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Todología con bigote
Din-don-din...

Y empiezo, como me gusta, provocando: Lo de la T4 de Barajas no es para tanto.

He pasado el fin de semana en Alemania. He ido en avión, volando desde Madrid hasta Colonia-Bonn. Tanto el aeropuerto de Barajas como el Konrad Adenauer (no, Jaime, nada que ver con tus parientes lejanos) tienen algo en común: ambos tienen una nueva terminal, si bien la de Colonia tiene ya algunos meses y se inauguró también con algunos problemillas, rápidamente subsanados gracias a la cuadriculada eficiencia alemana. Entonces, ¿cómo oso yo, válgame Marx, afirmar que no es para tanto lo de la nueva terminal barajeña? Pues… déjenme contarles mi pequeña odisea del miércoles, cuando tomé el avión de Germanwings 4U 517 destino Teutonia.

Para empezar, llego en taxi a la terminal T2, de la que, según la web de AENA, debe despegar mi vuelo (que, por cierto, tardé en encontrar, pues en dicha web el código de Germanwings no es 4U sino GWI). Entro a la altura del mostrador trescientos y pico, me dirijo a uno de los monitores para ver dónde facturar y resulta ser en los mostradores del 141 al 145… en la terminal T1, lo que en lenguaje popular se conoce como “Atomarporculostrasse”. Así pues, recorro esos pasillos de techo bajo, cubiertos de mármol oscuro y luces fluorescentes hasta llegar a lo que supongo el extremo de la zona de facturación, ya que acaba en un control de pasaportes-entrada a zona de embarque, cerrado a cal y canto. Esa sala, de iluminación más bien triste y llena de gente haciendo cola en los mostradores cuenta con la nada despreciable cifra de… doce asientos (contados, lo juro), y bastantes personas, jóvenes de mochila en su mayoría, sentados en el suelo o apoyados en columnas. En el mostrador, una familia ya entrada en años buscando asistencia para la viajera, una mujer mayor y ciega. No tarda demasiado, quien aparece a acompañarla es una veterana que se ve ya muy trabajada en estas tareas. Facturo mis maletas bromeando con la empleada, que ha tenido que aguantar a dos turistas más bien quejicosos justo antes que yo, y me entrega una tarjeta de embarque muy manoseada (las reutilizan) en la que no consta mi nombre, como no consta el de ningún otro pasajero de esta aerolínea. Me informa de que la puerta de embarque es la B86. Y ¿dónde está la B86? Acertaron… en la terminal T2. Como para tener prisa, vaya.

Vuelvo sobre mis pasos (esta vez, menos mal, sin maleta) mientras pienso que los diáfanos aeropuertos alemanes, en un país donde está nublado durante nueve meses al año, se iluminan durante el día casi exclusivamente con luz natural, dotados de enormes cristaleras en paredes y techos que te permiten ver los aviones salir y dirigirse a la pista de despegue. Arrastro mis pies por una cinta transportadora que no funciona y alcanzo el control de seguridad, en el que hay seis arcos con escáner… pero sólo dos de ellos están funcionando. Fila tipo serpiente en la que otra empleada, con rostro aburrido, comprueba antes de llegar a los arcos que todo el mundo lleva su tarjeta de embarque. Mientras tanto, en una larga mesa justo antes de los arcos un policía distribuye las bandejas (aunque a mí siempre me recuerdan a palanganas) para que uno vaya echando, casi arrojando sus pertenencias para pasarlas por el tunelito de la bruja. ¿El cinturón también? No, parece que esta vez no. Casi da risa vernos a todos haciendo cola con esa bandeja en las manos, tratando de disimular la pinta de mulas de carga que se nos queda. Si al menos nos hubieran puesto alforjas, en lugar de esas incómodas bacías… Mientras guardamos la vez, un grupo de unos doce empleados de Aldeasa ha de entrar para cumplir su horario de trabajo. Yo, en mi ingenuidad aeroportuaria, pensé que los empleados entran por puerta diferente, al ver unos tornos al lado de donde estamos que, sin duda, llevan también a la zona de tránsito. Pues no, al parecer hay algún problema y deben pasar todos por los mismos arcos que los viajeros. Fantástico… al menos, se dividirán en dos grupitos, semigrupos, o “ut supra mediogrupos”, para no retrasar demasiado a los que llevan prisa. Ja, ja, qué iluso. Menos mal que siempre voy con margen de tiempo suficiente, que si no cometo un aldeasicidio en serie. Por algunas miradas que veo, más de un pasajero, compañero en desgracia, ha debido de apretar los dientes para no consumar dicha idea.

