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Todología con bigote
¿Aquí se habla de política, o qué?

Les juro que cada vez que creo que he agotado mi capacidad para la sorpresa, aparecen los chicos de la gaviota y me demuestran lo equivocado que estaba. En mi vida había visto a nadie hacer tanto por perder unas elecciones, si exceptuamos, quizá, a Nixon cuando se enfrentó a Kennedy, o a Dukakis que tiró sus posibilidades frente a Bush Sr. Lo de Almunia y Borrell se queda en riña de patio frente a esto.

Porque veamos: era posible, incluso probable, que Rajoy optase por no llevarse a Gallardón a las listas de Madriz, aun arriesgándose a perder un número no desdeñable de votos. A fin de cuentas, visto el descaro con el que Albertito se postulaba como sucesor de un derrotado in péctore, entraba dentro de la lógica que Rajoy no le fuera a poner su propia cabeza en la bandeja, más aún cuando las encuestas (o más bien “¿ein?cuestas”) empezaban a tirar para arriba a los populares. Era también comprensible que no quisiera encabronar al poderoso aparato del partido en Madrid, donde Peranzaguirre o la cólera de Diox hace y deshace a su antojo, eso sí, con una liberalidad imponente. A fin de cuentas, los puñetazos en la mesa son mucho más efectivos cuando ganas unas elecciones y te puedes aprovechar de los trepas que se te van a arrimar, lengua en ristre, y tras una factible victoria, Rajoy habría podido reorganizarse el partido a gusto, más allá del dedazo bigotón.

Pero claro, Rajoy, alias “escaqueitor”, el hombre que no sabía nada, el señor de la retranca, que se moja menos que el bocata de anchoas de un tuareg, fue estirando y estirando una crisis que tenía que rebosar por algún sitio, jugando con la posibilidad de meter a Gallardón en las famosas listas de Schindler (el de los ascensores, no se crean) y esperando que todo se fuera encarrilando por sí solo hasta que la proximidad de las elecciones dejase las posibles discrepancias aparcadas hasta el momento del veredicto del pueblo. No contaba con la astucia de Esperanza, esa chapulina encarnada (que no roja) que ama tanto Madrid que lanzó el órdago de dejar la presidencia obtenida en las urnas (esta vez sin vida extra), con tal de conseguir un camerino igual de grande que el de su queridísimo enemigo. Rajoy, ese líder circunspecto, ese héroe de la oratoria, ese tipo que hace del verbo “exigir” un modo de vida cuando éste se dirige al gobierno… acabó con las manos en los tobillos. Ni circunspección (pues todos nos enteramos de lo que pasó en la ya famosa reunión a tres bandas), ni oratoria (llevaba el discurso preparado en tarjetitas, como si fuera a un mitin), ni exigencias, por supuesto, que al parecer en su propia casa no se las toleran. Me recuerda al chiste del calzonazos que, después de emborracharse, se chulea ante los amigos de lo dominada que tiene a su señora; que cuando llega a casa a las mil y con un pedal del quince su mujer empieza a canearle mientras él le grita “¡toma, toma, toma!” para que le oigan sus colegas; y que, cuando su mujer le acaba tirando por la ventana el tío todavía está gritando “¡y además, me voy!”. Pues eso es lo que le ha pasado al pobre Mariano, que al final, ha tenido que gritar que se iba.

Claro, la que se ha montado ha sido buena. Tanto Albertito como Esperancita han dejado patente que sus cargos electos les importan una soberana hez. El uno, diciendo que se lleva el Scattergories ™. La otra, que antes muerta que sin silla. Rajoy, al que le falla, entre otras cosas, el timing, ya había soltado la bomba de su fichaje estrella (el señor Pizarro, que en el “Cluedo” era el sospechoso de la carta negra) y se ha quedado sin ases en a manga para los dos meses escasos que quedan de campaña. Acebes, siguiendo con su letanía de Quien juega primero. Zaplana, arreglándose la corbata para el siguiente escalón de su vida de “trepa”. Aznar con el bigote cada vez más blanco y Botella Clinton eligiendo ya las nuevas cortinas del Palacio de Comunicaciones. De marca, por supuesto; aquí quien no corre, vuela.

Alguien debió arrancar las páginas del “Manual del mal político”, puesto que en el PP no parecen haberse enterado de que las crisis se producen en cualquier momento, pero nunca con unas elecciones en puertas. A Zapatero se lo están poniendo tan en bandeja, pero tan en bandeja, que el único riesgo que corre es el de morir de éxito. Enfrente tiene un partido en el que no se sabe quién es el que manda; cuyo candidato, el hombre de los mil discursos, se desdibuja cuando tiene que improvisar; que es de reflejos tan lentos que sorprende que haya podido aprobar siquiera las oposiciones a registrador de la propiedad, si siempre parece que lo deja todo para el final. Y que, por lo que se ha visto, tiene más topos en su entorno que la lista de tareas de Wallace y Gromit, ya que, desde los tiempos del inefable Txiki Benegas (PSOE) y las escuchas telefónicas (aquellas del “enano” Solchaga), jamás se habían conocido con tal detalle los entresijos de un partido con las carnes tan abiertas.

Quedan aproximadamente ocho semanas para las elecciones. Las dos últimas de campaña “oficial”, aunque algunos lleven en ello cuatro años. La competición por ver quién la caga más sigue rugiendo, aunque el gobierno siempre va a tener la ventaja de las cifras (y el BOE) a la mano. Vienen dos debates que podrían ser decisivos de no ser porque Mariano improvisa fatal y, como vaya en la línea de los debates del estado de la Nación (y sin un Manuel Marín poniendo orden ni una claque jaleándole las gracias), este Bambi le va a dar hasta en el cielo de la boca. De hecho, la que se ha armado con el affaire Gallardón me está sembrando la duda de si Rajoy no acabará buscando cualquier peregrina excusa (del tipo “esta tele no es imparcial”) para escaquearse de los cara-a-cara. Lo que si me preocupan son dos cosas: una, que este tipo que se ha caracterizado durante doce años por no dar un palo al agua (que levante la mano quien recuerde algo relevante en sus ocho años de ministro, en al menos cuatro carteras) pretenda gobernar un país a base de “dejarlo correr”. Y dos, que forme su equipo con los mismos que acaban de obligarle a bajarse los pantalones en público. Lo de Ana Botella me importa un poco menos… con suerte, habré salido escopetado de Madrid antes de que me dé tiempo a indignarme. Más.

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