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Todología con bigote
Buseros y abuseros

A veces me preguntan por qué no me gusta Madrid. En realidad, no hay una razón concreta, sino un cúmulo de pequeños (o, a veces, no tan pequeños) detalles que hacen de esa ciudad “invivible pero insustituible” un pequeño infierno para este que les escribe. A la eterna pregunta de “¿Y qué tal en Madrid?” yo respondía invariablemente: “Nos soportamos”.

En medio de estos escasos días de vacaciones que me estoy tomando, aterrizo hoy en Sevilla y voy a comer a casa de mi tía. Tras el almuerzo, tomo el autobús para ir a buscar a mi madre y, ya dentro, presencio la siguiente escena: un chaval, de once o doce años, acompaña a su abuela (supongo), y está a cierta distancia del vehículo, un tanto lejos pero a la vista. Al ver que éste está a punto de partir, sale corriendo haciendo señas al conductor, quien sin dudarlo para y abre las puertas; el chaval llega al bus, le dice que por favor espere un momento y la señora, sin poder correr pero andando más ligero de lo que quizás deba, alcanza el coche y se monta. Pagan su billete y el conductor arranca, despacio, mientras ambos buscan su sitio.

¿Qué les parece? Algo normal, ¿verdad? Lo que todos esperaríamos que hiciera un conductor de autobús. Nadie protesta, nadie apremia, nadie se queja. Tampoco aplaude ni elogia nadie la actitud del conductor. Porque es lo normal, lo que la mayoría haríamos.

Es decir, si no viviéramos en Madrid. En dos años y pico allí una cosa me quedó clara: los “buseros” de la EMT (y asociadas) son, por lo general, de lo más desagradable que te puedes echar a la cara. Hay excepciones, desde luego, y también las he visto, pero montarse en un autobús madrileño es, las más de las veces, un deporte de riesgo: correr hasta la parada “asafa style” con posibilidad siempre de que te cierren la puerta en las narices; procurar llevar el metrobús o el importe exacto (o, al menos, en monedas… hasta los billetes de 5 euros te los miran mal); dar los buenos días/tardes/noches, habitualmente al vacío y, sobre todo, tener suficiente agilidad y fuerza en los brazos para agarrarte a las barras en caso de no sentarte a tiempo, so peligro de acabar de boca en el suelo por unas arrancadas que para sí las quisiera Kimi Raicoñen. Pues esto yo lo he visto con autobús lleno, con autobús casi vacío, en hora punta, en hora valle, a mastuerzos jóvenes y lozanos como un servidor y a personas de edad que subían a duras penas el escalón bajo del vehículo y que a punto estuvieron en más de una ocasión de dar con los huesos en el suelo porque el señor busero se creía en el rally Dakar. Y eso sin contar las múltiples frenadas en seco, cambios de carril, digamos… “arriesgados” y su demostración empírica del concepto de fuerza centrífuga a la hora de tomar las curvas. Y todo este conjunto, envuelto por una crujiente capa de chulería y falta de consideración que, por desgracia, no son la excepción sino la regla en esa empresa pública.

Es un detalle de muchos, pero un detalle que se me ha venido a la cabeza automáticamente al presenciar esta tarde la escena que les describí arriba. Seguramente porque algo que aquí abajo es bastante habitual se me antojó, por costumbre adquirida, excepcional. Y quizá esa es una de las múltiples y nada concretas respuestas que se me ocurren cuando me preguntan (o me pregunto, que no dejo de hacérmelo) por qué Madrid es una ciudad en la que nunca conseguí encontrarme cómodo. Quizá porque el estrés en el que permanentemente vive impregna y enfanga, incluso, a los conductores de autobús.

Sigo de vacaciones.

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