Supongo que saben lo que son las “sevillanas para escuchar”: son un tipo de sevillanas que siguen el compás de 3×4 de esta composición, pero que por su tempo, mucho más lento que el habitual, no son bailables y, por tanto, se componen únicamente para ser oídas.
Igualmente, la mayor parte de piezas de música clásica (renacentista, barroca, sinfónica, la que quieran) son poco dadas a que se les añada una letra, salvo que estén pensadas justamente para eso, como óperas, zarzuelas, lieder y otras. Con la música de cine pasa tres cuartos de lo mismo. Y con las marchas, igual.
El himno español, conocido como “Marcha Real” se llama también la “Marcha Granadera”. Es una marcha militar de tempo más o menos rápido, repetitiva y que, digan lo que digan sus señorías, no se presta en absoluto a ponerle letra. Intenten cantarla con cualquiera de los amagos que circulan por la red, incluso con la que escribió Pemán en su día, como servicio al señor Paquito. Lo que me recuerda, por cierto, que algo bueno sí que tiene: es una marcha perfectamente adaptable a cualquier nombre de ser humano, en cualquier idioma, quod erat demonstrandum by Gomaespuma en su programa de radio.
La Marcha Real está definida en su partitura, en su tempo y hasta en la forma de interpretarla (versiones larga y corta) por un Decreto-Ley. Añadirle una letra, como quiere ahora el Comité Olímpico Español, harto ya del “chunda-chunda-tachundachundachunda…”, requeriría un proceso más bien largo y más bien complicado. Y, a la vista de experimentos anteriores, más presto a la chanza y al ridículo que otra cosa, lo que son ya ganas de fastidiar. Un amigo mío me dice siempre que el problema que tiene España con su selección de fútbol es que nos hace falta un himno. Y puede que tenga razón, pero desde luego no es éste.
Olvidado por Otis B. Driftwood a las 15:51 horas del 19 de octubre de 2007 en The Sound of Music.



