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Todología con bigote
Puteados

¿Se han dado cuenta de que la creatividad se estimula cuanto más puteados estamos? Un vistazo al contador de visitas me hizo toparme con esta nota de hace más de un año en la que narraba con todo lujo de detalles un absurdo rallye por las terminales 1 y 2 del aeropuerto de Barajas. Dejando aparte que el tiempo pasa volando (¡más de un año ya!), la verdad es que me eché unas risas a mi propia costa con todo lo que me pasó allí, nada fuera de lo común pero que cuando lo cuentas con cierta exageración tiene su chicha. De ahí pasé a otro post, esta vez de mi hermano, que me hace revolcarme de la risa con lo que pasó el pobre para acudir a un examen que, al final, se malogró (sorry bros). De eso y del hecho de que esos tipos de escritos en diferentes bitácoras suelen arrastrar un número nada desdeñable de comentarios, llegué a dos conclusiones: una, la del principio, cuanto más puteados más se disparan las neuronas; la otra, más horrible, nos encanta leer las consecuencias de ese puteo.

Leer, oír, ver… ahora que se han puesto tan de moda los monólogos de humor en España, sería curioso ver unos cuantos en serie interpretados por diferentes artistas, como los “nuevos cómicos” de Paramount, por poner un ejemplo fácil de encontrar. Es sorprendente ver cómo el tema principal en la mayoría de los casos es “qué puteado estoy y qué mal me trata la vida”, con sus diferentes derivaciones, aunque casi todas acaben convergiendo en el tema sexual. En este sentido no hay distinciones de género: tanto cómicos como cómicas (esta aliteración ha sido patrocinada por Xilófonos ClincClonc) nos cuentan, en un momento u otro del monólogo (a veces en todo él), lo inútiles que son para las relaciones de pareja, fracasos, pifias y diversas formas de androfobia y misoginia. El propio Alex O’Dogherty, en esa suerte de tesis doctoral llamada “Y tú de qué te ríes”, dedica no poco tiempo al hecho de estar puteado, con una receptividad considerable por parte del público. Una muestra empírica que va más allá de esto sería la serie favorita del urbano medio, “House”. El protagonista es un médico que posee una inteligencia y un ingenio fuera de lo común que le permiten ver lo que otros profesionales igual de cualificados no son capaces, pero que sería poco más que un Hércules Poirot de poca monta de no ser por la cojera que arrastra y que le mantiene puteado desde que se levanta, al igual que Sansón perdió su fuerza cuando le afeitaron el cabello. Por cierto, otro ejemplo de alguien que no vio la lux divina hasta que le putearon sacándole los ojos.

Pero no sólo al humor alimenta el puteo, más bien lo contrario. Observen cómo usamos y abusamos de la poesía cuando el corazón se rompe (Bécquer, fetiche de enamorados aspirantes a rapsodas, vivió sumido en el puteo al igual que su hermano), al igual que valoramos mucho más los papeles dramáticos que los cómicos en el cine o en el teatro. Abrazamos a Scarlett O’Hara porque le caen tantos marrones encima que casi tenemos que llevar paraguas al cine para que el chaparrón no nos alcance. Ahora mismo tengo un documental de Michael Moore de fondo y me doy cuenta de que casi todo lo que le ha movido a hacer este tipo de cine es su propio estado de puteo, o el de los que están a su alrededor. Yo mismo, aunque me esté mal decirlo, he escrito mis mejores textos (o los que yo considero más divertidos) en estados de auténtico frenazo emocional, con pocas excepciones. Y, no sé si también en mi caso, los lectores, espectadores, telecincuentes (que habría dicho Coll), se aferran a ellos como al último palo de un barco que se hunde. Es necesario decir “yo también estoy así” o “yo no estoy así, pero ánimo”. En cualquier caso, es necesario decir algo.

