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Todología con bigote
Reseña Literaria: "El Desierto de los Tártaros"

“Il Deserto dei Tartari”
Autor: Dino Buzzati
Ed. Gadir

Estremecedora, agobiante, deprimente, oscura… impactante. Resulta difícil emplear calificativos alegres para esta novela, pero todos ellos quieren expresar varios de los sentimientos por los que he atravesado mientras la leía, algunos de los cuáles aún me estoy intentando sacudir de encima. “El Desierto de los Tártaros” es una maravillosa novela que, sin embargo, deja literalmente agotado a su lector.

Buzzati recorre en muy pocas páginas varias décadas de soledad, de rutina, de aburrimiento basado en ordenanzas y reglamentos dentro de una aséptica fortaleza militar en la que los días pasan despacio, pero los años lo hacen a toda velocidad. Apoyándose en el personaje de Giovanni Drogo, un joven teniente que llega a La Fortaleza, el lector es capaz de dibujarse una habitación de paredes grises y semidesnudas, unas ventanas que miran hacia ninguna parte, quizás hacia esas montañas o ese desierto por el que, de un momento a otro, esperan ver aparecer a un enemigo que dé sentido a sus monótonas y bien reguladas vidas. A pesar de que La Fortaleza se antoja al principio enorme y majestuosa, los muros se vuelven cada vez más opresivos, más asfixiantes, la soledad es patente en cada momento, aunque La Fortaleza sea un lugar muy poblado, y el ciclo de las estaciones se hace una rutina más conforme el calendario se agota y es sustituido por otro, y por otro, y por otro más, hasta que deja de importar cuántos han dejado caer sus hojas. Cualquier atisbo, cualquier indicio que albergue una mínima esperanza de lucha y gloria, es recibido, mimado y cuidadosamente preservado como al más ilustre de los visitantes.

Porque La Fortaleza es absorbente, por más que se odie. El propio Drogo la aborrece y al mismo tiempo no puede vivir sin ella, en ella y en su rutina amarra la seguridad de una vida, la suya, que descubre incierta fuera de esos muros, mientras los sueños se van difuminando entre las nieblas de la mañana para fundirse todos en uno sólo, el sueño del soldado, el sueño del subordinado que aspira siempre a mejorar, aunque esa aspiración no sea más que una excusa para mantenerse vivo y—no siempre—cuerdo.

“El Desierto de los Tártaros”, escrito en 1940, es un libro que recuerda a muchos libros, de unos precursor y en otros inspirado, en opinión de este lector. El personaje de Giovanni Drogo bebe, y mucho, de Harry Haller (“El Lobo Estepario”, de Hesse), pero me arriesgaría a decir que en su construcción de la soledad y del relativo concepto de la existencia se basa el monólogo mental del Signor Fusi en “Momo” de Michael Ende, mientras que el paso irresistible del tiempo parece milimétricamente gestionado por los hombres grises, por poner un par de ejemplos. Buzzati es capaz de contarte durante decenas de páginas que, efectivamente, nunca pasa nada. Además de eso, lo hace con una tristeza y una grisura infinitas, que envuelven el corazón del lector apretujándolo hasta la falta de aire. Es un libro que provoca malestar, espiritual e incluso físico, nada recomendable para tendencias depresivas. Y, a pesar de todo ello, es imposible de dejar. Incluso cuando por necesidad u obligación uno ha de interrumpir su lectura, no deja de preguntarse qué está pasando dentro de La Fortaleza, o si los tártaros habrán llegado ya. Quiere salir, quiere acabar cuanto antes, y sin embargo no puede resistirse al influjo de las montañas y los pedruscos. Porque Buzzati consigue que La Fortaleza traspase el papel y se extienda más allá de la portada y la contraportada. No es comedia, como parece al principio, no es tragedia, como parecería al final, y tampoco es drama, como parece que se va asentando durante su desarrollo, sin acabar de descubrirse del todo. El lector se ve reconfortado al cerrar sus páginas, aunque queda una desazón palpitante al plantearse, inevitablemente, si en algún momento de nuestras vidas nos debemos de enfrentar a nuestro propio desierto de los tártaros y buscamos una fortaleza en la que refugiarnos, sin importarnos lo gris o monótona que esta sea.

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