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Todología con bigote
Construcción y reconstrucción (en prosa)

Voy poniendo poco a poco ladrillos con una arcilla que a veces parece arena, encima de una planicie aparentemente sin cimientos, pero que se van apareciendo conforme la piedra terriza echa raíces.

Esta vez el proceso se hace con menos prisas que hace seis años, recomponiendo algunas grietas que sin reparar quedaron por la premura a la que la cercanía del abismo obligaba. También va con más fluidez, pues aunque los cambios son inevitables cuando tanto tiempo ha pasado, el esqueleto permanece en un país donde la fortaleza está en la estructura, en unas vigas robustas que le han permitido mantenerse en pie a pesar de los continuos vaivenes de su propia Historia.

Vivimos una época en la que es posible crear nuevos lazos con apenas unos hilos de coser, sin tener que romper los que durante años se entretejen con nudos gordianos que sólo una afilada espada es capaz de deshacer. Las cuerdas que antes eran frágiles y dependían de un esfuerzo mutuo ahora se vuelven elásticas y permanecen en cada esquina de la memoria, listas para dejarse estirar desde las sobadas teclas de un ordenador que no es el tuyo. Aun así, la construcción de una nueva vida, aunque parcialmente sea una reconstrucción de la que se quedó entre corrientes de aire por falta de ventanas, supone tener que dejar que la maleza crezca durante un tiempo sobre esas cuerdas; protegiéndolas de la intemperie, sí, pero también ocultándolas de la vista hasta que un rayo de luz les da sombra y la brisa las hace apuntar a nuestra memoria.

Hay que tener cuidado entonces, pues se pueden haber vuelto resecas y quebradizas… hay que volver a hidratarlas, mimarlas, cuidarlas, tirar de ellas con calma y sin prisas, porque al otro lado también hay alguien que observa, a veces impaciente, si esa enredadera se mueve. Aun desde la distancia, tocamos tantos puntos de las vidas que nos importan como ellas nos tocan donde más escalofríos se sienten.

Echar de menos es una cualidad inherente al animal. Por varias razones, nosotros los humanos la hemos transformado en una parte de nuestro día a día. La vorágine de la jornada, ese cúmulo de ladrillos que se ajustan como un guante unos con otros, suponiendo que encontramos los dos que encajan entre sí, impide dejar fluir el movimiento de cargas que nos llega desde la coronilla hasta el talón y que se extiende por cada uno de nuestros nervios; esa corriente que nos recuerda de dónde somos y quién nos va acompañando en nuestra labor de albañilería vital; esa corriente que, cuando cae la tarde y el silencio se apodera del jardín tras el balcón, retoma su curso arrullada por el sonido fresco de la noche colándose entre los barrotes de pintura desconchada. Y, entonces, el corazón se mueve.

Para recordar.

Construyo mi vida con ladrillos nuevos, impregnándola del aire que me traje de todos los lugares en que he estado, rociándola con las risas y caricias de quienes en algún momento quisieron regalármelas, pintándola de todo aquello que en mi vida pasada significó algo por el simple hecho de que somos, soy, una colección de retales a partir de nuestros actos y nuestros sientos. Esto que estoy construyendo, es lo que me hace feliz, y pretendo seguir siéndolo, ladrillo a ladrillo.

No os echo de menos durante todo el tiempo, pero os echo de menos. Y os llevo conmigo, dondequiera que vaya.

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