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Todología con bigote
Confesiones de un décimo dentista

(Extraído de los archivos prohibidos de la sociedad mundial de odontolofobia)

A quien pueda interesar:

Yo fui el décimo dentista. Aquél al que excluían de los anuncios de chicle sin azúcar. Ese mismo, el que ustedes pensaban que era un pequeño cabrón que prefería que los niños tuvieran caries antes que tirar piedras contra su propio negocio. Sí, yo soy ese.

Ahora que mi vista se vuelve débil y que el pulso comienza a temblar, creo que llegó el momento de confesar en estas pocas líneas el terrible secreto que convirtió mi vida en un infierno y que causó mi internamiento en el Asilo “El Tridente” para Enfermos Dentales.

Reconozco que fue un momento de debilidad superior a mí lo que me movió a marcar con una cruz la casilla de “con azúcar” en aquella malhadada encuesta realizada por la conocida marca de chicles. Reconozco que el susodicho producto rompió mis esquemas hasta límites inimaginables… ¿cómo osaban aquellos advenedizos fabricantes de goma elástica inventar y, mucho peor, comercializar un auténtico veneno para una profesión tan noble como la nuestra? ¿Qué derecho tenían ellos a reducir la tan necesaria ración diaria de azúcar anhelada por dientes y encías que la recibían como agua de mayo y la reconvertían en negruzcas, jugosas y productivas caries? El sentimiento de indignación inflamó mi ser como hecho de yesca; el pedernal fueron esos dientes blancos blanquísimos de los modelos que lo anunciaban, y el combustible esos colores desafiantes del paquete (de chicles) que en primer plano se contoneaba ante la pantalla de la caja idiota.

No se podía consentir. Y la marqué. ¡¡¡Por Santa Gingivitis que la marqué!!! Una cruz, una gruesa aspa rebosando los bordes de tan escaso cuadrito, que acabaría siendo prueba de tan dolosa infamia. ¡Tenía que hacerlo! ¡Mi ética profesional me lo intentaba impedir, pero mi falta de ética empresarial me impulsó con mucha más vehemencia!

Cuando las encuestas se hicieron públicas, mi vida cambió del todo. Para mal, claro. Los fabricantes de caramelos me retiraron el saludo. Los compañeros me afearon el que les dejase en evidencia. El colegio profesional me invitó a que me diera de baja fulminantemente, no era posible que tal mancha en una sociedad que había—casi—conseguido aparentar ser perfecta estropease la tan difícilmente elaborada imagen pública. “Nueve de cada diez dentistas optaron por un chicle sin azúcar”. El décimo era un baldón, una pata coja que ponía en tela de juicio la rotundidad de la afirmación, que hacia peligrar el prestigio de los profesionales y que reducía en varios ceros el cheque generosamente otorgado por las molestias. Me obligaron a cerrar la clínica, construida con mucho esfuerzo sobre residuos radioactivos (dicen que acelera el proceso de cariado), a malvender mis equipos tan morosamente oxidados, a freír el cuero de las correas de la silla para tener algo que comer. Mi mujer me abandonó por el séptimo dentista y abrió una filial de corporación dermoestética con servicio de proctología incluido. Mis mejores amigos se pasaron a la quiropraxis con guantes de púas. Mis peores vecinos no se mudaron.

A día de hoy, apartado del mundo y olvidado por todos, reflexiono sobre la cadena de acontecimientos provocados por el simple hecho de no querer renunciar a una apetecible caries que engordara mi cuenta corriente. Creí que hacía un favor a nuestra profesión y en realidad lo que hice fue arruinarme la vida. Y ahora, aquí, en este asilo donde expío mi culpa y me enfrento a mi vergüenza quiero decirles algo a aquellos compañeros de estudios y carrera que respondieron adecuadamente a tan peliaguda encuesta y que, con ello, contribuyeron a una mejor salud dental y a una higiene bucal más completa para ellos, para sus contemporáneos y para las siguientes generaciones. Y se lo digo de corazón, sabiendo que la historia juzga con ecuanimidad y que este secreto ya no se irá conmigo a la tumba:

Hipócritas. Cabrones.

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