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Todología con bigote
Antropología del Hijoputa (y II)

Continuamos con la clasificación tipológica de las distintas especies del orden de los hijoputas. ¿O deberia decir “la Orden de los Hijoputas”? Horrible duda, sí.

Hijoputa con carrera. Empezamos con palabras mayores. Esta clase de hijoputa no reside en un hábitat tipo aunque se le puede encontrar, por ejemplo, en despachos dentro de universidades y en plantas altas o medias de empresas (no importa el tamaño, aquí no) o mimetizados en comerciales. Son, sin embargo, mucho más reconocibles que los anteriores, ya que son los únicos que vienen con certificado de garantía y denominación de origen, habitualmente enmarcada en madera decapé, colgada en el lugar más visible de sus despachos (id est, sobre el televisor o junto a la papelera).

Hijoputa con micrófono. Por principio éste es un tipo inusual de hijoputa: aunque por su profesión lo lógico sería que nunca viéramos su rostro (cual si fuera un dios), según aumenta el nivel de hijoputez ya se encarga él (o ella) de manifestarse y hacerse carne a la primera ocasión que se presente, y de la forma más ruidosa posible (igual que la mencionada deidad). Son los hijoputas más molestos ya que, además de hacer la vida imposible a su prójimo, precisan imperiosamente de la notoriedad que no conseguirían si contuviesen por un instante sus impulsos hijoputéticos. Aunque hablar de “impulsos” quizás no es lo más propio, puesto que esta clase de hijoputa planifica cuidadosamente sus actos, a fin de maximizar el daño producido y, consecuentemente, el anhelo narcisista que raramente colman.

Hijoputa TCM. Siglas de “Traje-Corbata-Maletín”, suelen combinar con acierto las peores habilidades de los cuatro tipos de hijoputa anteriores. Sólo se atienen a dos de las cuatro operaciones básicas (suma y multiplicación), si bien son expertos en la regla de tres inversa: cuanto peor, mejor. Se les reconoce por los zapatos brillantes, la corbata chillona, la gomina chorreante y la sonrisa ganchuda. Emplean términos como “socio”, “artista”, “figura” y, ocasionalmente, “campeón”. Si les dan la mano, no olviden contarse después los dedos (y las uñas).

Hijoputa oficial. Aunque es posible ubicar fácilmente al político dentro de esta categoría, procuremos no generalizar: hay hijoputas oficiales que no son políticos. En cualquier caso, suelen ir respaldados en sus actos por algún organismo público, normalmente mediante designación digital, lo que supone que habrá un pequeño grupo de seres vivos (incluyendo animales, plantas y protozoos) inmunizados de facto contra sus hijoputeces, pero no se engañen… esto sólo les hace más peligrosos para con el resto del ecosistema. Si son políticos, se les advierte fácilmente, porque saldrán en la tele (nacional, local o de barrio) con un característico gesto: sonrisa tipo percha, mano izquierda acariciando el alfiler de su corbata y mano derecha señalando algo en construcción (al azar). Si les ven, además, portando gafas oscuras incluso de noche y sin farolas… hushan. Si, por el contrario, no pertenecen a la subespecie gubernativa, su identificación se hace mucho más complicada y requiere años de entrenamiento y sinsabores. De hecho, prácticamente su única seña de identidad es la voz; no necesariamente melodiosa, ni siquiera atractiva, pero sí modulada, en ese punto justo que bordea el nivel necesario para que los de alrededor te oigan, un pelo antes de alcanzar la ordinariez. Ocasionalmente se sobrepasa esa frontera y el hijoputa es irremediablemente descubierto, pero no se confíen: el hijoputa oficial no ha alcanzado esa condición por las buenas.

Hijoputa simpático. Quizá el más raro de esta taxonomía, este tipo de hijoputa tiene la habilidad de caernos bien mientras no nos toque directamente los cojones, con perdón. Incluso si lo hace, podría ocurrir que acabemos riéndonos de lo bobos que hemos sido, a pesar de que toda la culpa sea suya. Es uno de los arquetipos más celebrados en cine, teatro, televisión e incluso en cómic, sabe ejercer de hijoputa con una sonrisa en los labios y una naturalidad y aplomo abrumadores. Raramente inspiran rencor colectivo y sí, como indica su nombre, muchas simpatías. Conviene tener uno cerca, en un grado de amistad más o menos soportable, por lo que pudiera ocurrir en una de esas vueltas tan cínicas que tiene la vida, aunque, si me permiten un consejo, no le dejen nunca acercarse demasiado. Después de todo, un hijoputa es siempre un hijoputa.

Super-Hijoputa. No se le conoce hábitat típico, ya que posee una enfermiza obsesión por invadir y destrozar todos aquellos en los que penetra, incluyendo el que le sirve de residencia habitual. Suele aparecer uno por década y raramente se encuentra más de un especimen a la vez en todo el mundo, aunque siempre existirán aspirantes al puesto que se empeñan en engordar su hoja de servicios con pasmosa diligencia, lo que sin embargo no les permite ir más allá de meras comparsas del auténtico super-hijoputa. Su aspecto externo se aproxima mucho al del hijoputa oficial, pero intenta de vez en cuando pasar inadvertido disfrazándose de persona corriente, sin conseguirlo. En este caso, a la hijoputez del sujeto se le une el poder del que indudablemente disfruta, por lo que evitar sus efectos es tarea imposible: a lo máximo que podemos aspirar es a minimizar los daños. Y probablemente nos hará falta ser bastante hijoputas para conseguirlo.

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En conclusión, estos pocos párrafos deberían servirles de guía de reconocimiento rápido de un hijoputa y su aprendizaje podrá serles útil para ir tomando las oportunas medidas de prevención y defensa, siempre que éstas sean aplicables. Naturalmente, esta guía resulta demasiado general para enfrentarse a todos los casos que pueden aparecer, ya que cada hijoputa tiene sus particularidades, su sal y pimienta que lo hacen diferente al resto. Al igual que un virus, un hijoputa puede mutar de una a otra categoría para adaptarse al medio y continuar con sus fechorías. Más todavía, aun con todas sus dificultades, aun con todos sus entresijos, es más sencillo evolucionar hacia el estado de hijoputa que dejar de serlo una vez se ha llegado. Es una zona oscura de la que no es fácil escapar… porque habitualmente nadie quiere escapar. Así que, por última vez, les conmino a que tengan cuidado. Porque usted, sí usted, es posible que sea ya un hijoputa. Y usted también. Y usted. ¡Aléjense de mí, hijoputas!

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