Hale, ya estoy dentro. El haber venido desde el trabajo y tras una semana de mucha faena me ha impedido comprar el regalo de cumpleaños de una buena amiga a la que visito. No hay problema, me dirijo a Relay, aquello que en algunos sitios se llama con tanta cursilería “Boutique de la Prensa” y escojo un par de libros (y otro para mí) que pienso que le pueden gustar. ¡Sorpresa! Relay es la única tienda del aeropuerto en la que no se puede pagar con tarjeta. ¿Cajeros automáticos? ¿Pa qué? Total, el siglo XXI, el siglo del consumismo, parece que no ha llegado a las zonas de embarque. Mientras hago tiempo hasta la hora de subir al avión, me paseo -otra vez- hasta las puertas que se encuentran en la terminal T1, buscando -infructuosamente- otra Relay en la que sí se pueda usar ese plástico tan útil. Pienso que si me coloco en una esquina y espero lo suficiente, seguro que presenciaré un intercambio comercial en forma de trueque, como los que se hacían en el Neolítico. Durante el paseo observo que hay un par de controles de acceso, completamente vacíos de pasajeros, donde los policías bostezan de aburrimiento mortal. Y digo yo: en vez de dejar que se montara ese pifostio en una sola entrada, ¿no hubiese sido más práctico y más rápido informar a los viajeros de que hay otras puertas por las que se puede entrar, aunque luego haya que andar un poquito más hasta el embarque correspondiente? En la megafonía suena, por enésima vez, ese aviso que se resume en “les avisamos por megafonía de que no les vamos a avisar por megafonía”. En dos idiomas, naturalmente. Suspiro.

Bueno, vamos a embarcar. No sólo a los españoles nos encanta hacer cola, por lo que se ve. A pesar de que no hay un alma en el mostrador junto a la puerta B86, ya hay varios alemanes de pie con cara de impaciencia. Normal, si te han dicho que embarques cuarenta minutos antes, es que son cuarenta minutos, no treinta y cinco o treinta… se avecina retraso. En la puerta de la izquierda, al otro lado del área (esto ya parece una crónica fumbolística), un vuelo de la misma compañía con destino a Stuttgart, sale teóricamente diez minutos después que el nuestro. Alguien decide, en el último momento, tener la feliz idea de colocar allí un vuelo a Milán y colocar el de Stuttgart justo a nuestra derecha. El resultado: dos filas perpendiculares y confusión a raudales. Los de Stuttgart acaban embarcando antes que nosotros y el avión, definitivamente, lleva retraso. Genial, otra vez que no llego hasta la una de la mañana a Aquisgrán. El único detalle que salva la tarde es que entramos directamente por “finger” al avión y no hay que tomar esos antipáticos autobuses hasta el otro lado de la pista. Tras una aparatosísima tarde en la que la frase que más se ha repetido en mi cabeza es “no me lo puedo creer”, despegamos por fin rumbo a Alemania.

La agilidad del aeropuerto colonés, con tarjetas de embarque (estas sí) nominales y nuevecitas, controles rápidos, precisos, eficientes y buena coordinación en los embarques y en las informaciones, unido todo ello a las noticias que llegan sobre el primer día de la ya famosa T4 de Madrid hacen que se me caiga el alma a los pies y me echo a temblar, visto lo que pasó a la ida, pensando en que “por probar a ver cómo va” nos hagan aterrizar a nosotros allí también. Por suerte se impone el buen sentido y vamos a la terminal T2, la güena y genuina. Eso sí, se retrasa unos minutos el desembarco porque el finger andaba con problemas. Nada, nada, ya estoy en casa. La maleta sale más o menos pronto, lo que aprovecho para huir despendolado hacia la estación de metro, ese metro que los sufridos viajeros de Iberia ya no podrán disfrutar (hasta 2007, dicen) porque nuestra “compañía de bandera” ha decidido que prefiere tener piso nuevo antes que la comodidad de sus viajeros, que suponen el grueso de tráfico aéreo de este aeropuerto. Y a nadie se le cae la cara de vergüenza por ello, no hablemos ya de dimitir, claro.

En resumen, que si digo que lo de la T4 no es para tanto es… porque era lo esperable, algo conocido, casi asumido por todos. Tanta historia montaron con la nueva terminal que se olvidaron de que existían las otras tres, que son cualquier cosa menos un modelo de buen funcionamiento. Ellos sufrieron la T4, muchos sufrimos la T2 (y la T1, y la T1). Que fueran así las cosas era normal que ocurriese, terminal nueva o no, en ese templo a la cutrez y el despropósito que es el claustrofóbico Aeropuerto de Barajas.
(Madriz).

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