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Todología con bigote
Me pasó una cosa curiosa de camino al Oktoberfest...

… que no tiene nada que ver ni con el Oktoberfest, ni con la cerveza, ni con mujeres en dirndl, ni con Lederhosen, ni siquiera con canciones populares o brindis. Lamento la decepción, pero en realidad el destino era lo de menos.

Recién había salido de casa y me encaminaba a la fiesta cuando, apenas con dos manzanas recorridas, vi que un portal se abría y una señora aferrada a dos muletas y con evidentes dificultades para caminar trataba de salir a la calle. Raudo me fui a sostenerle la puerta para que pudiera hacerlo sin esfuerzo, cosa que me agradeció vivamente (“Sie sind ein Kavalier”). Lo que podría haber quedado ahí, en un simple “gracias” con cada uno continuando su camino, se extendió unos quince minutos durante los cuales, en forma comprimida pero sin pausa —y ya sin prisa, a estas alturas— me contó la fascinante, fantástica, quizá fantasiosa, historia de su vida.

La mujer tenía ya noventa y cuatro años, que no dudaba en mostrar con orgullo, hablaba con pasmosa claridad y las muletas le servían desde hacía años para soportar los efectos de unas piernas que, me contó, se le habían roto tiempo atrás y nunca se recuperaron del todo. Había nacido en la Bohemia y la invasión nazi primero y la guerra después la llevaron por toda Europa, mayormente a su pesar. Durante la guerra los soldados checos la registraron en busca de documentación para confiscar, pero no se la encontraron por llevarla oculta bajo el forro de sus ropas. “Las mujeres embarazadas no tenían tanta suerte como yo”, me dijo, “a ellas las registraban hasta adentro”. Escapó por Austria hasta Suiza y de allí mudó a Francia, luego Inglaterra, después Bélgica… muchos años pasaron hasta que se pudo establecer definitivamente en Baviera. “Llegué a tener treinta y ocho direcciones distintas antes de donde vivo ahora”. Saber hablar checo le sirvió después de la guerra para colocarse como intérprete, primero, y como periodista después, aunque saltando de trabajo en trabajo pasó por todas las fases, incluyendo cuidar niños para una familia rica en Inglaterra o trabajar de secretaria en diversas oficinas. Y muchas cosas más, retales que bordaban la colcha de una larguísima vida.

Pero ella, me decía, no olvidaba nunca de dónde venía, y su filosofía de la vida se basaba en gran medida en todo lo que había vivido y sufrido. Por eso tenía clarísimo que el mundo necesita de más y más solidaridad, de lo importante que es que la gente pueda ayudarse. Hablaba con cariño de la diversidad de procedencias entre los vecinos de su edificio y, de repente, cambiaba del gesto risueño al sombrío para decir que cómo es posible que países tan ricos como los europeos no quisieran acoger más que a unos pocos refugiados. De un tono o de otro daba gusto oírla hablar, porque pasaba del relato nostálgico y, sin embargo, alegre, a la voz directa, profunda y sentenciosa de quien es consciente de lo que es y de lo que ha sido. Yo escuchaba, ¿qué otra cosa podía hacer? y en ese cuarto de hora que se me pasó en seguida, pensé que a toda esa historia, cierta del todo o adornada con las sedas de los grandes recuerdos, no le sobraba ni una sola coma.

Nos despedimos al final y nos separamos en direcciones opuestas. Yo no dejaba de pensar en las historias y en cómo la vida de una persona, ya al encaminarse hacia su final, puede convertirse en un torrente de sensaciones dispuestas a salir en tromba para quien las quiera recoger. Y entonces caí en que no le había preguntado su nombre, ni ella me había preguntado el mío. Y no sé si alguna vez volveremos a coincidir, aun viviendo en calles tan próximas.

Pero ¿saben qué? Ella me regaló su historia, y fue un gran regalo. Y por eso se lo quería contar ahora, porque en algún sitio quería dejarla visible, para que esta vida ajena no se perdiera entre los surcos de los recuerdos de la propia.

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