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Todología con bigote
Veinte Goyas... no se sabe cómo

Creo que los premios Goya se merecían algo bastante mejor en su vigésimo aniversario que el desastre de ceremonia que estoy presenciando en estos momentos. Ya no es que haya diálogos forzados, decorados grises o la insulsez propia de estas ceremonias. Que lo hay, que lo hay. Es que se percibe una descoordinación, una falta de ganas y un empeño en superar la estrechez de miras de las ediciones anteriores que asusta. La verdad es que tanto esfuerzo y gasto de energía en pro del aburrimiento y la mala imagen era digno de mejor causa.

La verdad es que ya el hecho de que un pedante del calibre de Méndez-Leite dirigiera la ceremonia no presagiaba nada bueno; aunque la cosa no empezó mal, con unas viejas imágenes de Concha Velasco, co-presentadora de la ceremonia junto a Antonio Resines (quien, desde que se empeñó en quitarse el bigote para hacer de actor serio, es incapaz de salirse del mismo personaje) y un discurso de la presidente Mercedes Sampietro en el que, por primera vez, se huyó del victimismo y la autocomplacencia al hablar del último año del cine español. Eso sí, salvo una pequeña referencia —obligada, supongo, por la omnipresente $GAE— a la piratería; por suerte, muy de pasada. Y tampoco pintaba tan mal el hecho de que, dada la ocasión de celebrar ese vigésimo aniversario, se iba a hacer un repaso a la evolución de estos premios desde su creación en los “movidosos” años ochenta. Para un servidor, al que le ponen las retrospectivas, esto era uno de los pocos alicientes, si bien, como pronto pude comprobar, no compensaba el cúmulo de torpezas que se iban acumulando en el escenario: actores a los que se les olvidan sus líneas, descoordinación en diálogos y presencias en escena (lo de Carmelo Gómez es de juzgado de guardia, pero no para él, sino para el director que no sabe calcular los tiempos), un regidor inexistente (no se puede dejar que cuando salga un presentador a escena los aplausos se apaguen antes de que éste alcance el micro), montajes absurdos y mal escogidos, como el que muestra con todo lujo de detalles a Rosa María Sardá, para, acto seguido, dar paso a… Verónica Forqué. Y, lo peor de todo, el límite obligado de tiempos a la hora de dar los discursos de agradecimiento, que por orden de Méndez-Leite, se ha establecido en “extremadamente breve”, algo que los presentadores de los premios se han encargado de ir recordando a los premiados según subían al escenario, a veces con una cierta rechifla. Y no ha debido de gustar mucho, pues, tras el premio a Gil Parrondo, el galardonado, al que yo le habría dejado explayarse a gusto (más que nada porque él solito lleva más cine dentro que la mayoría de los que estaban en esa sala), ha hecho notar, en voz alta y amarga, las exigencias del director.

Menos mal que tal norma no se ha cumplido en la entrega del Goya de honor a Pedro Masó, responsable de buena parte de las películas más taquilleras de nuestro cine, sobre todo en los años sesenta y setenta. Quizás este premio y el repaso a los fallecidos del año anterior sean siempre los momentos menos discutibles en cada ceremonia. El resto, pues más de lo mismo pero en mucho peor. La crítica que hago no sería tan ácida si no fuera porque siguen nuestros académicos en empeñarse en la comparación con el cine de los EEUU, en lugar de intentar crear un estilo propio que no se parezca (eso sí) a una película española. Que cuando se usa una entrega de premios como escaparate de una industria (y si no es así, que no se ofrezcan por televisión), el escaparate tiene que ser bonito, atractivo y que invite a quedarse, y no algo que parece salido de un destockage de celuloide. Y eso no se disfraza ni siquiera con una cutrez como esa del premio a la mejor película europea en la que nos colaron la última de Woody Allen como producida en el Reino Unido. Y no por el film en sí, que no he visto, sino porque estaba tan traída de los pelos la candidatura y, por extensión, tan cantado el premio, que uno se admira de cómo se puede tener la cara tan dura y que no pase nada.

Al terminar esta nota no se ha dado todavía el premio a la mejor película. No he visto ninguna de las candidatas, así que no valoraré sus méritos. Solamente digo una cosa: ¿se quiere hacer una valla publicitaria sobre lo bueno que es el cine español o un remedio infalible contra el insomnio? Porque colocar una ceremonia taaaaaaan larga un domingo por la noche, retrasando el final de ésta hasta casi las dos es poco menos que intentar (con todo éxito) el suicidio mediático. En un año en que la política no ha hecho acto de presencia en los premios (en las gradas sí que estaban, pero calladitos), ¿de verdad se pensaban que un pestiño como éste iba a hacer que la gente se quedara despierta? Si hasta quien esto escribe lo habría hecho mucho mejor, poniéndolo en manos del grupo teatral universitario. La única esperanza que nos queda es que alguien con seso dentro de la academia, o incluso dentro de RTVE (me consta que alguien queda) sea capaz de convencer a quienes mandan de que la organización de un show televisivo, por muy “excepcionalmente cultural” que sea, debe encomendarse a los profesionales. Aunque eso suponga dar un mínimo de espectáculo y entretenimiento. Aunque eso suponga que se tenga que parecer algo al que monta el cine USA. Sí, ese que con películas vomitivas es capaz, a pesar de todo, de llenar salas hasta reventar.

Yo comprendo que es duro ser divertido, señor Méndez-Leite. Por eso… hágase a un lado, gracias. Que hemos llegado a los veinte años y sería un puntazo poder llegar hasta los cuarenta. O, que leche, hasta los veintiuno.

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