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Todología con bigote
Cielo azul sobre Dachau

Las imágenes que tenemos en la mente de la Alemania nazi y de los campos de concentración aparecen siempre en blanco y negro, a través de documentales, noticieros o películas. Semejante tragedia para la humanidad se extendió durante doce largos años, de los que apenas conocemos visualmente una parte, habitualmente cubierta de cielos plomizos y atmósfera gris.

La mañana que visitamos el antiguo campo de concentración de Dachau, sin embargo, hacía calor y un cielo azul que daban a sus alrededores un aspecto tan normal como el de cualquier otra ciudad alemana. Rodeado de árboles y frondosos arbustos y flanqueado por un canal de agua corriendo a velocidad de vértigo, el solo hecho de saberse cerca de tan siniestro lugar hacía pesado el ambiente, nublando la cabeza y el entendimiento ante la certeza del lugar al que nos dirigíamos. Erigido por orden de Heinrich Himmler en 1933, al tiempo de la eclosión del poder Nazi, y destinado en su principio exclusivamente a prisioneros políticos, el campo de Dachau acabó sentando las bases para el resto de lugares de ignominia sembrados por el III Reich en Europa, tanto en su forma como en su modelo de administración. El troquel del exterminio, de la sistematización del odio, se diseñó en este lugar antes que en ningún otro, como forma física de una ideología que acabó con las vidas de millones de personas.

Dachau

Con ese conocimiento invadiendo nuestro espíritu, llegamos a la zona de entrada donde unas simples caracolas prefabricadas contienen el centro de información de visitantes y una pequeña librería con folletos explicativos y textos de Historia. Enfrente, en otra caracola, los servicios ante los que se acumula una hilera de gente de expresión indefinible en el rostro. Difícil decir si vienen de ida o de vuelta, alguna sonrisa nerviosa se distingue entre ellos.

Tanto la entrada al campo como las visitas guiadas son gratuitas. Decidimos obviar las audioguías y confiar a los ojos las impresiones que nos da la visita, que comienza ante los restos de una vía de tren que había de desembocar frente a la cancela principal del campo, forjada con la tristemente famosa leyenda “Arbeit Macht Frei” (“El Trabajo Os Hará Libres”), contenida al parecer en cada uno de estos lugares. Muchos se hacen fotos tras las rejas… es esa ironía del espectador, querer fotografiarse en lugares donde jamás querría encontrarse. Comprensible dentro de la condición humana, pero que no deja de contener cierta inquietud entre lo posible y lo improbable. Me limito a fotografiar la cancela, de puertas adentro, pues una vez traspasada el espectáculo es majestuoso aunque nada acogedor. Una enorme extensión empedrada se abre ante nosotros, un patio de enormes dimensiones conocido como “Patio de Llamada”, donde se recibía y se pasaba lista diariamente a los prisioneros, un espacio abierto que sin embargo se hace de lo más opresivo y que da idea de las dimensiones del “invento”, sobre todo cuando te explican que solamente las áreas de presos son visitables y que el campo, en realidad, es como seis veces la zona en que te encuentras. El resto, los lugares donde los oficiales de las SS vivían y se divertían, permanecen, creo que con lógica, cerrados al público en general, aunque visibles en planos y maquetas.

Dachau

El museo principal de este lugar para la memoria se encuentra en el inmenso edificio de intendencia, donde una exposición permanente, en la que se incluyen cientos de paneles informativos, va recorriendo cronológicamente los años del Reich hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, así como las actividades de posguerra. Salpicado aquí y allá por objetos fabricados por o pertenecientes a los presos, así como por vitrinas que contienen facsímiles de documentoss y de registros de entrada y salida, el visitante pasa más de una hora, quizá más de dos, leyendo y estremeciéndose con la historia del lugar, con la degeneración del trato a los prisioneros conforme fue avanzando la escalada bélica, y con la diferente procedencia o raza de quienes allí fueron internados. Salvo los inevitables parches para contrarrestar el paso del tiempo, la estructura del edificio se mantiene como entonces, y recorremos las estancias del registro, del comedor, de administración… y también las salas donde se practicaban las torturas y los experimentos médicos, ya plagadas de desconchados y con aquellos antiguos radiadores que, como sabemos después, poco protegían del frío. Ese frío, por cierto, se siente dentro del edificio aún siendo fuera el día caluroso, y uno se pregunta sin querer cómo debía ser entonces el invierno allí, sin estar seguro de querer saber la respuesta. El trayecto entre las estancias es lento y pesado pues uno no puede dejar de detenerse ante cada panel o cada vitrina, acumulando detalle tras detalle y queriendo conservarlos como un tesoro, aunque sea un tesoro corrompido y diabólico. No voy a caer en la tentación de decir que se hace entre silencios, pues no es cierto, ya que hay demasiada gente de diversidad infinita y, además, los guías siguen cumpliendo con su trabajo. Pero sí me fijo en una cosa: dentro nadie sonríe.

