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Todología con bigote
¿Y quién nos defiende de los periodistas sectarios? (VIII)

La reacción de “Frederico” ante su segunda condena —que, sospecho, no será la última—, da que pensar bastante sobre el concepto de libertad de expresión. Yo no soy partidario de que se pongan límites a éste, por principio; la eliminación de la censura previa es una de las condiciones irrechazables que han de exigirse en una democracia. ¿Autoriza ello al más pintado a ser un lenguaraz y un faltón que basa su audiencia en insultos pretendidamente irónicos, satíricos, sarcásticos o, simplemente “grasiosos”? Por supuesto, he aquí la base de dicha libertad, el poder decir incluso lo repugnante.

Pretender evitar las consecuencias es otra cosa: si insultas a alguien lo lógico, en general, es que se ofenda. Si mientes sobre alguien lo lógico, en general, es que se indigne. Y si se persiste en la mentira o en el insulto, lo lógico es que responda, pues la ley ofrece instrumentos para ello. Entonces más te vale estar seguro de lo que has dicho y, sobre todo, tener argumentos para defenderte, pues no existe acción sin reacción, aunque esta se produzca de forma retardada. Lloriquear luego, apelando a la libertad de expresión, es como llamar a mamá porque el niño del vecino te ha dado una colleja después de que estuvieras un cuarto de hora pegándole pellizcos. Lo normal es que mamá, cuando se entere, te tire un chorlito en la oreja de propina.

De todos modos, hace ya tiempo que se vio que el valiente Frederico no lo es tanto cuando ha de salir de detrás del micrófono-sotana que los obispos le proporcionan1. Su mandíbula de cristal se resquebraja al ver que el fortísimo apoyo que se barruntaba desde las más altas instituciones (incluyendo el pago por los servicios prestados en forma de licencias de TDT) hace mutis por el foro cuando se le llama al banquillo de los testigos. “Yo a este señor no le conozco”, podría resumirse en un titular, hecho suyo incluso por quienes más le defendían ante sus jefes asotanados, como el ínclito Cañizares, que de repente ha descubierto que en este sitio se juega. Ahora resulta que el hombre se nos exalta (más) porque a él le han condenado y quienes le insultan a él permanecen impunes, y nadie dice nada. Amenaza con querellas contra tirios y troyanos para preservar su propio derecho al honor, ése sobre el que se hace el longui cuando de vejar a otros se trata. A partir de septiembre, dice; por supuesto, no vayan a estropearle las vacaciones en el convento de clausura, necesita meditar.

Pero hombre, Frederico, ¡si de eso se trata! ¡Si es justo lo que todos estamos esperando, que por fin se haga uso de ese fantástico instrumento propagandístico que son las hemerotecas y se compruebe a partir de cuándo se emponzoñó, casi sin remedio, el periodismo de Estepaís, que se vea con luz y estenógrafos por qué la prensa española se ha vuelto lenguaraz, maleducada, envenenada, borracha de poder y creída de su propia influencia! ¡Que te reconozcan de una vez por todas como uno de los grandes pioneros en el descrédito de una profesión que debía ser crítica y controladora con los que mandan y que, en lugar de ello, se dedica a lamer el trasero de quien da audiencia, dinero, más poder y, como guinda, unos cuantos canales de televisión para seguir medrando a gusto sin las molestas injerencias de la verdad y la democracia! Queréllate, hombre, sé de nuevo una punta de lanza de algo nuevo y que se elimine de una vez por todas el cianuro potásico que ahoga y acojona al ciudadano medio a través de las letras y las ondas. Si consigues que estos pleitos se multipliquen en todas direcciones, se alarguen en el infinito, se haga públicos y se vea, por fin, que no sois más que un grupo de charlatanes demagogos que harían cualquier cosa (bueno, más bien que dirían cualquier cosa, ya se ha visto que la valentía tiene límites físicos) con tal de aumentar sus porcentajes, aun a costa de la estabilidad social de un país que, en el fondo, os importa una soberana mierda; si se consigue eso, digo, igual se abre una nueva etapa para el periodismo español, cada vez más alejado de la seriedad exigible dentro de un país civilizado y cada vez más invadido por el veneno del tabloide herciano. ¡Ánimo, Frederico, queréllate, sé valiente, pero esta vez de verdad, y empieza por ti mismo la limpieza de una profesión que con tanto afán y denuedo contribuiste a ensuciar!

Aunque me da a mí que va a ser que no.

1 Resulta paradójico, por cierto, que la cantidad de burradas que dice por la radio queden sin consecuencia precisamente por decirlas ahí. Con la ley en la mano, si dijera las mismas burradas a grito pelado en la grada de un campo de fútbol ya hace tiempo que le habrían detenido por apología del racismo, de la violencia, de la homofobia y de vaya usted a saber cuántas cosas más. País.

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