título
Todología con bigote
Je vous salue, Paris

1. Sin pensar, sin planear, sin dudarlo

No hacía ni un par de semanas en las que me quejaba de que aún no había tenido oportunidad de conocer París y, por una carambola de circunstancias y una tarde más que estresante de llamadas y peticiones, me encontré, por motivos de trabajo, a los pies de esta ciudad el pasado jueves por la mañana.

Las carambolas incluyeron que un viaje de poco más de 24 horas se transformara en otro de dos días para ahorrar más de ochocientos euros en un billete last-minute. Como consecuencia, conseguí que me pagaran una segunda noche de hotel y, a la vez, me concedí algunas horas de propina para patearme la ciudad, sin saber realmente qué me daría tiempo a ver el sábado antes de ir hacia el aeropuerto.

Pero alguien debió de mirarme bien esa semana, pues a la postre resultó que el trabajo que tenía que hacer era más breve de lo que había previsto, lo que resultó en que dispuse asimismo de buena parte del viernes. Así pues, todas las cartas estaban a mi favor para sacarme en parte la espinita de esta gran capital. Y bien que las aproveché. El jueves, tras una tarde corta e intensa de trabajo, ya tuve la primera toma de contacto cenando en los mismísimos Campos Elíseos, pero lo mejor aún estaba por llegar.

2. Viernes—Sin dejar de mirar

Quienes llevan tiempo leyendo este cuaderno saben que, cuando el tiempo es escaso, mi forma preferida de hacer turismo es “patear”, es decir, pasear hasta quedar exhausto, sin correr, viendo lo que da tiempo a ver pero sin ansias y desviándome de la ruta inicialmente pensada sin demasiados remordimientos. En este caso, la ruta estaba bien clara y la enormidad parisina no lo hizo necesario, o casi. Me dirigí sin dudarlo hasta la “Estrella” o glorieta del General De Gaulle, donde se encuentra el impactante Arco del Triunfo (que separa la Avenida de los Campos Elíseos de la Avenida del Gran Ejército) y, tras rendir los debidos honores en la Tumba del Soldado Desconocido (y estremecerme como nunca ante el símbolo de quienes dieron su vida por un mundo libre), me fui por el gran bulevar flanqueado por amplísimas aceras, dispuesto a dejarme las suelas.

No es fácil pasar por delante de las inacabables galerías comerciales sin sumergirse en alguna de ellas, ni evitar pararse ante los escaparates de las tiendas de lujo que en el caso del común de los mortales sirven, sobre todo, para mimar más aún a las telarañas bolsilleras. Pero hay comercios adaptados a cada bolsillo y que atraen a miles de turistas como las tragaperras a las jubilatas de Las Vegas, por lo que la tentación es realmente grande. Y sí, París es caro, muy caro, pero también muy atractivo. Una puta de lujo a la que es complicado negarle nada. Por suerte, la escasez de tiempo y las miradas al plano me permitieron escapar de allí con la cartera intacta… y cierta contradictoria rabia por no haber cedido.

Permítanme ser más breve en el resto de esta parte del paseo: hasta aquí todo bien, pensaba. Desde luego es una ciudad, más que grande, grandiosa, pero lo que veía de momento no se diferenciaba tanto de otras grandes capitales europeas, aunque es evidente que al tratarse de la urbe más descrita y cantada de la Historia, todo lo que se ajustaba al tópico, a la postal, allí estaba. Pasé junto al Grand Palais, vi de fondo el edificio de la Asamblea Nacional, me entretuve con el famoso Obelisco de la Plaza de la Concordia (a propósito, ¿por qué el único sitio del mundo cuyos obeliscos no son famosos es precisamente Egipto?), saqué desde allí una foto a la mitad superior de la Torre Eiffel y, por fin, entré en las Tullerías, los jardines construidos junto al desaparecido palacio donde habitaron los Borbones post-revolucionarios, antes de que la Tercera República lo demoliera definitivamente. Unos jardines hermosos, pero en mi opinión bastante lejanos de, por ejemplo, los Boboli de Florencia. Como parque, el Retiro o muchos jardines junto a palacios alemanes los superan. Empezaba a pensar que quizá el haber visto tantas fotos y haber oído a tanta gente hablar de París me estaba pasando factura, pues no acababa de encontrar esa cosilla que me dijera, “sí, coño, estás aquí, maravíllate”...