Dachau

La puerta final de la derecha sale a un patio trasero alargado, rematado en uno de sus extremos por una verja y en el otro por un muro, el mismo muro donde setenta años antes se ejecutaba a los prisioneros por los más peregrinos motivos. Después de lo leído y explicado, da la sensación de que ese muro no contenía la peor de las muertes en Dachau. Al otro lado del patio está el “búnker”, una larga, interminable, estrecha galería que contiene una cremallera de celdas donde se encerraba a los que sufrían la incomunicación. Apenas hay luz dentro y esta vez sí que se siente un frío y una humedad que se mete en los huesos, atraviesa la nariz y eriza el vello, como si el sol hubiera desaparecido abruptamente. El acceso a las celdas está prohibido: todas tienen las puertas entornadas y aseguradas con un cerrojo, y puede observarse su interior a través de los ventanucos abiertos, que a veces no son más que un agujero de escaso diámetro. Tienen pequeñas ventanas enrejadas que dan al exterior y son de un tamaño parecido a los zulos que vemos ocasionalmente por televisión. Algunas están abiertas del todo, bloqueadas por una pantalla de metacrilato y con más paneles que explican su uso, o bien la historia de algunos presos ilustres como Martin Niemöller (“Al principio se llevaron a los comunistas, yo no dije nada porque no era comunista. […] Cuando vinieron a por mí, no quedaba nadie que pudiera protestar”), Georg Elser, cerebro de uno de los más famosos atentados contra Hitler. En algún momento parte de la galería queda sin gente y el ruido metálico de la puerta del fondo sobresalta al cerrarse, pues retumba en cada esquina. Es por esa misma puerta por la que salimos, hacia el otro extremo del patio, donde encontramos el final de esos raíles malditos que conducen al infierno en vida. Han crecido las plantas por este lado; al otro lado de la tapia hay algunas viviendas; la vieja torre de vigilancia de este extremo recuerda a la de alguna estación de tren, pero no se puede evitar mirar hacia arriba buscando a alguien.

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Han pasado ya un par de horas (por lo menos) y salimos de nuevo al patio de llamada, bajo el sol de mediodía que ahora se ha hecho más intenso y, tras tanto tiempo en la penumbra, decididamente incómodo. Atravesamos sin embargo esa explanada sin prisas, porque realmente el lugar te hace bajar el ritmo y sientes los pies de plomo, como si ir más rápido de lo debido te impidiera tomar conciencia del lugar. Ahora son los barracones de los presos lo que requiere nuestra atención. De los treinta que había, largos y grises, sólo quedan dos, el resto ha sido derribado; y de esos dos lo que el interior muestra es, en realidad, una reconstrucción de cómo eran, pues hemos de recordar que la primera reacción tras la liberación del campo por los aliados fue tratar de sepultar el horror rápidamente1. Estos barracones estaban pensados para 250 personas inicialmente – al final de la Guerra en algunos de ellos llegaron a hacinarse hasta 2.000. El lugar donde se encontraban los otros veintiocho edificios permanece vacío; solamente queda una delimitación del lugar que ocupaban coronada por una lápida con el número de cada barracón. Atravesar esta extensa zona se asemeja a caminar por un gigantesco cementerio y, de hecho, el paseo central está flanqueado por una hilera de árboles que en cierto modo conmemoran a los que allí sufrieron y murieron. Al fondo, muy lejos, se yerguen las diferentes iglesias y centros de culto (católico, evangélico, ortodoxo, judío). A la izquierda, ya con el cansancio a punto de ganarnos la partida, la última etapa, la más temida y la más necesaria para comprender el conjunto y su significado: los hornos crematorios.

