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Todología con bigote
Nymphenburg

Ella me dice al oído: «Aquí los parques son de bajo coste; tiras un puñado de semillas y en veinte años tienes un bosque». Algo de eso hay, como pudimos comprobar en el Schloss Nymphenburg, metidito justo en medio de Múnich.

La palabra Schloss tiene una traducción un poco difícil. Se trata de una construcción que va a medio camino entre “castillo” y “palacio”, aunque a veces se decanta más por uno o por otro, sin acabar de ser ninguno de los dos. En Alemania, pero sobre todo en Baviera, estos Schlösser salpican toda la geografía como si fuera una plaga, y habitualmente están rodeados de parques y jardines que con el paso de los años han acabado por invadir mucho del espacio original que los edificios ocupaban.

Y es que la vegetación de esta parte de Europa, sin llegar a ser salvaje, sí que es bastante contestataria; no en vano entre los empleos públicos podemos encontrar a funcionarios dedicados exclusivamente a retirar maleza (cuando no ramas o raíces) de los costados de carreteras y autopistas. Es por eso que en los parques el verde acaba por crecer a su aire, incluyendo la hierba rasa, que sería la pesadilla de cualquier jardinero… o fabricante de segadoras.

En Múnich ciudad hay muchos de estos parques diseminados por cada barrio, pero dos de ellos destacan forzosamente por su extensión y exhuberancia. Uno es, naturalmente, el Englischer Garten o Jardín del Inglés, del que quizá hablaremos en otra ocasión. El otro, que nos ocupó un estupendo paseo de mañana de sábado, es el parque del Schloss Nymphenburg. Aunque el complejo de edificios que componen este monumental palacio ya impresiona desde lejos (solamente tienen dos plantas, pero se extienden a lo largo de centenares de metros), es al atravesarlo cuando se comprende la inmensidad de lo que quisieron hacer con él. Tanto los jardines como el palacio en sí recuerdan en su grandiosidad bastante a Versalles (salvando el tamaño, naturalmente) y, de hecho, fueron remodelados siguiendo el estilo francés de la época.

Lago

Es al marchar hacia los laterales del Canal cuando se ven las diferencias: de repente, uno deja de estar en unos jardines arbolados y se encuentra en pleno bosque, con vegetación de todo tipo y humedad permanente en el aire. Tras un rato caminando por los —eso sí— cuidados senderos y haberse cruzado con corredores, marchadores y amantes del trekking , se olvida uno de que sigue inmerso en un núcleo urbano, casi de que está visitando un palacio. Esto reaparece rápidamente al descubrirse uno de los lagos laterales, en cuyas orillas se erigen, por un lado, un templete-mirador (el Monopteros) y por el otro un Burg (otra palabra complicada de traducir pero que en este caso podría ser una villa) que, luego nos enteramos, se usaba como casa de baños para los reales habitantes del complejo. Existen más Burgen al otro lado del canal, pero la falta de tiempo obligó a escoger…

Templete sosteniendo la tarde

Continuamos por esa gran esponja verde, esta vez ya sin rumbo determinado, aunque con la sana intención de regresar al castillo (¿palacio?) para verlo por dentro. El bosque nos desorienta… ¿será por aquí o por acá? Pues ni por aquí ni por acá, hemos llegado cerca del muro que lo separa de la civilización y al final encontramos una puerta estrecha y casi abandonada por la que salimos de ese espacio incrustado entre casas y calzadas para toparnos con las inevitables grúas que levantan pisos muy luminosos en solares junto a una estación de cercanías.

Badenburg

Para regresar al palacio (¿castillo?) tuvimos que caminar otros dos o tres kilómetros, aproximadamente, esta vez sin la protección de lo salvaje, en el momento en que las nubes se apartaron para que el calor hiciese su trabajo. Llegamos, sí, y pudimos contemplar los magníficos salones, las salas de lacados chinos, las habitaciones de quienes en su día fueron emperadores de este mundo, la sala de (auténticas) bellezas ordenada por el Rey Luis I y los elaborados y un tanto tétricos carruajes y trineos en los que sus reales señorías se dejaban llevar. Eran épocas quizá no más convulsas, pero indudablemente más elegantes, aún para un pueblo contumazmente belicoso como éste.

Pero esa parte del viaje requeriría de otro relato. Y quizá de otro momento. Puesto que hoy es el verde el color que nos trae al texto, déjenme que no rompa la uniformidad de lo maravillosamente incontrolado y, tras acabar nuestro paseo, llévense ustedes mismos, si gustan, por sus propios e imperiales caminos.

El resto de las fotos, aquí.

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