título
Todología con bigote
El Recolector de Horas

Disculpen los bostezos, pero acabo de venir de trabajar y todavía no me he acostado.

Tengo un trabajo curioso, pues sólo lo hago un día al año, pero es muy estresante. Es lo que tiene ser freelance, que no tiene uno derecho a sindicatos, huelgas, bajas o vacaciones. Pero compensa, ya les digo si compensa.

En realidad hago trampas, verán: yo me dedico, cada último fin de semana de marzo, a recoger todas esas horas que se pierden con el dichoso cambio oficial que a ustedes tanto les trastorna. Me costó varios años y dos carreras (Física y Antropología) para poder encontrar el proceso necesario para capturarlas, una vez descubrí que, a las dos de la mañana, se escapaban de las casas y volaban libres sin que nadie se ocupara de ellas.

Claro, luego esas horas había que recuperarlas en octubre y el ministerio tenía que ponerlas de su propio bolsillo, es decir, del de todos, con lo que el supuesto ahorro de energía se acababa disolviendo en el gasto extra que suponía reponerlas todas. A fin de cuentas, no le va usted a negar al contribuyente esos sesenta minutos que dona sin protestar en primavera. Mucho menos cuando son minutos robados al sueño, que en este país es más sagrado que el fútbol.

Así que, una vez completado mi sistema, lo presenté al señor ministro y me ofrecí a mí mismo como recolector. Era complicado, decía el político, hay muchos favores que pagar, muchos parientes que mantener ocupados y, además, la fanfarria del concurso público para que la oposición no se nos eche encima. Por si fuera poco, tuve que demostrarles varias veces que las horas recogidas podían ser reintegradas sin demasiado gravamen y sin que sus dueños tuvieran que insomniarse para recuperarlas. Al final asumieron que yo era el único que sabía utilizar correctamente el proceso y me emplearon bajo cuerda, pagándome en negro y sin contrato, para evitar demandas sindicales.

Y en esas llevo ya veinticinco años.

El trabajo es estresante porque apenas dispongo de tiempo para recoger todas las horas exhaladas por sus almas, mis almacenes no tienen una capacidad ilimitada y, además, hay que conservarlas bajo condiciones de sala blanca para evitar que se filtren por las paredes o se contaminen por los gases de efecto invernadero, lo que las haría más pesadas e insoportables, como si todas fuesen de domingo por la tarde. Y la infraestructura para todo ello tuve que pagarla de mi bolsillo, hipotecándome con tres bancos hasta la corbata, porque el salario que me paga el ministerio apenas me llega para el alquiler y cinco comidas semanales. Instalación y mantenimiento, dos tareas para las que al parecer nunca hay presupuesto.

Entonces se preguntarán ustedes por qué continúo en este trabajo, que parece que me trae más pérdidas y sinsabores que beneficios, que me hace pasar noches extrañas cada seis meses y que nadie reconocerá jamás públicamente que existe. Un trabajo, además, que me está dejando con agujeros en los bolsillos y tizones bajo los párpados. Bueno, ya les dije que hacía trampas y que el trabajo compensaba, y ambas cosas son ciertas. Les contaré un secreto a ustedes y sólo a ustedes, que son de confianza y no me traicionarán: no devuelvo las horas recogidas, me las quedo yo.

Para ser sinceros, no devuelvo todas, al menos. Aproximadamente un veinte por ciento las reingreso en octubre y el resto las tengo depositadas en un almacén numerado en Morón, que viene a ser como la Suiza de las horas. No, no se escandalicen tanto, por favor, que ustedes nunca las han echado de menos. Cuando llega ese último sábado de Octubre ustedes “pasan” en su mayoría de esa hora extra, que en realidad es suya por derecho. Sin embargo la desprecian, la arrojan entre copas de un pub o durmiendo como ladrones para luego levantarse una hora antes de lo normal sin preocuparse de si son las diez o las nueve, sólo preguntándose por qué parece mediodía y a veces, sólo a veces, cayendo en la cuenta de lo que ha pasado.

Les tengo bien estudiados. Sé cuántos de ustedes custodian esa hora y sé cuántos la desechan como un clínex lleno de mocos. Tengo hecha desde hace años una exhaustiva estadística que actualizo cada tres meses con los movimientos de población y me da mucha rabia que esas horas que me paso cuidando con tanto desvelo (y con el daño que suponen a mis magros ingresos) son largadas a un lado como algo que se da por hecho, sin pensar lo que cuesta conservarlas.

Por eso solamente les devuelvo una parte. La de aquellos que sé que, si se dieran cuenta de que las pierden, acabarían montando caceroladas delante del ministerio e incluso delante del Bernabéu. Ese veinte por ciento de votantes que miran a su reloj antes que a su bolsillo cuando van a depositar la papeleta en la urna y que podrían poner en peligro mi negocio y hacer que el ministerio (cuyas horas están cuidadosa y planificadamente devueltas) me diera ipso facto la patada. Al resto de ustedes, morcilla, pero morcilla de la buena. Si no aprecian esas horas es porque no se las merecen, así que me las quedo. Llevo quince años acumulándolas y mimándolas. Calculo que con otros diez tendré las suficientes para, por fin, poder comprarme otra vida. Ésta ya jiede bastante.

comments powered by Disqus

 ||—|| 

Los textos originales de este cuaderno se encuentran bajo la Licencia ColorIuris especificada aquí. El resto son propiedad de sus respectivos autores. El diseño de la página es obra de Jorge Portillo. Valida xhtml y css. Formatos disponibles para agregadores de noticias: atom y rss ( Suscribir). Alojamiento provisto por Libro de notas. Gestionado con Textpattern. La caricatura de Groucho Marx es creación de Al Hirschfeld, publicada por George J. Goodstadt. Si quiere saber quién visita este cuaderno y desde dónde, pinche aquí.