título
Todología con bigote
Objetivo: derogar la ley

Lo mejor que le podría pasar a la Ley de Paridad es que acabase siendo derogada. Tengo que decir que es una ley con la que nunca he estado demasiado de acuerdo, porque considero que imponer cuotas por ley podría tener efectos perversos y que a la hora de ocupar un cargo se debe siempre escoger a los más preparados (o preparadas) independientemente de su sexo.

Bien, esta es la teoría. En la práctica, sabemos que esto no ocurre, que a pesar de que el porcentaje de mujeres profesionales con estudios universitarios (por fijar un criterio objetivo) supera cada vez con más diferencia al de hombres, esto no se refleja en el mundo laboral, ni en el político ni en el social. Aún hoy, bien metiditos en el siglo XXI, observamos que el papel de la mujer en España sigue estando en los puestos de atrás del autobús del progreso y el desarrollo. Se van dando pasos, sí, se va avanzando poco a poco en conquistas que hace tiempo que deberían haberse producido. Pero queda mucho por aprender y mucho por hacer.

El efecto entonces de una Ley de Paridad puede ser beneficioso, aunque pienso que es bastante imprevisible. Puede, eso sí, tener más sentido llevándola al terreno político, donde sus efectos no sólo son visibles y patentes, sino que esa visibilidad se extiende por todas partes, pues nadie duda, creo, de que los actos de un gobierno son, a la larga, los más conocidos por los ciudadanos, sean para bien o para mal. Y en este caso, debería ser para bien.

Los primeros efectos ya se hacen notar: el sábado se presentó oficialmente el nuevo gobierno de ZP y lo que más se ha hecho notar en todos los medios, sin excepción, el hecho de que hay nada menos que nueve ministras y, sobre todo, la arriesgada apuesta de colocar a una mujer al frente del Ministerio de Defensa. Arriesgada, sí, en el sentido más mediático de la palabra, pues no sólo se hace patente el impulso (¿definitivo?) a la igualdad hombre-mujer en todos los aspectos que el Estado engloba, sino que además se hace en una dirección, en un ámbito, donde los hombres han impuesto su ley desde que los ejércitos existen. En un país como el nuestro, dar ese paso es caminar sobre brasas ardientes, y por eso me parece el más admirable.

No creo que cuatro años sean suficientes para eliminar de un plumazo todos los prejuicios que aquejan a nuestra celtibérica sociedad. Basta leer foros y comentarios desperdigados por la red para darnos cuenta de que el espécimen Hispanus neanderthalensis no se ha extinguido. Los jefes de dicha tribu escriben en periódicos que se dicen “del siglo veintiuno”, hablan en radios de supuesto espíritu cristiano y predican el trogloditismo allá donde les ríen las gracias (de cierto comunicador con bigote ya parlamos en su día, y últimamente ratifica los motivos que nos impulsaron a ello). Son estos infraseres los que producen razones más que suficientes como para que las leyes de paridad e igualdad sean, no sólo necesarias, sino casi obligatorias de concebir.

No obstante lo anterior, me mantengo en lo que digo al principio: dichas leyes deben ser pensadas y entendidas como elementos efímeros, con fecha de caducidad. Deben ser un medio, pero nunca considerarse un fin. Como sociedad debemos aspirar a que en un futuro, ojalá que no muy lejano, no sea noticia que un teniente general se cuadre al paso de su jefa directa, embarazada o no. A que en un gobierno haya once ministras y seis ministros, porque así resulta al revisar quiénes parecen mejores para administrar el país, y al siguiente pueda ser que se invierta la proporción por las mismas razones. Aspiramos a que cuando una mujer sea madre, su compañero (o compañera) tome tranquilamente su baja de paternidad para cumplir con su parte de obligaciones sin que ella tenga que renunciar a su vida profesional, y viceversa. Aspiramos a que todas esas “acciones afirmativas” pierdan de una vez el apellido y la razón de ser, porque igual de malo me parece que un hombre no pueda aspirar a un puesto de trabajo por el hecho de serlo, merced a un sistema de cuotas que le aparte de dicho puesto.

Mientras aspiramos a todo eso, la ley puede tener (y creo que ya es así) efectos muy positivos. Pero su fin último es que se acabe derogando, justamente porque resulte innecesaria. Es ahí a donde todos —no sólo los gobiernos— estamos obligados a llegar. Y que los trogloditas se extingan, de una vez por todas.

comments powered by Disqus

 ||—|| 

Los textos originales de este cuaderno se encuentran bajo la Licencia ColorIuris especificada aquí. El resto son propiedad de sus respectivos autores. El diseño de la página es obra de Jorge Portillo. Valida xhtml y css. Formatos disponibles para agregadores de noticias: atom y rss ( Suscribir). Alojamiento provisto por Libro de notas. Gestionado con Textpattern. La caricatura de Groucho Marx es creación de Al Hirschfeld, publicada por George J. Goodstadt. Si quiere saber quién visita este cuaderno y desde dónde, pinche aquí.