.... hasta que apareció el Louvre, claro.

Y esto sí que fue una epifanía, oigan, la vuelta de tuerca que necesitaba. Como no voy a describirles lo indescriptible, y mucho menos algo que ha sido dibujado y descrito de miles de formas durante siglos, diré solamente que acabé entendiendo perfectamente el significado de la expresión “epatante”. Podría haberme pasado horas contemplando esa bella inmensidad, muros, patios, ventanas, fuentes. A partir de ahí, todo empezó a cobrar sentido. Deseché, una vez más por tiempo (pero también porque el viaje en metro es tan largo que prefería la luz y la superficie al máximo), entrar en el Museo con el único propósito de ver a la Mona Lisa, algo de lo que espero no arrepentirme, pero que queda igualmente como “cate” a recuperar.

Tras un buen rato contemplativo, reanudé mi paseo por uno de los laterales en dirección al Sena. Allí, entre infinitud de artistas fabricantes y vendedores de souvenirs, continué hasta el Museo de Orsay, fotografiando el río desde algunos de sus puentes y ya, con los primeros signos de cansancio y hambre propios del mediodía (eso y que tenía obligaciones que cumplir), me dejé tragar de nuevo por el Metro en la calle de Solferino (curioso nombre, mezcla entre enfermedad y partitura) para regresar al hotel.

3. Viernes—Entre gárgolas y blues

La caída de la tarde y ese nublado que caracteriza a París un día sí y otro también me encontraron en la islita de la Cité, donde se encuentra la—también, sí—mítica catedral de Notre-Dame. Soy un loco de las catedrales y me encanta contemplarlas por fuera y por dentro a la menor oportunidad, pero en este caso sus puertas ya estaban cerradas, de modo que me contenté con rodearla y dejar la búsqueda de Quasimodo para mejor ocasión. Mientras caminaba hacia la parte posterior buscando las últimas sombras de las gárgolas, me preguntaba cómo París podría ser más París aún. La respuesta me vino en forma de un viejo saxofonista negro quien, abstraído hasta del sonido de las monedas cayendo en su funda, tocaba incesantemente sobre el Quai de l’Archevêché al paso de los catamaranes. Acodado en el puente iba buscando sin éxito la lente de una cámara escondida que estuviera inmortalizando ese momento, tan tópico y tan real que ni siquiera Vincente Minnelli se hubiera atrevido a incluirlo en ese París de cartón piedra perpetrado en Hollywood que, sin embargo, sobrevivió a las postales para cobrar vida en el auténtico con cada atardecer.

Baje por la escalera opuesta para observar más de cerca dos restaurantes flotantes encargados de recordar al paseante que todo lo típico se tuerce hacia lo tópico hasta caricaturizarse en kitsch, es decir, en hortera. Con unos precios no aptos para la mochila, uno se pregunta si el formar parte del paisaje entre los timones de pega y los ojos de buey estañados merece la pena por lo que cuesta. Tampoco me iba a quedar a averiguarlo, ya que tópico frente a típico, también se incluían en la estampa dos parejas, una comiéndose a besos en el banco de enfrente y la otra, unos metros más allá, sentados el uno sobre el otro y tapando sus cabezas y parte de sus cuerpos con una sábana que, desde luego, ocultaba todo menos el movimiento.

Saliendo discretamente de esa estampa bucólica, ya casi a noche cerrada, me fui a buscar el metro más próximo y me dirigí hacia el “Hotel de Ville”, otro clásico que estaba copado esta vez por una multitud ávida de golpes, cerveza y alaridos ante la inauguración oficial de la copa mundial de rugby, el otro deporte nacional de este país que, no por casualidad, acude bajo un gallo como estandarte. Dado que la gendarmería se ocupaba con diligencia de no colapsar más aún la plaza, decidí que aquél era buen momento para sumergirme de nuevo en el metro a la búsqueda de la cama y el cada vez más esquivo sueño.

