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Todología con bigote
Antropología del Hijoputa (I)

Qué desprestigiada está la palabra “hijoputa”. Está tan desprestigiada que ni siquiera nuestro goloso Diccionario de la Real Academia la recoge. Y me parece completamente injusto tratándose de una de las pocas expresiones que ha perdurado desde hace más de diez siglos con escasa variación tanto en su forma como en su significado, desde aquel “hideputa” que podíamos encontrar ya en textos clásicos de los albores de nuestra literatura, hasta los actuales “joputa” e “híoputa”, con todo su espectro de valores intermedios (“jodeputa”, “hiputa”, “quijjjodeputa” y muchos otros), distribuidos más o menos uniformemente por la geografía nacional e incluso local, ya que, como todo el mundo sabe, la hijoputez va por barrios.

Creo que la razón de este desprestigio se debe a que tan señero y elegante término ha ido adocenándose con el curso de los siglos, con increíble velocidad en las últimas décadas de democracia y libertinaje, que han provocado que la gente ya no tenga necesidad de mostrar altivez o vergüenza a la hora de pronuncias estas ocho letras tan excepcionalmente bien combinadas. Admitámoslo: una palabra tan eufónica como “hijoputa” es un apetitoso caramelo para todos aquellos que desean experimentar las delicias del idioma castellano. La consecuencia de este adocenamiento es que casi se ha vaciado de contenido el término, provocando que lo que antes era, ciertamente, un insulto definitorio y punzante, hoy pueda expresar tanto matices decididamente negativos (“el hijoputa este me ha suspendido el examen”) como innegablemente positivos (“¡qué bien juega al fúmbo el hijoputa!”), por lo que ha convertido el contexto de la palabra en parte integrante e imposible de desligar de ésta.

Es una pena y, como digo, una verdadera injusticia el maltrato que recibe “hijoputa” en la actualidad. Porque, ciudadanos y ciudadanas, el hijoputa no es una persona cualquiera. Ser un auténtico hijoputa es una vocación, algo próximo al sacerdocio, algo con lo que uno nace, pues no se hace, pero que requiere ser pulido, limado, aristado y esmerilado durante toda una vida. Pocos consiguen alcanzar esa madurez, esa pureza del auténtico hijoputa: los pocos que lo consiguen llegan a entrar en los anales de nuestra Historia, manchando páginas de forma indeleble y escribiendo los momentos más ominosos de nuestro discurrir por el mundo, demostrando con eso que son hijoputas hasta después de muertos. Quienes no alcanzan tamaños niveles de reconocimiento deben conformarse con quedarse a mitad del camino, aunque su condición de hijoputas traerá implícito su lugar en la historia; si bien no en la Historia con mayúsculas, sí que entrarán, y por mucho tiempo, en la pequeña historia vital de quienes han sido objeto de su atávica profesión.

Esta falta de uniformidad en lo que es o debe ser un hijoputa hace que se establezcan diferentes niveles o categorías de éstos. Si bien no debemos caer en la tentación de encasillar a un hijoputa, ya que corremos el riesgo de que se entere, sirva esta pequeña escala como guía primaria para reconocer y evaluar a uno de ellos:

Hijoputa con volante. Se le reconoce fácilmente por su posición: incrustado en el asiento de un vehículo a motor, con la mirada dirigida exclusivamente hacia el frente y cubierta con unas gafas de sol, incluso en los días lluviosos. Como complementos a esta configuración básica tenemos un cigarrillo o bien un teléfono móvil, cualquiera de ellos sujeto con dos dedos de su mano derecha, ya que la izquierda sostiene con otros dos dedos el volante y desconocemos cómo consigue cambiar de marchas, aunque preferimos no imaginárnoslo. Su comportamiento se define en apenas unas pocas palabras: izquierda-rrrrasss, derecha-rrrrrasss, acelerón-frenazo, háblamemásaltoquecontantotráficonotejoigo, moc-moc, qué será esa luz roja tan brillante que he dejado atrás, mierdaunguardia. Suele tener verdaderos problemas para encontrar la palanca del intermitente y los triángulos invertidos se alojan sin excepción en la zona ciega de su retina. El nivel de hijoputez no se corresponde necesariamente con el tamaño de su vehículo, aunque puede medirse con relativa facilidad por el número de desgarrones en la carrocería.

Hijoputa con ventanilla. También distinguible por su posición sedente, puede evitarse la confusión con el tipo anterior por el detalle de que en este caso puede verse el frontal de su rostro y no el perfil, además de por la ausencia de gafas de sol. El color de sus ojos es indefinido, ya que tiende a rehuir la mirada de su interlocutor (nosotros), bien bajándola hacia un amasijo de papeles con forma de periódico, bien dirigiéndola hacia las paredes y el marco de la ventanilla que le categoriza, bien hacia las teclas del aparato telefónico situado a su derecha, en un ímprobo esfuerzo por no olvidar los diez dígitos tan arduamente aprendidos en su juventud. Tienen un sentido del tiempo realmente mal desarrollado, aunque se sospecha que Einstein dedicó parte de su vida de científico a analizarlo como base para su Teoría de la Relatividad. Su comportamiento se caracteriza por el frecuente uso de las palabras “no”, “mañana” y “lefartaunpapé”. Son irritables con tendencia a la furia contenida cuando no pueden pronunciar esta última, y en las horas consideradas de media mañana adoptan la habilidad de confundirse con lo que les rodea, volviéndose virtualmente invisibles.

(continúa aquí)

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