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Todología con bigote
Huy lo que ha disho...

Voy a aprovechar que están todos despistados con las elecciones de la república esa de por ahí y los GGG-20 que se han subido a la cumbre esa que hay en Washington, para contarles el origen de la polémica castiza y apañola que ha montado nuestra grequísima reina.

Arresulta que llega una piriodista de esas que llevan perlitas en las orejas, y va a ser que con la reina se lleva de puta madre, oigan. Que el día de la banderita le guardaba siempre una para que se la pudiera pegar en la solapa de la chaqueta de Missey. Y un día me quedan ambas para tomar un café en el chalé de la Zarzuela, ahí por donde el hipódromo, ¿saben? Y la reina, ante una bandeja inmensa de sus lionesas preferidas y un par de carajillos más cargados de lo normal, empieza a hablar, y hablar, y hablar… y hay que ver lo que habla esta muhé, pardiez (o parveinte, porque largo fue de cohone). Y la piriodista de las perlitas, muy cuca ella, saca una grabadora de esas japonesas, o coreanas, ¿saben?, la pone sobre la mesa y le dice a la reina que no se preocupe, que es el tabaco, es para no aplastarlo al sentarme, lo que pasa es que los paquetes de hoy en día son bastante sofisticados. Y van las dos picaruelas y se echan unas risitas con la frase antes de recuperar la compostura, porque allá que entra el mayordomo con té y más lionesas. Total, que después de cuatro horas (que parecieron ocho, porque ya saben que las horas reales son mucho más importantes que las del pueblo llano), la piriodista dice que tiene el Golf en doble fila y sale pitando, sin olvidar la grabadora, por supuesto.

La piriodista de las perlitas luego saca la grabadora, transcribe lo que ha recogido en su máquina de escribir con pantalla litrónica, borra con típex (es que ella es muy clásica y el “delete” es para vulgares) las toses, las risas y algún que otro regio eructito, y, después de encuadernarlo en canutillo, se lo lleva al señor ese del planeta raro que publica libros, a ver si se le puede dar salida. “Oiga, ¿pero esto de quién es?”, pregunta el señor planeta. “Pos de quién va a ser, de la reina”, responde la piriodista, a la que se le cae una de las perlitas y se agacha a recogerla, momento que el señor del planeta raro aprovecha para esconderse el transcripto en el forro de los calzoncillos y sustituirlo por una edición no venal de las Cien recetas con albaricoques agrios, otrora un éxito de ventas en Kafiristán, donde la cosecha de aquel año estuvo a punto de irse al garete hasta que el libro les dio una nueva visión de la vida. “Qué reina ni qué niño muerto, anda, vete a tomarte el litio antes de que me vendas la autobiografía comparada de Séneca”, y le deja el falso transcripto embutido en el bolso, también de Missey.

La piriodista, desolada, se monta en el Golf y decide ir directamente a su refugio en Valdepuerros de la Sierra, un pequeño pueblito escondido tras la cruz del Valle de los Caídos y que se destaca por tener sombra permanente durante 360 días al año, ya que los otros cinco (seis, si es bisiesto) se dejan soleados por decreto, para que no se eche a perder la famosa cosecha de algarrobas que da nombre al pueblo. Entre lágrimas de indignación y suspiros de España, revisa línea a línea las trescientas cuarenta y dos cintas comprimidas en el emepetréscedé que su sobrino nieto le ha quemado (¿quemado? piensa, pues no huele ni se ve negro, piensa más) para llevar cómodamente en el coche, pensando que quizá haya soñado todo: la visita, las charlas, las risas, el tapetito de ganchillo que le regaló SM para la tele, que a ver dónde carajo lo mete, porque con esto de las pantallas planas no hay nada que se sostenga encima del aparato. Este último pensamiento le vuelve a provocar una risita maliciosa, que procura ocultar rápidamente ante la presencia de un control de alcoholemia a la altura de Galapagar.