4. Sábado—Abarcando lo inabarcable

El sábado fue el día del regreso y, como había que rematar la faena de algún modo inesperado, otras dos carambolas (las últimas) se sumaron sin avisar. Debía tomar el tren por la tarde hasta la Gare du Nord, que queda prácticamente al lado de Montmartre y, por tanto, del Sacré Coeur. Recordé las palabras de mi hermano hace años: “desde allí se ve París mejor que desde la Torre Eiffel y sin pagar un duro”. Mmmmm… pena de nublado, pensé. Pues se ve que durante la noche alguien debió de liarse a brochazos azules contra el cielo… sol, calor y ni siquiera una pizca de humedad. El resto era fácil: metro hasta la estación, la maleta de cabeza a la consigna y cuatro horitas para mí solo. Nuevo pateo, paciente y sereno, a lo largo del Boulevard de Magenta, que está plagado de tiendecitas de ropa barata con sus dependientes a la puerta invitándote a entrar si te ven cara de turista o (siendo malvados) si creen que tu gusto vistiendo es lamentable. Quise evitar de momento el camino fácil y, plano en ristre, me interné por las pequeñas callejuelas laterales en lugar de tomar el Boulevard de Rochechouart que deja casi al pie de los escalones. Sorpresa: existe un París barato y obrero mezclado y disimulado entre las turísticas avenidas. Establecimientos de kebabs, supermercados de descuento, pequeñas papelerías-estancos donde comprar la prensa diaria sin apretujones. En una de estas compré dos postalitas… y luego tuve que volver a comprar un boligrafo por haberme dejado el mío dentro de la maleta, dentro de la consigna, dentro de la estación. No culpo al estanquero por mirarme raro, aunque igual mi lamentable acento de francés chapurreado tuvo que ver con ello.

No me entretendré mucho más en contar la subida. Baste decir que fue coronada con éxito; que, efectivamente, la vista es espectacular aunque el despejado día no pueda hacer nada para eliminar la nube de contaminación en un área metropolitana de más de once millones de personas; que la basílica es imponente, pero da un cierto mal rollo, tan blanca que resulta amenazante; que la marea de gente, locales y foráneos, que invade este espacio hace pensar en que las peregrinaciones no necesariamente han de ser organizadas ni en fechas fijas; y que, a pesar de ello, basta caminar unos pocos metros para pasar del bullicio mundial a la calma de barrio.

Al bajar los escalones para volver a la estación, cerré el armario de los asombros y traté de hacerme a la idea del regreso, procurando que la cutrez del aeropuerto Charles de Gaulle (Terminal 1) no tapara esas últimas y esplendorosas imágenes de mi primera visita a Paris, ciudad inadjetivable, que, como buena francesa, se cree y se crea a sí misma minuto a minuto. Con la sensación, que dicen que es recurrente, de que por mucho que vayas siempre te va a quedar mucho más que ver y experimentar. Repasando en el mapa todo el tiempo que he caminado y comprobando la distancia recorrida, tiene pinta de ser absolutamente cierto. Habrá que volver, pues, ya que no me gusta dejar los mapas a medias. Entretanto, ya he conseguido saludarte, París… la próxima vez quedaremos en serio.

(Hay fotos aquí, aunque tuve que hacerlas con el móvil al haber olvidado mi cámara, por lo que la calidad no es demasiado buena. Tienen su punto, eso sí).

comments powered by Disqus

 ||—|| 

Los textos originales de este cuaderno se encuentran bajo la Licencia ColorIuris especificada aquí. El resto son propiedad de sus respectivos autores. El diseño de la página es obra de Jorge Portillo. Valida xhtml y css. Formatos disponibles para agregadores de noticias: atom y rss ( Suscribir). Alojamiento provisto por Libro de notas. Gestionado con Textpattern. La caricatura de Groucho Marx es creación de Al Hirschfeld, publicada por George J. Goodstadt. Si quiere saber quién visita este cuaderno y desde dónde, pinche aquí.