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Todología con bigote
La épica y el factor ibérico

Mi ex-compañero de piso definió a la perfección el mal eterno que aqueja al deporte español (a veces, por extensión del concepto, al portugués): el factor ibérico.

El factor ibérico consiste en algo que conocemos todos los españolitos, asimilados incluidos: tenemos un equipo deportivo o un jugador individual que despuntan sin discusión como los cracks del año. Realizan una temporada magnífica, baten a sus rivales sin dificultad alguna, a veces de manera insultante, ascienden rápidamente al olimpo de los dioses patrios y son vendidos por la prensa como las grandes “esperanzas blancas” (ein?) de nuestro deporte.

Y cuando llega el momento decisivo, léase una final, la cagan.

A veces la cagan antes; podríamos hacer casi una tesis doctoral sobre lo que significa perder en cuartos de final, en el último minuto, fallando el tiro definitivo o contemplando como un árbitro—o varios—empieza a decantarse por el “otro” equipo (siempre es el “otro”, ¿se dan cuenta?). A la prensa le viene bien: adalides como son del auténtico deporte nacional, que no es el fútbol sino la envidia, tienen ya un carpetón con titulares fácilmente intercambiables para conseguir la portada de ese ejemplar dedicado al fracaso que, probablemente, venderá muchos más ejemplares que el de un hipotético éxito para el cual nunca están suficientemente preparados. Si ganan, “ganamos. Si pierden, “perdieron”, como genialmente refleja Forges en una antológica viñeta en El País.

El factor ibérico siempre ha pesado como una losa sobre los profesionales deportivos españoles. De manera totalmente injusta, debo añadir, ya que viene sobre todo fundamentado por las “hazañas” de nuestra carísima selección de fútbol y, en menor medida, de las de baloncesto y atletismo. Si revisamos la historia deportiva de España desde 1992, nos daremos cuenta de que nuestro país aparece con no pocos éxitos en balonmano, water-polo, tenis, ciclismo, motociclismo, hockey e incluso en artes marciales, muy por encima de sus creadores orientales. Nada de eso sirve, porque a la postre los que dominan, a pesar de los fracasos, son siempre los tres deportes mayoritarios. Mayoritatios según la televisión, claro: los sucesivos JJOO demuestran que cualquier deporte atrae masas si se pone en horario adecuado y con comentaristas que sepan de lo que hablan, pero eso es otra historia.

Lo cierto es que parece que sí existe. El factor ibérico, digo. A veces da la sensación de que son los propios deportistas quienes se ven influidos por esa “maldición” aparente que persigue a las camisetas rojas y que acaba provocando desconfianza tanto en los profesionales como en los seguidores. Me atrevería a asegurar que más de la mitad de los espectadores que verán la final de baloncesto que comienza en apenas una hora no dan un duro por la victoria española. Aunque la mayoría de ellos se lo callen para no mostrar públicamente su firme creencia en el dichoso factor, y lo saquen a grito pelado, en cambio, si el desastre se consuma.

Pero algo bueno tiene el factor ibérico, sí señor. Permite una magnificación de la épica. Y la épica, señores, es lo que hace al deporte de élite lo que es hoy día, mucho más allá de un grupo de tipos en calzoncillos tirándose una pelota. La épica es la que te permite emocionarte y sentir el corazón encogido cuando el equipo rival tiene la pelota a dieciocho segundos para el final y con sólo un punto de ventaja. Es la que te hace estar mirando el reloj cuando tu ciclista ha cruzado la meta y desear que los segundos pasen más despacio para que el otro no le recorte la ventaja que le otorgaría el liderato. Es, también, la que te hace dar un volantazo sobre el sofá para evitar que “Schumi” te cierre el paso en la curva más peligrosa del circuito. Y, como al final la vida imita al arte, épica es lo que provoca que el mejor jugador de la selección española caiga lesionado en el último segundo del partido de semifinales y no pueda jugar el gran evento de su vida, la final de un mundial de basket.

Y si no me creen o no están de acuerdo en esta última afirmación, fíjense lo que les estoy diciendo: la selección española de baloncesto ha alcanzado la final de un mundial. Algo que, confesémoslo, casi ninguno de nosotros siquiera soñó con ver mientras viviera. Y lo ha hecho con autoridad, demostrando en cada encuentro que es la mejor y por qué, enseñando al resto del mundo cómo se juega al baloncesto de equipo. Y mostrando, desde luego, que son capaces de forjar un bloque compacto, unido, coordinado y efectivo, en el que la falta de un jugador es capaz de suplirse sin apenas trastorno por otro con características igual de buenas.

Por eso dentro de una hora se va a dar paso a la auténtica épica, esto es, aquella que hace que la selección pueda ganar este mundial a pesar de la lesión de Pau Gasol, demostrando que este equipo es justamente eso, un equipo que ha llegado hasta el punto justo en el que cualquiera de sus jugadores es capaz de marcar la diferencia. Y, sobre todo, la épica va a ser la única que pueda contrarrestar el efecto del “factor ibérico”, aunque solo sea un espejismo efímero que nosotros, como buenos españoles, ya nos encargaremos de resucitar cuando suceda un nuevo desastre.

Así que dentro de un rato no habrá paños calientes. Cualquier otro resultado, aun la derrota por la mínima, será considerado fracaso. Esta selección tiene potencial para ser campeona del mundo y saben que pueden serlo, con o sin Gasol. A esta selección sólo le vale ganar.

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