Entre tanto, en el otro extremo de la galaxia, el señor del planeta raro desempaqueta (esto es, saca del paquete) el texto original, le quita la roña con un abrecartas sueco y, con la ilusión del momento, extrae un rotulador rojo y empieza a envolver párrafos…. éste no, éste tampoco, éste es demasiado largo, éste no tiene sexo, éste tiene demasiado sexo, éste no tiene animales… huy, este seguro que no, que se mete con los “gueis” y con la “rutanasia” esa de los sociatas. Tira que te tira, rotulea que te rotulea, salen unas trescientas cincuenta páginas a doble espacio más las cubiertas, contracubiertas, títulos, subtítulos y el consabido avance de novedades al final… Señores, dice, tenemos un libro para vender.

“Oiga”, le contesta uno del consejo de redacción, actualmente destinado en la filial de Kabul, “¿y no sería conveniente enviarle una primera prueba a la casa real para que le den el visto bueno?”. El acueducto que forma la hilera de cejas arqueadas a lo largo de la mesa no tiene nada que envidiarle a los Caños de Carmona. El señor del planeta raro, tras darle la palmadita de rigor en la espalda (que significa “la has cagado, abogado”), está a punto de estallar en llamas, pero de repente se le ilumina la cara… Agarra su móvil, marca un número indeterminado de dígitos…

- Aló? Joum of de piriodista hiar, güat can ai du for yu?

- Déjate de hostias, que el acento valdeporreño no hay quien te lo quite, ¿otra chacha que se te ha despedido?

- Sí, jomío, no me duran ni medio asalto. ¿Qué quieres, no te bastaba con dejarme hecha polvo en tu despacho?

- Oye, lo he pensado mejor, vamos a hacer tu libro… no, no, tal como está, solamente mándale el transcripto a doña Queen, no hace falta ni que lo saques del sobre. Que sí, que va en serio, dile que una vez lo corrija me lo mande acá directamente, así ganamos tiempo. Que síiii, que la próxima vez te dejo pagar la cena. Hala, ya te llamo cuando hablemos de la promoción.

Y así, la piriodista envía el tractatus de recetas a sumajestá, mientras que el extraterrestre envía el verdadero texto a la imprenta. Quiere la mala suerte (o la mala baba) que el impresor entienda que son, justamente, los párrafos encerrados en rojo los que deben ir a tipos, descartando el resto, con lo que una primera tirada de cincuenta mil ejemplares, esos que ustedes han podido ver en librerías, quioscos, listas de boda y lonjas de atún, contiene todas y cada una de las declaraciones más jugosas de la entrevistada. Esas de “que sí, chica, que sí, que el micro tá apagao, por eso sale la luz roja. Huy, perdón, colorá”. Ni piriodista ni alien se dan cuenta del desaguisado hasta que C. Vidal les hace una reseña completa sobre éste, a modo de resumen de su próximo éxito editorial, en el que lo analiza para situarlo en su contexto histórico.

Ambos protagonistas están nerviosos y desconcertados. La grequísima se ha dado la vuelta del revés de tanto enarcar su propia ceja. Los compañeros de profesión (o sea, los piriodistos) se afilan las uñas antes de lanzarse a la escritora con toda clase de punzantes preguntas. Y ella, que no ha tenido tiempo ni de pergeñar un plan de acción, siquiera con vistas a salir en praimtaim en el programa de “Amaroza”, viéndose sola ante el peligro, solamente es capaz de hilvanar la siguiente frase:

“Lamentablemente, esto es culpa de la PRISA, típica de este PAÍS, que no da tiempo ni siquiera a hacerme buena publicidad. Si consigo colocarles un par de libros, se lo agradezco“.

El señor del planeta raro, abrumado por la falta de espacio en las notas de prensa, tecleadas sobre un post-it, decide condensar la última frase todo lo posible, con el resultado conocido por el Público.

Así son las cosas, y así se las hemos contado. Buenas noches y buena suerte. Caminante no hay camino. El lagarto está llorando. Jugamos al teto, tu te agachas y…

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