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Todología con bigote
No se trata de la antorcha

En realidad no se trata de la antorcha; ése es solamente el macguffin que sirve para esconder el auténtico problema: la represión. Vaya una novedad, dirán ustedes, la represión en China es algo que ya se conoce de siempre. Sí. Que podrían haberse cortado un pelito a la hora de designar a Beijing como sede de los Juegos Olímpicos de verano, en vez de quejarse todos ahora hipócritamente. También. Pero no es a eso a lo que me refiero.

La represión de la que hablo es mucho más silenciosa, tácitamente se va extendiendo en las llamadas democracias occidentales y, pasito a pasito, se va imponiendo en formas más sibilinas y sutiles cada vez. El lamentable espectáculo que se abre al mundo en estos días con los accidentados paseos de la antorcha olímpica en su extraño camino hacia China (ya no se trata de un recorrido desde Olimpia hacia la ciudad sede, sino de una exhibición del palito candente en las ciudades que más paguen, dando un rodeo que para sí quisieran los protagonistas del éxodo bíblico) está mostrando unas imágenes terribles, terroríficas, que sin embargo son consentidas, aceptadas y apoyadas por estos gobiernos, nuestros gobiernos, de manera que nada ni nadie pueda interrumpir el espectáculo propagandístico que suponen los Juegos.

Piénsenlo: pase por donde pase la antorcha se producen protestas ciudadanas, más o menos ruidosas, más o menos espectaculares (y más o menos violentas) con el fin de sacar los colores tanto a los dictadores chinos como a los democráticos encorbatados que les apoyan por razones exclusivamente mercantiles. Esos mismos gobiernos son los que envían a policías a cargar brutalmente contra los manifestantes, los que consienten que haya misteriosos “hombres de azul” escoltando el fuego sagrado con, digamos, pintorescas maneras. Esos mismos gobiernos son los que empiezan ahora a decir, con la boca pequeña, que “a lo mejor” no van a la ceremonia inaugural para que no parezca que se manchan las manos más allá de las reuniones del G7, pero que de seguro estarán allí haciéndose la foto si alguno de sus atletas consigue medallas. En definitiva, esos mismos gobiernos son aquellos que están haciendo todo lo que está en su mano, por ilegal que sea, con tal de que el espectáculo continúe y la maquinaria siga bien engrasadita. Porque conviene, y mucho, no perder el hilo de tamaña bolsa de novísimos y felicísimos consumidores compulsivos. Quien paga, manda.

Y esto está pasando ahora, con el consentimiento, también del COI, un organismo que se creó con el fin de unir a los pueblos a través del deporte, a la manera de las treguas olímpicas de la antigüedad, y que desde la era Samaranch se ha reconvertido en un autómata de hacer negocio, aún a costa de las desgracias de pueblos enteros. Lo del espíritu olímpico es algo que ha ido quedando para las crónicas del siglo pasado como curiosidad antropológica. Todo lo que no sea hacer dinero es puro humo. Los patrocinadores se tienen aprendido esto tan bien como el padrenuestro, así que vayan olvidándose de que Nike, Adidas o Cocacola abandonen su apoyo al “movimiento” que tanta tela marinera les ha costado. Quien paga, manda.

Cosas hay que en su momento hayan podido ser parcialmente ciertas, como la estupenda excusa que dan los demócratas de que con los JJOO el gobierno de Beijing podría permitir una cierta apertura, pero ese pensamiento no va más allá del simple efecto colateral, en modo “ya si acaso y eso”. Claramente observamos, y no sólo en el caso de los disturbios en Tíbet, que esa pretendida apertura no es más que un espejismo: China está pasando de ser una dictadura comunista a una dictadura capitalista, porque para cambiar de sistema económico no hace falta cambiar de régimen. Compre, consuma, gaste, hipotéquese y no arme mucho jaleo cuando se muera, y será feliz; pero ni se le ocurra pensar, quejarse, manifestarse o criticar nada. Y que tampoco se le ocurra leer o visionar algo que piense, manifieste, se queje o critique, que eso va contra las normas del espectáculo. Y no pida ayuda a las democracias, naturalmente, porque mientras seamos sus mejores clientes no le van a hacer ni puñetero caso. Quien paga, manda.

¿Y los deportistas? Reconozco que en este caso no lo tengo nada claro: precisamente la evolución de los JJOO hacia un espectáculo protagonizado por profesionales, totalmente alejado de los principios del amateurismo con los que el Barón de Coubertin quiso restablecerlos, hace claro que los deportistas son parte del sistema y, por tanto, del engaño y del apoyo, les guste o no. Pero por otra parte, cierto es que entre ellos, fuera de las grandes potencias como Estados Unidos o Rusia, existen profesionales en las diferentes disciplinas que tienen como único objetivo este tipo de eventos; ya sean Juegos Olímpicos, campeonatos del mundo, de Europa y, en general, pruebas de gran calado, ya que fuera de ellas los ingresos en su profesión son más bien magros. Estoy seguro de que estos atletas (y más si son mujeres, pues salvo contados casos el deporte femenino sigue siendo la hermana pobre de este oficio) son plenamente conscientes de la repercusión que va a tener participar en una competición plagada de negros pseudópodos. Estoy seguro de que a muchos de ellos se les está presentando un dilema moral a la hora de participar en los Juegos, y más cuando toda esta mugre ha salido a la luz con una repercusión imposible hace tan sólo ocho años. Permítanme una comparación quizá falaz: es posible que muchos de nosotros nos hayamos enfrentado a dilemas morales de mayor o menor intensidad a la hora de tomar decisiones que conciernen a nuestro futuro —o presente— laboral. En el caso de estos deportistas, no competir les supondría renunciar a sueños por los que llevan años luchando y a los que muchos jamás podrán volver a aspirar, ya que cuatro años para un atleta es un período inmenso, a veces insalvable. Y qué quieren que les diga… les comprendo, no me veo con fuerzas para decirles lo que “moralmente” deberían hacer.

A estas alturas de la película dudo mucho que sea posible encontrar una solución. Además, dudo mucho más que ninguna de nuestras democracias tengan voluntad de encontrarla, ya que desde luego el gobierno chino no parece estar muy por la labor. Y vamos a asistir a unos JJOO deslucidos, sin brillo, bajo sospecha continua y con unos participantes que posiblemente carguen con el estigma de haber contribuido a una farsa perpetrada por unos gobiernos (no sólo el de Beijing) que desprecian los Derechos Humanos en favor de un porcentaje de beneficios. Veremos como se adoctrinará a atletas y periodistas para que no se pasen demasiado en las zonas mixtas; veremos cómo no habrá medallas reivindicativas salvo, quizá, por parte de aquellos atletas que están ya de vuelta y no tienen una carrera posterior que jugarse. Y comprobaremos de la manera más sangrante que esta vez el deporte no servirá para unir a los pueblos, sino para amordazarlos si se les ocurre mostrar algo más que una sonrisa cuando les enfoquen.

No, en absoluto se trata de la antorcha.

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