No sólo con la poesía, sino que pasa con la literatura en general: podemos leer cientos, miles de libros a lo largo de nuestra vida, pero limitémonos a las novelas y escojamos las que más nos impactaron. O, simplemente, las que más recordamos. En buena parte de ellas, me atrevería a jurar que en la mayoría, el o los protagonistas atraviesan distintos niveles de puteo que los convierten en atractivos a nuestros ojos; seguimos sus andanzas durante páginas y páginas esperando, desde luego, un final más o menos feliz, pero sorbiendo con avidez las distintas desgracias que les ocurren hasta llegar a esa cima. Quizás por ello nos fascinan tanto los villanos. Cuidado, no necesariamente hablo de dramones, también es aplicable a comedias, sátiras, parodias e incluso a ese subgénero literario injustamente denostado: las pintadas en los retretes. Para los que no se lo crean, les diría que un ejemplo de novela descacharrante es “Sin Noticias de Gurb”, la estupenda gamberrada de Eduardo Mendoza que nos provoca risas a veces descontroladas. ¿Por qué? Pues por cómo está escrita, por la chispeante prosa, por el verbo afilado, pero sobre todo… ¡porque el protagonista está puteado a tiempo completo! Mendoza escribió esa novela por entregas, según él como un divertimento, pero las cosas que contaba de la Barcelona Olímpica son tan reales y tangibles que me niego a creer que él mismo no las viviera una a una y que no fuera su acumulación lo que le impulsó a ponerlas por escrito, aunque fuese con un extraterrestre de fondo. Y ya que hablamos de autores (esta salida por la tangentísima está patrocinada por Tiralíneas El Escaqueo), nombremos a unos cuantos más o menos recientes a los que el populus ha convertido en personajes de culto: J.D. Salinger (puteado), Charles Bukowski (puteado), Truman Capote (puteado), Virginia Woolf (puteada), Oscar Wilde (tan puteado que es hoy el rey de las citas apócrifas) y un largo etcétera.

En el deporte sucede otro tanto. Cuando un deportista gana por primera vez una gran competición, los medios nos suministran su biografía, procurando que sea vendible: es mucho mejor si el objeto de nuestra idolatría ha tenido una infancia difícil, si sus padres tuvieron que empeñarse hasta las cejas para que el chaval pudiera entrenarse, si un cazatalentos lo encontró cuando estaba a punto de coger un bus en un barrio periférico o si ha pasado antes de la victoria por una grave enfermedad que pueda mostrar su espíritu de superación y blablabla. Vende porque la gente compra, y la gente compra porque lo que interesa no es la victoria en sí, sino lo puteado que haya podido estar el vencedor antes de conseguirla. Los caminos de rosas y alicatados hasta los árboles no escriben páginas de héroes, al menos en nuestro imaginario. Y si no me creen, fíjense en lo que solemos decir cada 22 de diciembre cuando comprobamos que—un año más—no nos ha tocado la lotería: “Bueno, pero al menos le ha caido a gente humilde”. Que traducido a ese castellano limpio que tenemos en nuestro traicionero cerebro viene a significar: “Vale, pero éste hasta ayer mismo estaba más puteado que yo, eso me basta”.

Yo no me acabo de creer que en la psique humana se encuentre el encabronamiento como estado natural; vamos, que no creo que seamos intrínsecamente unos desgraciados que sacamos petróleo de la condición de puteado, propia o ajena. Pero algo debe de haber ahí dentro que provoca el reordenamiento entrópico de nuestro gris serrín cuando las circunstancias son adversas. El refrán “el hambre agudiza el ingenio” no surge por casualidad, sino que probablemente fue enunciado por primera vez por alguien realmente puteado, cuyo nombre hoy, para redondearlo, ha sido olvidado.

Quizás algún neurólogo haya estudiado ya este extraño fenómeno, y haya determinado que las sinapsis se estrechen cuando los indicadores de felicidad se encuentran por los suelos, no lo sé. Igual nadie se ha parado a investigar esto porque no hay neurólogos suficientemente depresivos como para que se les aparezca el “eureka” de Arquímedes y puedan salir corriendo desnudos de su bañera provocando la hilaridad de los desprevenidos transeúntes. Es posible que sea necesario el trabajo colaborativo de varios bitacoreros de la especie “permanentemente bajo mínimos” (no sé si Borjamari la tiene catalogada) que aúnen sus esfuerzos cual Proyecto Seti de feromonas y melatonina para descubrir el principio definitivo de la creatividad, tipo C=mp², donde C es la creatividad, m la mala leche y p, cómo no, el nivel de puteo.

Qué procesos sigue el cerebro, cómo funcionan y cuál es la razón de que se activen, es algo que desconozco y que, francamente, no estoy seguro de querer averiguar, no vaya a ser que fuese capaz de controlarlo y mi vida se hiciera mucho más aburrida. En cualquier caso ya han cumplido un fin, que es haber provocado este texto. Si les ha gustado, seguramente pensarán que me ha salido porque puteado ando. En ese caso, les ruego que no se preocupen, porque por una vez no es el caso… o igual sí, porque en el momento de terminarlo es la una menos diez de la noche y mañana tengo que estar en planta a las seis y media. ¡Qué putada!

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