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Todología con bigote
Embusteros patológicos

Qué pena me da Carlos Herrera, de verdad. Yo admiraba a este comunicador que hace años sabía cómo llevar un programa de radio o de televisión con una naturalidad pasmosa, que en cada matinal radiofónico que dirigió llevó a la cadena correspondiente (la Cope primero, Canal Sur y Radio Nacional después) a cotas de audiencia que ni ellos mismos eran capaces de sospechar. Que hacía gala de una independencia de la que otros sólo ladraban-alardeaban, tanto es así que estuvo cuestionado por los mandamases peperos y por diarios como ABC, que llegaron a pedir su cese como conductor del “Buenos Días” de RNE por ser demasiado crítico con el gobierno de entonces.

Luego sufrió dos intentos de atentado con carta bomba. Al final de aquel mismo año (2002, si no recuerdo mal) se tomó un período sabático en los Estados Unidos, para reflexionar y para estudiar ofertas. Siempre que se fue de un medio a otro fue exclusivamente por el dinero; la cantidad que le ofrecían, cada vez más espectacular que la anterior, le dejaba listo para la mudanza. Nada que objetar a esto.

Hace pocos años regresó a la radio y lo hizo en el matinal de Onda Cero. Ya no era el mismo, volvió con la fe del converso: más directo, más intolerante, más irónico rayando en el sarcasmo; haciendo uso de sus grandes habilidades comunicativas para sentar cátedra en cualquier tema, supiera o no de él, llevó el personalismo a su programa a niveles insospechados. Incluso su ideología política, declaradamente de izquierdas (y si no me creen, sería cuestión de buscar en los archivos de Canal Sur su último programa de entrevistas allí) dio un brusco giro a posiciones más conservadoras hasta escorarse definitivamente a la derecha. Sin alcanzar el radicalismo impostado de “Frederico”, sí que ha copiado muchos de sus defectos aderezándolos con su voz y rostro amables, siempre efectivos. Ahora da sus homilías matutinas (a las 8, como un reloj) acudiendo a la falacia como principal ingrediente, especiándolas con una risa sardónica propia de quien se cree en posesión de la verdad, repitiendo y machacando los lugares comunes y las consignas de sus nuevos becerros de oro y polarizando de tal modo las tertulias y las entrevistas (en las cuáles asume un protagonismo muy por encima del supuesto papel de moderador) que si hay suerte y te encuentras a alguien de la cuerda contraria en ellas, andará más despistado que una cabra en un garaje.

A pesar de eso, yo le seguía escuchando, pues el programa tenía secciones interesantes, los informativos intercalados a las horas en punto eran eso, muy informativos y me gustaba la crónica deportiva de Naranjo. Y me gustaba escuchar los debates, a menudo contrarios a lo que pienso, porque me parecía un buen ejercicio para contrastar opiniones y reformular las mías con más datos. Eso fue durante los primeros meses de 2006. Hasta…

Hasta que le oí mentir.

No recuerdo exactamente qué mentira fue, aunque sí que estaba relacionada con algún asunto judicial, probablemente relativo a ETA. Fue hace meses, fue tan descarado, tan falaz, tan carente de vergüenza, tantas veces repitió esa mentira para reforzarla, que me puse a gritarle a la radio como un descosido en mitad de la M-30. Sencillamente, me negaba a creerlo, pero tuve que caerme de la higuera de una vez por todas. Carlos Herrera había pasado de ser un comunicador con opiniones diferentes a las mías a ser un embustero a sabiendas. Y además sin rubor ninguno (el rubor se nota hasta en la radio, se lo puedo jurar). Fui dejando poco a poco de escuchar Onda Cero de camino al trabajo, aunque de vez en cuando volvía a poner esa emisora “por intentarlo de nuevo”. Y me di cuenta de que lo que al principio podría haber pasado por anécdota, y eso siendo generosos, se estaba convirtiendo en patología. Llevaba las mentiras, cada vez más frecuentes, de la homilía de las ocho a las entrevistas-lametón a políticos del PP (en las que suele incluir las respuestas dentro de las preguntas, para que el entrevistado no tenga que pensárselo mucho a la hora de decir que sí con la cabecita) y de ahí a las tertulias, donde ya se ocupa de encarrilar los temas por donde le interesa, dando pie a que los contertulios más radicales se hagan fuertes tras el micro.

