas contra todo eso. Qué ilusión, oigan. Ah, y ayer mismo, según cuenta la prensa, miles de personas, jóvenes en su mayoría, se manifiestan en la calle con dolor por el chico asesinado e indignación por la falta de seguridad en bares, pubs y discotecas. No faltó ni la presencia de la presidenta Peranzaguirre

Y ahora viene la parte demagógica, que seguro que se la están esperando… ¿y si el chaval que murió en vez de ser blanco, español, de buena familia y apellido ilustre, hubiese sido un inmigrante rumano o ecuatoriano bajo las mismas circunstancias?

Llevo varios días planteándome esto y, francamente, esta pregunta acaba cabreándome siempre.

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