—Ha llegado la hora, dije.
Me miró enarcando las cejas.
—¿Ya, tan pronto?
Siempre igual, en realidad da lo mismo el momento, nunca les parece haber vivido suficiente.
—Vámonos, no hay tiempo para más, tengo unos horarios que cumplir y son muy estrictos.
—Si apenas he tenido tiempo de ordenar mis asuntos. La verdad, pensaba que…
—No importa eso ahora, firmaste un contrato y tienes que honrarlo. Son las reglas, y tú mejor que nadie sabes que hay que cumplirlas. A rajatabla.
Supuse que resistiría más, pero hasta él fue consciente de que era inútil. Con gesto abatido, tomó su mochila y salió delante de mí, a paso eternamente lento.
—No lo entiendo, no comprendo cómo pudo pasarme esto. Siempre era yo el que acababa quedándose con las almas de los desesperados y los ambiciosos. No lo entiendo.
—No hay mucho que entender —le contesté—. Soy un abogado excelente.
(Dedicado a Paula-Dordoka, que sin saberlo me ha dado hoy la idea).
Olvidado por Otis B. Driftwood a las 14:54 horas del 19 de abril de 2008 en Relatos.