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Dos edificios de ladrillo, aparentemente sin demasiada importancia, aparecen entre los árboles. Una pequeña placita los separa, junto a la cuál se erige el monumento al prisionero desconocido, que contiene la siguiente inscripción en su pedestal: Den Toten zur Ehr, den Lebenden zur Mahnung (“A los muertos para honrarles, a los vivos para advertirles”). Estas construcciones sí que se preservaron tras la Liberación en 1945, quizá porque alguien se dio cuenta de que era imprescindible no olvidar. El primero de ellos, el más pequeño, está abierto y es visible desde fuera, parece un horno de pan o de cerámica, tiene esa forma y, fuera de contexto, nadie imaginaría el terrible fin al que estaba destinado. Mediada la guerra y, sobre todo, cuando Alemania empezó a ceder terreno, se construyó el segundo edificio, más grande, para compensar la saturación del primero. La malhadada “Solución Final”, que alcanzó a todos los campos, hizo que ese horno también resultara insuficiente y fue por ello que los aliados se encontraron, apilados dentro de una de sus salas, cientos de cadáveres desnudos y esquilmados que “esperaban” su incineración. Este edificio sí permite la entrada al visitante; se recorre en apenas unos minutos, suficientes sin embargo para no haber querido entrar nunca, pues se pasa, por este orden, por las cámaras de “desinfección”, la sala de espera previa a las duchas de gas, las duchas en sí (un lugar sin apenas luz externa con aquellos agujeros en el techo, última visión de los que aquí perecieron) y la sala de cadáveres anterior al horno. Un macabro trayecto que no todos los visitantes recorren, por la losa de realidad que supone.

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La salida es más rápida, recorriendo el lateral del campo junto a la torre de vigilancia B, que se encuentra ante una alambrada como muchas que hemos visto en el cine, aquella con una zona de seguridad que suponía la muerte para el preso que osara introducirse en ella, acribillado por los disparos de los guardias desde lo alto. Un lugar que, a pesar de todo, fue usado como vía de escape por muchos de los presos, quienes buscaron la muerte allí como alternativa a un sufrimiento y a una degradación sin fin aparente. Al atravesar de nuevo la cancela de entrada, abandonando aquel lugar, la naturaleza humana se impone y un respiro de alivio nos recorre sin poder evitarlo. Han pasado cuatro horas, las más largas que recuerdo y, al mismo tiempo, las que más rápido han desaparecido de mi vida. Una contradicción que, sospecho, me va a perseguir mucho tiempo.

Dachau

Reza el famoso adagio que quien no conoce la Historia está condenado a repetirla. Lo terrorífico de lugares como éste es que están construidos sobre hechos ciertos, no sobre utopías o distopías, ni sobre la premisa del “que pasaría si…”. Son lugares creados por la mano de hombres por las ideas de otros hombres y bajo la mano de otros hombres. Que, aunque cueste aceptarlo, fueron como usted y como yo, y muchos de ellos totalmente convencidos de lo que hacían y por qué lo hacían. Es algo que en cualquier momento puede repetirse, porque la condición humana es débil y gregaria en su conjunto. Por eso creo que visitar lugares como este, por incómodos o molestos que resulten, debería ser tarea obligatoria para nosotros y para las generaciones que nos siguen. En una época en la que se frivoliza con las causas y consecuencias de regímenes dictatoriales y totalitarios; en una época en la que, incluso en la llamada Europa civilizada, ramalazos de aquella época aparecen acá y allá y todavía algunos se los toman a broma, lugares como el memorial de Dachau sirven como seria advertencia de lo que puede pasar… fundamentalmente porque ya ha pasado. En otros lugares del mundo, de hecho, sigue pasando, aunque los sigamos viendo como lejanos o extemporáneos. Que todavía hoy se permita la sublimación por parte de algunos de ciertos lugares o personajes pertenecientes a edades oscuras (y existe un ejemplo ignominiosamente claro en España) es algo que debería cubrirnos de vergüenza. El pueblo alemán conoce su historia reciente, se les obliga a conocerla desde que están en la escuela. Dachau, entre otros, es la representación física de algo que jamás debe repetirse, por lo que es una visita, una experiencia más bien, que entiendo necesaria e irrenunciable, también para mirar en nuestro interior y contemplarnos a nosotros mismos ante la expresión brutal del horror. Eso es algo que no cambia, ni siquiera, el azul de un cielo de verano.

Nota final: Me van a disculpar que haya sido tan parco en las descripciones de los lugares. Verdaderamente creo que es difícil de describir lo indescriptible y que la verdadera dimensión del conjunto sólo puede comprobarse dentro de éste. He decidido colgar en flickr casi todas las fotos que hice de Dachau y que, por múltiples razones que creo obvias, he preferido no retocar y publicar tal y como se hicieron. Pueden verlas en este enlace.

1 Dachau fue reutilizado por los americanos como campo de internamiento para los prisioneros del Eje, y posteriormente se usó como residencia de refugiados. No fue hasta años más tarde que se presionó para construir allí el memorial que hoy conocemos, y para entonces buena parte de lo que había durante el Reich ya no existía, por lo que tuvo que ser reconstruido.

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