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Todología con bigote
Reseña de libros: "Días de Brooklyn"

Días de Brooklyn
Hilario Barrero
Ed. Los Libros del Pexe, 2007

Hilario Barrero cierra (?) su trilogía (?) neoyorkina con este “Días de Brooklyn”, que continúa el diario de sus impresiones durante los últimos seis años desde la ciudad de los rascacielos, en la que reside desde hace tres décadas. Es un libro fácil de leer, al igual que sus predecesores, pero en modo alguno resulta una lectura sencilla. En este cierre de sesión vemos a un Hilario más crepuscular, más inmerso en sus reflexiones sobre la evolución y la vida humana, mucho más impregnado de la sensación de envejecer a pesar de su consciente juventud, pues Hilario aún no ha llegado siquiera a los sesenta años. Y, a pesar de su título, este diario es también un libro de memorias que nos sitúa al Hilario niño en sus vivencias de una España mucho más difícil. Nos habla entonces de esa fase por la que todos pasamos en la que los acontecimientos anuales (Navidad, Año Nuevo, día de Reyes…) dejan de ser una explosión de familiaridad colectiva para tornarse en el campo de pruebas de la independencia personal.

“Días de Brooklyn” es un canto, en cierto modo triste, a la vida y a la muerte. A ratos observamos a un Hilario desencantado, mucho más escéptico, casi cínico. La soledad entre edificios de ladrillo visto, la imagen de una ciudad semejante a una gigantesca ameba que fagocita a sus habitantes, la despedida final de las personas que le rodean o la aparente grisura de un vagón de metro a primera hora de la mañana se salen de la narrativa anecdótica de “De Amores y Temores” para convertirse en un cuadro hiperrealista muy vivo, pero desprovisto de consuelo. El brutal atentado de Madrid, observado desde la distancia y el recuerdo de una experiencia trágicamente similar muy poco antes, parecen suponer otro punto de ruptura con su lírica personal, hasta entonces más luminosa. Y, sin embargo, hay pasajes del libro que resultan pura poesía, cuando Hilario se deshace y rehace en sí mismo al describir el amor que siente por quien él sabe pero no menciona. Un amor contado de mil formas y colores que, se hace evidente, constituye uno de los principales pilares sobre los que su vida se asienta. Igualmente sorprende que entre tantas oleadas de desazón, aún descubramos al Hilario capaz de admirarse ante el genio de un joven poeta o el sabor del café etíope de una cadena de franquicias.

Si yo supiera escribir un diario, me gustaría que se pareciera en la forma al de H.B., quien al igual que en su anterior texto muestra su maestría en la descripción del detalle, que no al detalle. Unas pocas pinceladas en forma de palabras son capaces de hacerte ver lo que el ve en los muelles de Coney Island, ante la pizarra de una clase llena de alumnos inquisitivos o en un fondo de color sepia con olores a puchero y estiércol mezclados con el de las ascuas de la chimenea. Y eso, a pesar de que “Días de Brooklyn” deja un regusto inevitablemente amargo, nos ofrece varios tipos de pintura costumbrista que recuerdan mucho a ciertos filmes italianos de los sesenta y setenta, sólo que con música de García Abril en el lugar de las cuerdas de Morricone. Hay algo mágico en el Nueva York descrito por Hilario que produce lo mismo una atracción morbosa que un rechazo sin contemplaciones hacia ambos lados del río Hudson. Es, probablemente, uno entre millones de diarios neoyorquinos que forman parte del mismo collage. Salvo que éste en concreto se nos deja leer y sentir, a veces con cierto rubor por la hondura y la intimidad que nos muestra, otras con un nudo en la garganta ante la evidencia de que esa ciudad puede lo mismo ensalzar que marchitar corazones jóvenes y reventones. Si yo supiera escribirlo, insisto, viajaría hasta Brooklyn a encontrármelo y hacerle muchas preguntas ante una cena en esa larga lista de restaurantes que ocupan tantas de sus veladas. Aunque, quizá porque aquí nos falte una especie de Woody Allen que sirviera de contraste romántico, dudo mucho que unos “Días de Vallecas”, o “Días de Las Musas”, o incluso “Días del Paseo del Prado” consiguieran llegar igual de lejos, igual de adentro. Y porque la lírica suena diferente entre churros que entre bagels . Y porque prefiero leer a Hilario Barrero, por supuesto.

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