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Todología con bigote
Lisboa en Primavera

Cruzas el puente y todo cambia: apenas unas filas de edificios que te recuerdan que estás en la moderna capital de un estado moderno y, detrás del hormigón y el acero que envuelve los cristales de los hombres de negocios, un temblor de tiempo se produce. Zona de Actividad (portuaria, claro) De repente, el sordo murmullo de las calles de la vieja Lisboa invade los oídos como si hubieras penetrado en una ciudad incrustada entre los balanceos de ese Atlántico esquivo que intenta evitar a la gran nariz de tierra que expulsa el Tajo – Tejo a chorros intermitentes.

Es la misma Lisboa que conociste hace quince años, cuyo ritmo parece detenerse cuando la abandonas, para encontrártela mucho después casi exactamente igual a como la dejaste y, sin embargo, ir evolucionando a vertiginosa velocidad en los pocos días en los que puedes disfrutar de su presencia. Pratas e Joias, Joias e PratasMúltiples líneas de metro donde sólo había una circular; calles repletas de establecimientos franquiciados que, sin embargo, no han sido tan fuertes como para reventar aquellos añejos comercios que nunca fuiste capaz de recordar y, no obstante, sabes que allí siguen desde entonces; matrículas blancas sustituyendo a las negras de siempre, esta vez adheridas a potentes vehículos a los que no se permite la entrada más allá de los Restauradores.

Pero Lisboa es una enseña que está por encima de todos esos A Bicacambios. Lisboa, la Lisboa que permanece en tu mente, esa no cambia. Sigue habiendo adoquines en los que perder el tacón de tu bota y que sirven para recordarte que aquí las prisas no valen. Sigue existiendo el chirrido de los viejos tranvías, ya más orientados a turistas pero que siguen siendo objeto de deseo de oriundos recalcitrantes, a pesar de que el trayecto es incómodo por las apreturas. Curiosamente, es mucho más hermoso verlos circular desde la acera que viajando en ellos, pero hay sabores que son irreemplazables.Cervejas na Calçada do Duque

Y, quizás por eso, vas siempre a los mismos sitios, para comprobar que todo sigue allí y, al mismo tiempo, que algo nuevo siempre está oculto esperando a que lo descubras. Por eso te quedas fascinado cada vez que la sombra de la Torre de Belém te abraza. Por eso cuidas con mimo el “tap,tap,tap” de tus zapatos al recorrer los inmensos, amplísimos pasillos de Los Jerónimos. Por eso la Alfama, el Bairro Alto y el Chiado te siguen pareciendo intrincadas medinas en las que una librería de anticuario haciendo esquina es un punto de referencia imprescindible y una pequeña taberna en la que ofrecen bacalao se te antoja el culmen de una larga búsqueda sin objetivos. IncrustadosPor eso atraviesas mil y una veces la Rúa da Vitória y se te escapa la risa en la enésima como si fuera tu punto de inflexión ineludible en el camino entre dos grandes explanadas. Por eso comprendes que hay dos Rossios: el que se desgasta con los pasos de miles de personas, incluyéndote a ti mientras buscas sitio en una mesa de la Cafeteria Suiça, y el que puedes abarcar con el pulgar desde el elevador de Santa Justa, el lugar perfecto para creerte dueño y señor de una ciudad sin dueños ni señores.

Habla portugués; mejor dicho, no lo hables, pero intenta hablarlo. El portugués (persona) es paciente, puede que no demasiado abierto, pero paciente, y comprenderá que haces un esfuerzo para que él te entienda. No le ofendas hablándole directamente en español: no es su idioma, y sabe que sabes que no lo es…Calor y colores Defínete como visitante antes que como turista y, cuando subas al Castelo de São Jorge, orgulloso vigilante y vigilado, mira hacia sus almenas y busca en ellas las rendijas por las que entran en Lisboa las luces del mismo sol que te alumbra en tu casa. Cuando caiga la noche, recógete pronto, pues Lisboa se encierra en su propia intimidad, como un troquel que se pliega para dormitar en un cajón, y el silencio de las puertas cerradas se apodera de las calles antes de que te des cuenta.

Senhor FernandoPessoa es tu guía espiritual durante gran parte del trayecto. Su presencia y su modo de ver Lisboa se hace sentir en cada acera, en cada adoquín, en cada rampa que sube a la Alfama. Sentado permanentemente en su mesa reservada junto “A Brasileira”, te acompaña con su silencio lector, ajeno al trasiego de personas que rodea su pequeña burbuja. Es una pena que sus ineludibles obligaciones le impidan recibirte en su propia casa, cerrada aquel lunes a cal y canto. Mas grabado en el marco de la puerta, siguiendo los nudos de la madera descolorida, un mensaje en clave te está destinado: “vuelve pronto, deseo verte”.

Dominando el mundo

Y, mientras se siga parando el tiempo en Lisboa, querrás volver.

Más (muchas más) fotos de Lisboa, aquí

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