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Todología con bigote
Reseña: "Toda la verdad sobre las mentiras", de Chiqui Palomares

Toda la verdad sobre las mentiras
José Antonio Palomares
Plaza & Janés

En el principio fueron los ochenta y un televisor Philips K-12 que entró por sorpresa en la casa…
Chiqui Palomares tiene mi edad, lo que significa que su infancia fue más o menos mi infancia y sus diez años (u once, o doce) se parecieron mucho a los míos. Hace algunos meses nos enseñaba cómo hacer una pastilla de jabón, y ahora presenta esta novela, a la que podría llamar costumbrista pero que en realidad es de aventuras, en la que nos enseña otras muchas cosas útiles, tiernas y ciertamente nostálgicas.

Porque los diez (o los once, o los doce) años son como una montaña rusa muy grande en la que los niños descubrimos que no siempre es todo como nuestros padres nos lo cuentan. Y no porque nadie nos lo diga, sino porque a los ojos y los oídos se empieza a sumar el uso de la razón, y los hechos, hazañas y proezas dentro y fuera del colegio se van poniendo en contexto y relativizando con lo que de verdad nos rodea. Es la edad en la que conocemos de verdad quiénes serán los buenos amigos y con quiénes hay que ponerse en guardia. Es una época de la vida en la que el cuerpo y la mente comienzan a responder de formas desconocidas e incontrolables al principio. Es, también, un período en el que comenzamos a distinguir las líneas que separan el bien del mal y a tomar conciencia de cuando las cruzamos, consciente o inconscientemente.

Todo eso está en el libro de Palomares, pero no tan serio como este lector lo describe. Para explicar toda la verdad sobre las mentiras, el autor divide su novela en veintiocho fáciles lecciones que van desde enseñarnos cómo lograr los mejores globos de chicle hasta cómo escribir una carta de amor, pero también cómo mejorar nuestro kung-fu, cómo vivir en un pueblo o cómo partir debidamente una cara. No es un libro de recuerdos, tampoco un diario, mucho menos una colección de fotos hechas con una Kodak Pocket. Es simplemente un relato, o un constructo —quería decir constructo en alguna parte— de relatos que se montan y se desmontan como una caja de Tente hasta componer, siempre desde los ojos de aquel niño de once (o de doce, o de diez) años al que de repente dejaban de cuadrarle cosas y comenzó a averiguar dónde encajaban las piezas.

Y todo ello espolvoreado con la multitud de detalles que hicieron de nuestra infancia ochentera la más mejor del mundo, la más recordable y, sin duda, la más interesante de la Historia de las infancias. La suya. O la mía.

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