Carlos Herrera escribe también, aunque esto se le da bastante peor y se nota que es necesario algo más para ser periodista, que no es lo mismo que comunicador. Que yo sepa, ha estado mucho tiempo con una columna en la revista “Diez Minutos” y no sé cuánto tiempo hace que escribe otra en el diario “ABC”. Leo bastante más la primera que el segundo, aunque su columna es igual de aburrida en ambos casos. Y vuelvo ahora a encontrarme con que su afición a los embustes se ha convertido en algo patológico, que definitivamente el chico del bigote ha descubierto que mentir sale rentable, si el sitio donde mientes te ofrece una buena paga por hacerlo. Y de nuevo, la mentira tiene como protagonistas a ETA, al PSOE, a Batasuna, a Navarra y a la maltratadísima Constitución Española.

La ignominia y el descaro vienen en esta columna de “labesé”, intitulada ¿Quién está dispuesto a ser el Pétain de Navarra?. Insisto, nada que objetar a las opiniones, habrá quien piense que Navarra es y debe ser parte de Euskadi, yo desde luego no, la mayoría de los navarros creo que tampoco. La propuesta que un desesperado Otegi lanzaba hace días falla en que sigue sin condenar los atentados de ETA y que mientras ETA no desaparezca sus palabras no tienen validez alguna, pero no por ello el contenido de dicha proposición deja de ser democrático, podría perfectamente defenderlo Aralar o el propio PNV. Y se puede estar en contra de ella y discutirla, eso es lo bueno de vivir en democracia. Pero mentir no vale, Herrera, mentir invalida cualquier opinión que tengas, y esto, precisamente esto, es una mentira tan grande como la catedral de Colonia:

Sin embargo, algunos descreídos aseguran que un pacto entre los socialistas y Nafarroa Bai sería un escenario perfecto para desarrollar las disposiciones adicionales necesarias para crear un órgano común, no una Comunidad única, cosa prohibida específicamente por la Constitución, que allanara los tortuosos caminos conducentes a la absorción absoluta; ese órgano común sería un comienzo, y, desde ahí, en un escenario de “paz técnica” se podría llegar más lejos.

No, Herrera, no. Usa internet, hombre, o si no sabes pídele a alguien que te lo busque, es fácil (no a Carmen Martínez de Castro, que ya creó un nuevo arte en tu programa consiguiendo que un resumen de prensa se pudiera hacer de forma repugnantemente sectaria y ahora tiene como recompensa la jefatura de comunicación del PP). Y si no, te lo busco yo en la misma web de la Constitución, disposición transitoria cuarta:

1. En el caso de Navarra, y a efectos de su incorporación al Consejo General Vasco o al régimen autonómico vasco que le sustituya, en lugar de lo que establece el artículo 143 de la Constitución, la iniciativa corresponde al Órgano Foral competente, el cual adoptará su decisión por mayoría de los miembros que lo componen. Para la validez de dicha iniciativa será preciso, además, que la decisión del Órgano Foral competente sea ratificada en referéndum expresamente convocado al efecto*, y aprobado por mayoría de los votos validos emitidos.

Herrera tiene éxito porque en este país, por desgracia, la verdad sólo interesa si coincide con la que ya tenemos en la cabeza. La demagogia elevada a la categoría de origami de la opinión. Un cisne hecho con papel no deja de ser un papel doblado, un embustero, por muy buen comunicador que sea y por mucha gente a la que llegue, no deja de ser un embustero. En el caso de Carlos Herrera, será por los atentados, será por la pasta, será porque le convenga, o quizá por ninguna de las anteriores, el embustero se convierte en patológico. De verdad que da mucha pena.

Referencias:

Periodismo Incendiario – Dos periodistas ignorantes

Constitución Española

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