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Todología con bigote
Microasesinatos de verano (III): Palos en punta

- Sé que no debí hacerlo, señor Juez, pero no puede imaginarse cómo me irritaba ese caballero. Siempre tan atildado, tan finolis, tan “saber estar”, tan preocupado por las formas… me sacó de quicio de tal manera que no me pude contener.
– Esa no era razón para matarle, acusado.
– Es que no se hace idea, señoría, si sólo fuera eso… pero tenía la repugnante costumbre de terminar todas las palabras en agudo; todas hacia arriba, vinieran o no al caso, como si fuera un francés mal educado. Que de haber sido francés me habría irritado igual, pero se lo habría consentido; al fin y al cabo, ser francés no sería culpa suya… ¡pero era tan francés como yo de Cuenca!
– ¿Y es usted de Cuenca?
– No, señoría, y eso me irritaba todavía más.
– Así que le apuñaló.
– Sí, señoría, me declaro culpable.
– Sin embargo, la policía no pudo encontrar puñal alguno. ¿Cómo sabemos que dice la verdad? ¿Cómo sabemos que no encubre a otro?
– Señoría… le apuñalé con una cuchara. Me costó más trabajo y seguramente sufrió muchísimo más, pero ya sabe cómo me irritan las cosas agudas.

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