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Todología con bigote
2002

Uno no puede evitar el preguntarse si realmente ha vivido tanto como para que merezca la pena elegir un año de su vida por encima de los demás, en el que sucediera algo que verdaderamente pueda considerarse como punto de inflexión a partir del cuál nada vuelve a ser lo mismo. Estando ya más cerca de los 33 que de los 32 años, miro hacia atrás y me doy cuenta de que no sólo hay uno, sino muchos momentos de esos. Son puntos donde el crecimiento personal se acentúa, se solidifica, suponen un salto cualitativo en eso que los cursis llaman “la línea de la vida”, pero de los que quizá no somos conscientes hasta que hay algo que nos hace volver la cabeza y fijarnos bien.

Y yo me fijé bien, pero que muy bien, en el año 2002. La superstición popular afirma que los años capicúas traen mala suerte. Como da la casualidad de que ya no habrá otro hasta dentro de ciento seis años, igual fue por eso que el mal fario no se cumplió en mi caso, sino todo lo contrario. Eso sí, para que ello sucediera tuve que tomar la que hasta ahora ha sido la decisión más importante a la que me he enfrentado: abandonar, en cierto modo, la vida que conocía en Sevilla y lanzarme a descubrir la independencia en un país extranjero. En efecto, el siete de julio de ese año tomaba un avión rumbo a Alemania, sin saber a lo que iba, sin pretensiones ni proyectos, ni siquiera un objetivo medido. Iba, sencillamente, “a ver qué pasaba”. Solamente me había fijado dos puntos: quería permanecer allí un mínimo de un año, pasara lo que pasara (pues estimaba que ese era el tiempo mínimo que iba a necesitar para saber de verdad si quería estar allí) y quería vivir en Colonia. ¿Por qué Alemania, por qué Colonia?, me preguntaban constantemente. ¿Por qué no? me contestaba a mí mismo. Tuve suerte: pude quedarme en casa de una amiga en Düsseldorf las dos primeras semanas de mi estancia, y Düsseldorf estaba a sólo media hora en tren, de modo que esa fue mi primera piedra de toque, el primer “jito”.

En Colonia me dediqué a buscar trabajo, de lo que fuera. En realidad no cuento ninguna historia extraordinaria: me limité a hacer lo que han hecho miles de jovenzuelos españoles (y de otros sitios) desde que andamos pululando por la Unión Europea, esto es, buscarnos las habichuelas. Indudablemente, venir con el alemán aprendido de antemano allanaba mucho terreno, aunque no era más que una baldosa amarilla en todo el camino. Había que aprender mucho más: fabricarse un currículum, saber venderse, negociar con quien te habla, tener los arrestos suficientes para decir que no te hablen en inglés sino en alemán… y a partir de ahí entender y que te entendieran. Y todo ello sumado al rutinario día a día de vivir, ir de compras, apurar el dinero hasta el céntimo… todo, todito, inmerso en un idioma que no es el tuyo, compartiendo piso (yo era la primera vez que lo hacía, ya con veintiocho años) con gente a la que no conoces de nada y a quienes no vas a ver mucho porque ellos, también estudiantes, se van de vacaciones. Echar varias horas en una sala de ordenadores enviando currículos y recibiendo negativas, recorrer y aprenderte las calles de una ciudad extraña en muchos aspectos, dejando tu “carta de presentación” donde buenamente te la aceptaban… No les voy a mentir, hubo muchos sinsabores de por medio y al principio más “bajos” que “altis”, pero como servidor es cabezón diplomado, era bien consciente de que todo formaba parte de un proceso de aprendizaje del que iba a sacar mucho más de lo que podía esperar a priori. De modo que me dejé guiar, en buena medida, por el instinto.

Y fue justamente el instinto lo que me sacó de Colonia, paradójicamente. En una de esas me encuentro, el mismo día, con una oferta de “Diplomarbeit” (el Proyecto Fin de Carrera) en la Universidad Técnica más prestigiosa de Alemania, en Aquisgrán, y por otra parte con una oferta de Mango (sí, la tienda), para trabajar doblando y colgando ropa en el almacén, cobrando bien por trabajar poco. Hay que tener en cuenta que por el Diplomarbeit no me iban a pagar. No se crean, que tardé una mañana entera en pensármelo… y, como es evidente para quien sigue estas notas desde su comienzo, me decidí por Aquisgrán. Así pues, apenas tres meses después de mi llegada a Colonia, destino escogido casi al azar, pero fijo en mi mente, y cuando ya estaba forjando amistades allí y empezando a hilvanar una estancia más larga, decidí hacer de nuevo las maletas y tirarme por el barranco, otra vez “a ver qué pasaba”. Y lo que pasó es que me quedé allí más de tres años, hasta que volví a España… pero eso es otra historia, y quién sabe si habrá otra ocasión para contarla :-)

Antes de la mudanza regresé por unos días a España, para examinarme de mi última asignatura (aunque el aprobado se tuvo que retrasar, por desgracia, otros cuatro meses) y recoger todas las cosas que pudiera, ya que ahora volvería al país de las nubes en coche. El veredicto fue unánime: todos me encontraban radicalmente cambiado, como si el viaje me hubiera transformado por dentro. Son cambios, como digo más arriba, de los que uno no se da cuenta mientras los gesta, pero que al repasar el camino se da cuenta de que sí, de que se han producido y que, por fortuna, han sido todos para bien. Y la gran noticia es que lo mejor estaba todavía por llegar, ya que mi periplo en Alemania no había hecho más que empezar.

Lo cierto es que todos los años celebré, de forma privada, ese siete de julio, aniversario de mi llegada a la tierra de las nubes. Pero no celebraba tanto la llegada como algo más importante: el momento en que, de verdad, creo que comenzó mi vida de adulto. Y ojalá que los años que vienen, ahora en Madrid, mañana quién sabe dónde, vengan tan cargados de “buona fortuna” como los casi tres y medio que pasé en Alemania. Mi punto de referencia será, puede que para siempre, el año 2002.

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