Los marineros comenzaron a desatar los barriles de residuos. Uno tras otro, caían sobre el mar, golpeando sordamente las aguas.
Súbitamente, el balanceo del barco se tornó en fuertes convulsiones a derecha e izquierda. Las hasta entonces tranquilas olas crecieron y se multiplicaron en número y fiereza. Como una labor de fuegos artificiales, aquellos hombres salieron despedidos en los dieciséis puntos de la rosa de los vientos, mientras las planchas de metal de la gris nave se arrugaban como los folios de un mal poeta.
Los pocos marineros que lograron asirse a algo contemplaron, presos del terror, cómo de un remolino que giraba en sentido contrario al habitual, esto es, de dentro hacia afuera, surgía una majestuosa figura con corona, tridente y ceño.
Sacudiéndose las estrellas de mar de su pelo, Poseidón miró fijamente lo que quedaba pataleando frente a él y, dirigiéndose a la anémona que sobre su hombro se posaba, le espetó:
—Ves, Rufino, esto es lo que pasa cuando dejas la puerta abierta, que se te cuelan los bichos.
Olvidado por Otis B. Driftwood a las 13:00 horas del 1 de agosto de 2006 en Relatos.



