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Todología con bigote
El que puso la jeringa

¿Por qué será que las declaraciones de Manolo Sáiz me suenan a lágrimas de cocodrilo?

Manolo Saiz denunció la existencia de un poder fáctico, “un mando único” capaz de “coaccionar” para que los resultados de los análisis antidopaje salgan positivos a cualquier precio. Así insinúa que Roberto Heras ha sido tratado injustamente, aunque, preguntado en corto y por derecho, rechaza poner la mano en el fuego sobre si se dopó o no.

Lo que asegura el máximo accionista de la sociedad poseedora de los derechos del equipo Liberty Seguros-Würth es que el procedimiento que acabó con una suspensión de dos años a Roberto Heras tuvo “irregularidades” y que “cualquier proceso se detiene en cuanto hay una irregularidad”, incluso cuando son más graves los delitos imputados que el de inyectarse EPO en la sangre para ser más fuerte que los adversarios.

Lo cierto es que existe un pacto, una omertá entre los equipos ciclistas por el cuál, si uno de sus corredores es acusado y condenado por dopaje, ese corredor será enviado al limbo durante los dos años que dure su suspensión (en el mejor de los casos) e incluso después. Ningún otro equipo le contratará, ni le dará facilidades para entrenarse, ni moverá un dedo para salvar su cuello. El ciclista, ante una acusación por doping, está sólo ante sus jueces, ante la prensa y ante la afición.

El proceso a Heras, tras un año difícil con casos de hematocrito ilegal de Ribeiro y Nozal, causó una fuerte conmoción en el ciclismo internacional, en el español, donde según Saiz la acorazada del “mando único” desplegó todas su energías y causó dificultades al propio director ciclista, que se planteó seriamente abandonar su trabajo, dejar el ciclismo y dedicarse a otros negocios.

Sin embargo, cuando algo así sucede, solamente está el ciclista en el ojo del huracán y sobre sus espaldas cae el peso de los ataques de la justicia. No se ven actuaciones ni contra el equipo, ni contra los médicos, ni contra los patrocinadores o dueños que consienten esas prácticas. Imaginemos que Heras, efectivamente, se inyectó EPO. Y quien dice Heras dice cualquier otro currito del equipo (de cualquier equipo) que no sea una estrella y, por tanto, dependa exclusivamente de los doctores de su empresa a la hora de llevar su dieta, tomar sus medicamentos, controlar su forma física, etcétera. Pero si hay dóping, todos ellos desaparecen y el ciclista se vuelve un Joseph K de bajo perfil. ¿A quién le importa?

Yo me pregunto si Manolo Sáiz, aquél a quien le mosqueaba tanto que en su día sólo se hablara de Induráin, Induráin, Induráin (que echaba siempre al traste los planes de su equipo, entonces el más caro del mundo), pretende que nos creamos de verdad su profunda tristeza por la suspensión de Roberto Heras y su lanzamiento al ostracismo de dos ruedas, cuando el propio director ha contribuido a que esa patada en el culo pueda producirse con tanta facilidad y no se atreve a mojarse a la hora de defender al que ha sido su campeón. Me pregunto también si piensa que la afición es tan ingenua que de verdad se va a creer que él era ciego y sordo ante lo que su estrella se pudiera inyectar o no, o que realmente haga abstracción del caso y borre de su mente la alta probabilidad de que fuera él mismo quien diera su consentimiento, como jefe directo de Heras, a esas inyecciones. La omertá y unas leyes redactadas de forma absurda (por su cortedad de alcance) le protegen. Si tanta pena y tanta tristeza le da todo lo que ha ocurrido, si de verdad cree que se ha cometido una injusticia con su corredor y si no está de acuerdo con el protocolo de actuación de su equipo (protocolo que él mismo contribuyó a elaborar o, al menos, apoyó en su día), entonces la salida es muy fácil: denunciar el actual statu quo o dejar su cargo de manera irrevocable. O ambas cosas.

Por supuesto, tiene derecho a no hacer nada de eso: la familia, sobrevivir, tener que comer… eso es lo más importante. Pero, en ese caso, que no nos tome por idiotas y que se ponga las lágrimas en una bolsita. Las necesitará si algún día los dedos le acaban apuntando a él.

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