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Todología con bigote
Santiago

Hacía quince años que no iba, por lo menos; sólo estuve cinco días, dos lluviosos, uno soleado y el resto en clima gallego: a veces sí, a veces no. Volví ayer por la noche y ya tengo morriña de esa tierra. ¿Algún gallego en la familia? Que se sepa no, pero no estaría mal conocer la parte de árbol genealógico que se pierde, del lado de mi abuelo, allá por el siglo diecinueve.

Si esto lo hubieran hecho película, seguramente en la sala algún enteradillo estaría diciendo cada tres minutos: “mira, el Obradoiro”. Y tendría razón, pues tal es la vista desde la ventana de casa de mi hermano.. “¿Qué haces en Semana Santa? — Nos iremos a algún lado, pero a partir del jueves — ¡Pues me voy para allá! — ¡Pues vente para acá!” — En pocos segundos pasé de unas vacaciones sin planes a los días de fiesta más bonitos que he pasado en años. Definitivamente, las decisiones desde el estómago me resultan las más gratificantes.

Han sido cinco días en un lugar que podría haber salido de un musical de Minnelli (si Minnelli fuese gallego, que tampoco podemos asegurar lo contrario), con dos anfitriones que rebosan vida y cariño, en una habitación que podría haber decorado yo mismo, donde la vista salta desde Lauren Bacall a Silvia Pinal, desde Audrey Hepburn a Joseph Cotten, con una silla de mimbre dedicada a amontonar objetos y otra que pertenece a una caja de cartón a la que hay que pedir permiso para sentarse. Y una colección de películas en cuarto creciente que recuerdan un poco a la biblioteca de la Universidad Invisible, porque se pelean cada noche para ser la escogida de la velada.

Entre golpes de viento contra el tejado, suenan las campanas de la Catedral cual si estuvieran en la vertical del sofá, chocantes al principio pero que, tras unas horas, transmiten seguridad y cercanía, como unos zapatos viejos y cómodos. Los tambores de la procesión del día dan una cierta sensación de irrealidad, como si en lugar de nazarenos fuese la Santa Compaña quien vela por el sueño de quienes habitan las casas de piedra. Tras los cantos de los monjes, se hace el silencio, sólo interrumpido por el tañido de los cuartos.

Aun estando en el punto más alto, esta ciudad se aparece siempre cuesta arriba; las calles, más o menos estrechas, resultan engañosas en su orientación y su nivel. “Por aquí ya hemos pasado”… sí, es posible; otra cosa es en qué momento y en qué sentido, pero esta esquina se parece a aquella, este escaparate que veíamos antes mirando a la placita, ahora parece encerrado entre dos ruelas, y la fachada de esta iglesia juraría que tenía a los santos mirando para el lado contrario. Un laberinto que a veces me recuerda al que se inventó Joan Manuel Gisbert en La Noche del Eclipse, a varios niveles, sin aparente concordancia entre recodos y caminos, con fachadas que se mueven aun permaneciendo inmóviles durante siglos. Pero eso sí, siempre cuesta arriba: quizá por eso, aunque la catedral domina toda la ciudad, si estás en el centro es casi imposible verla hasta que la tienes enfrente, lo que da al Preguntoiro mayor sentido en su nombre.

Entre Santiago y Cambados han sido cinco días de paseos por adoquines y olores a un mar diferente, más frío y penetrante. Huele también a carnes a la brasa que te encaminan, sin embargo, a salpicones, lubinas y bacalaos preparados por dioses que —por suerte— no son conscientes de su divinidad y nos los otorgan a los mortales con la abundancia habitual en esta tierra. Han sido cinco días recorriendo cafés excavados en lo profundo de los tiempos, pero también erigidos con cristaleras que devoran la luz a chorretones mientras proyectan en el hueco de la pared a Charles Chaplin destrozando un baile de gala. Han sido cinco días en los que hemos viajado, cinematográficamente hablando, a campos de concentración repletos de falsificadores que compraban así su supervivencia; a una América de posguerra empeñada en creer en los milagros, de la que Charles Laughton aparece y desaparece por ensalmo mientras Dorothy Lamour asegura que ella también vivió uno aunque no lo encontremos; a un Kirk Douglas que consigue lo imposible ocultando su hoyuelo sin fondo en el mayor macguffin ideado por los sobrecargados ojos de John Huston; y, en fin, a una rampa de pendiente infinita por la que se despeña un coche que equivocó su camino entre alcohol y mujeres maléficas.

Días de música ochentera y de Jack Johnson a todo volumen, de intercambios de frases frikis y miradas de complicidad, de bromas y chanzas que sólo mi hermano y yo somos capaces de comprender tras treinta años, de la sonrisa franca y elegante de una gata a la que le encantan los chistes malos y hace bandera de ello, de risas y retos ante un Trivial que por primera vez se nos resiste y en el que dejamos una partida a medias entre chicos y chicas, por culpa de un avión que siempre despega demasiado pronto, de bocados de Arzúa con un pan que está cincuenta veces (o más) riquísimo, de incontables fotos que no son capaces de formar el collage exacto de lo que ha representado esta semana.

Por todo ello, queridos míos, os doy las gracias: a mi hermano, por cerrarme las contraventanas durante la siesta y por dejarse rascar el cuello mientras hilvana sus emotivos e ingeniosos escritos (descúbranle ya, señores del cine y la televisión, no saben lo que se están perdiendo); a la Gata, por su varita mágica de hacer filloas con un toque de voz y por ese maravilloso gallego que se le escapa cuando piensa en voz alta; y por supuesto, también a M., la tercera en discordia, por haberme hecho reír durante tantísimo rato, que es algo que vale para mí su peso en oro. Para ellos, por estas razones y por mil más, es este escrito, de parte de alguien al que tanto le cuesta gritar al mundo lo mucho que les quiere.

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