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Todología con bigote
El rey (de copas) ha muerto

Cuatro a cero. Inapelable, tanto por el resultado como por lo que se vio sobre el campo: yo no lo vi entero pero sí llegué a tiempo para dos goles y una panorámica del terreno y del banquillo culés en los que las caras, más que poemas, eran auténticos sonetos con estrambote. Muchos artículos hablan de milagro, de sorpresa, lo presentan como la enésima victoria de David contra Goliat, como si lo del “Geta” fuese una machada imposible, propia de héroes, cuando lo cierto es que el resultado fue consecuencia directa de algo mucho más simple: el Getafe ganó jugando (bien) al fútbol y el Barcelona perdió porque nunca se supo a qué jugaba, ni siquiera si jugaba. Este Barça ha perdido su penúltimo título de la temporada y, por primera vez, pienso que va a perder el que le queda, esa Liga que al principio tan segura parecía y que ahora, vistos los rostros de absoluto desánimo del entrenador y de sus jugadores, tiene pinta de escaparse despendolada en las últimas jornadas.

Les digo muchas veces que de vez en cuando surgen cosas que me reconcilian con el fúmbo como deporte-espectáculo y me hacen olvidar que es un negocio, la mayor parte de las veces repugnante. La Copa tiene esas cosas; es un torneo en el que un equipo más o menos humilde puede verse empujado hasta una final (e incluso ganarla), a veces sólo con creerse que puede hacerlo y echar el resto detrás de ese balón y delante de una afición que sueña con lo posible y con lo imposible. Lo que ocurrió ayer en Getafe no es una anécdota, se ha visto año tras año en el llamado, no por casualidad, “torneo del KO” y en diferentes campos. Curiosamente, en muchas de esas ocasiones ha sido el Barça protagonista negativo de las noticias, ya que se caracterizaba en los últimos años por la extraña paradoja de ser el equipo que más despreciaba la competición y, al tiempo, el que más presumía cuando la ganaba.

Hizo frente con otros equipos de los llamados “grandes” para suprimir el sistema de partido único por el que se rigió la Copa hace pocos años. Un sistema copiado del que usan los ingleses en la Copa FA, la competición más antigua del mundo, que aumenta la emoción en su desarrollo y las posibilidades de los equipos pequeños. Con este sistema las eliminatorias se juegan a un sólo partido, siempre en el campo del equipo de categoría inferior, o sorteándolo en el caso de que ambos equipos tengan la misma categoría. Esto tiene una tercera ventaja, y es que permite a los equipos más modestos hacer caja con la visita de otros más grandes, sin que éstos escatimen la presencia de sus estrellas, algo muy habitual cuando las eliminatorias son a doble partido y el de la ida ya ha sido resuelto con cierta contundencia. Visto esto, entra dentro de la lógica empresarial que los clubes más ricos no deseen arriesgarlo todo a una carta… pero también se incluye como razón no desvelada un miedo cerval a hacer el ridículo perdiendo ante un Segunda o Segunda B. Así pues, estos clubes que presumen de señeros atacaron con dureza el nuevo sistema hasta conseguir suprimirlo, en lugar de demostrar que sus carísimas plantillas realmente valen lo que cuestan y son capaces de ganar sin problemas a un modesto en campo contrario. El Dépor se negó a jugar en césped artificial, como si la calidad de sus jugadores se viera menoscabada por la ecotecnología. El Real Madrid utiliza a los reservas de los reservas en sus partidos de vuelta por el pánico a las lesiones en un campo—dicen—hostil. No se dan cuenta de que los jugadores de ese modesto son, en la mayoría de los casos, fans incondicionales de sus estrellas. Como el viejo chiste en el que los futbolistas de un club de tercera formaban la barrera de cara a la portería para no perderse el más que probable gol de Hugo Sánchez.

La final de este año es Sevilla-Getafe. No es una final en absoluto devaluada, ya que son los dos clubes que mejor y más bonito han jugado al fútbol en esta temporada, uno de ellos con aspiraciones, incluso, a ganar la Liga. Atrás quedaron el Madrid de los galácticos de todo a cien, el mejor Barça de la historia, un Deportivo en horas bajísimas, un Atlético de Madrid que—éste sí—sufre y vive la Copa siempre con la misma intensidad, un Valencia que se pierde en sus propios torbellinos internos y un Athletic de Bilbao que este año anda inmerso en no perder su condición de eterno Primera, entre otros. Muchos de ellos sí arriesgan su prestigio con voluntad e ilusión en la Copa; ganan o pierden pero así es el fútbol y así es este torneo. Otros, más ricos pero más timoratos, tratan de aferrarse a los despachos y a las triquiñuelas organizativas para no ser portada de tabloides tras la derrota ante un pequeño descarado. Lo gracioso del caso es que la mayoría, a partido único, se habrían ya clasificado. Querían el doble partido, pues ahí tienen su doble partido. Ninguno de ellos se llevará a la chica al final de la película.

Postparto: Otra perversa consecuencia de la estrepitosa derrota del Barça ayer es que el golazo de Messi a la ida, ése al que muchos comparan con el mítico de Maradona, ha quedado tan devaluado en sus efectos que, salvo milagro mediático, corre el peligro de quedarse en pura anécdota. Messi ni siquiera fue convocado a este partido en una sobradez impropia de Rikjaard. Tomás Guasch lo llamó ayer, irónicamente, el gol del honor. Me pregunto qué pensó el joven argentino cuando vio por televisión el desastre de anoche. Otra “víctima colateral” del despropósito que pasará factura en las cinco jornadas que restan. Mi pronóstico, mal que me pese, es que el Sevilla acabará ganando la Liga.

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