Me odiaría cada mañana (I’d hate myself in the morning)
Autor: Ring Lardner, Jr.
Ediciones Barataria
Podría contestar a esa pregunta, pero si lo hiciera, me odiaría cada mañana. Esta frase se la soltó el guionista Ring Lardner Jr. (1915-2000) al congresista J. Parnell Thomas en su comparecencia ante el Comité de Actividades Antiamericanas en 1947, en plena paranoia anticomunista. Lardner fue incluido en las llamadas listas negras y formó parte del grupo conocido como Los Diez de Hollywood.
Si bien este hecho representa el punto central del libro, en modo alguno es el único que abarca. Muy al contrario, Lardner nos dejó una hermosa y breve autobiografía en la que describe a golpe de anécdota varias décadas de la vida en la Meca del cine. Pero también nos habla de su familia, siempre presente, y de la gran admiración que siente por su padre, un genio del periodismo según nos da a entender. También recorre con cierta nostalgia sus accidentados comienzos en el cine y sus relaciones no siempre cordiales con otros guionistas, directores y sobre todo productores, haciendo hincapié en lo difícil que es conseguir un buen final para un guión y cómo existe siempre la probabilidad de que te lo tumben en cualquier momento y jamás llegue a reflejarse en una película.
Al contrario que la mayoría de autobiografías escritas por gente del mundo del espectáculo, Ring Lardner Jr. no adopta el clásico papel de narrador-personaje ya de vuelta de todo y que aprovecha para lanzar vitriolo en todas direcciones. Más bien actúa como testigo de hechos y personas y de cómo estos influyeron de un modo u otro tanto en su carrera como en su vida personal. Indudablemente resulta decisiva su inclusión en la lista negra y el tener que estar durante dos décadas sin poder firmar guiones con su propio nombre y cobrando sueldos de miseria. Sin embargo, hasta de tan ominosos sucesos es capaz de extraer elementos positivos, siquiera como aprendizaje vital. Eso sí, haciendo de la libertad de expresión y de ideas una bandera irrenunciable, como deja bien claro a lo largo de todo el libro.
Los tres últimos capítulos comprenden divertidas y tiernas reflexiones sobre su carrera, su vida y el que ya adivinaba final de su historia. En el primero nos cuenta cuáles son sus “películas frustradas”, aquellas para las que siempre tuvo una historia que le hubiese gustado filmar, pero que nunca llegó a materializarse. En el segundo se rebela contra el hecho de envejecer, la fe, la religión y el futuro. Y en el último, titulado precisamente “El último superviviente”, se toma en pocas páginas un pequeño pero necesario ajuste de cuentas contra quienes le hicieron la vida casi imposible durante años y, a continuación, homenajea de manera discreta pero sentida a aquellos amigos (Dalton Trumbo, Sol Kaplan, Michael Wilson…) a quienes la paranoia de unos pocos unió en la desgracia.
Para Lardner su rehabilitación personal y profesional ante el mundo se produjo cuando recibió su segundo Oscar en 1971 por el genial alegato antibelicista de M*A*S*H. Irónicamente, sería su penúltimo trabajo antes de dejar el cine. Pero el legado de Lardner, el último de los Diez de Hollywood, es mucho mayor que eso, es el de una persona comprometida y consecuente con sus ideales, que nunca temió defenderlos aun a riesgo de perder su modo de vida y que supo sobrevivir a pesar de palos y piedras en el camino. Una persona que no quiso tener que odiarse cada mañana por haber salvado su culo a costa del de sus colegas. Algo que hoy día parece cotizarse bastante a la baja.
Olvidado por Otis B. Driftwood a las 23:00 horas del 24 de enero de 2007 en Juntaletras Estupendos.



