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Todología con bigote
Las diez de los Goya

1. La llegada: Más dinámico e interesante el photocall en la alfombra roja (rosa, que el patrocinio manda, aunque ya conocen mi opinión) que otros años. Esto se ha notado especialmente al seguir la retransmisión por la web de RTVE, donde se podía ver sin la espantosa locución de La Primera. Cada vez queda más claro que el ERE del Ente sirvió hace años para quitarse de encima a los mejores profesionales; el resultado lo sufrimos, sobre todo, en las retransmisiones en directo. En cualquier caso, esta previa a la ceremonia se me hizo corta y amena. Nada que ver con lo que estaba por venir.

2. El escenario: Parece que la Academia ha encontrado el lugar perfecto para su entrega de premios en el Palacio de Congresos. Un espacio amplio, que queda bien en televisión y que este año, sorprendentemente, estaba muy bien iluminado. En la parte negativa, unos escalones al fondo del escenario, justo por donde tenían que entrar los presentadores, y cuya única finalidad parecía ser la de originar espectaculares tropezones que, por suerte, no llegaron a producirse. Un dolor ver a Asunción Balaguer intentando bajarlos.

3. El maestro de ceremonias: Les juro que me daba repelús la perspectiva de ver a Dani Rovira oficiando la gala. Pero ya ven, acabó siendo el único capaz de llevarla adelante durante las cuatro eternas horas que duró el sarao. Pongámoslo en perspectiva: un monólogo inicial más bien largo y otros tres o cuatro más cortitos, repartidos en las pausas entre las entregas de premios, que seguramente no alcanzarán ninguna antología del humor sutil pero que animaron indudablemente al público, lo hicieron reír, a veces a carcajadas, y me atrevería a jurar que ese mismo efecto se produjo en la mayoría de espectadores que siguieron la ceremonia por televisión. Por si fuera poco, se presentó en calzoncillos ante el presidente de la Academia, González-Macho, consiguiendo incluso que hiciera —expulsara, más bien— un chiste. Y además él mismo se llevó un Goya a casa. ¿Qué más podría pedir? A mí me cayó hasta bien, que jamás lo habría pensado.

4. La política: sea porque estemos en período electoral, sea porque “pa lo que le quea en el convento”, sea por provocar, lo cierto es que el ministro Wert esta vez sí que acudió a la gala. Visto el desarrollo, sospecho que venía con la seria promesa de la Academia de que los presentadores iban a portarse bien. Y, más o menos, se cumplió: la ceremonia fue completamente descafeinada en lo político, las mayores críticas iban a la subida del IVA cultural (¿hola? Ministro equivocado) y solamente Pedro Almodóvar tuvo arrestos para soltarle una puñalada verbal tan breve como afilada. Me arguyeron ayer que no era el sitio para esas cosas, pero yo discrepo: el ministro tiene veinte púlpitos diarios para insultar alegremente y con amplia difusión al sector del que se ocupa su negociado. Que los miembros de ese sector le devuelvan la pelota en su acto con mayor proyección mediática es lo menos que se debería esperar. Aun así, ya digo: flojitos y aborregaos.

5. El fiasco: Las actuaciones musicales, para variar. La que abría la gala, un popurrí de éxitos copleros relacionados con el cine, culminado con el “Resistiré” del Dúo Dinámico “cantado” en glorioso playback por los actores presentes en la sala (again, ¿qué hacía allí Asunción Balaguer, señora Academia?), daba bastante vergüenza ajena. Las demás, fuera de lugar (especialmente la de Miguel Poveda, que salió a cantar a falta de cuatro premios y cuando llevábamos ya tres horas y cuarto de suplicio) y mostrando una vez más que en la tele nacional falta gente que sepa algo de medir los tiempos. Se salvó el numerito de claqué de mediados de gala, una vez más con Rovira dando —para bien— el cante. No se salvó, y de hecho terminó hundiendo el poco dinamismo que le quedaba a la emisión, la horrible y pesadísima actuación de Alex O’Dogherty, al que ni este cronista, fan del cómico, fue capaz de salvarle nada.

6. Los premiados: Diez Goyas para La Isla Mínima (entre ellos los más importantes: película, director, actor principal, actriz revelación, guión original), cuatro para “El Niño” (tres técnicos y uno a la mejor canción), tres de interpretación para Ocho Apellidos Vascos (las dos interpretaciones de reparto y el ya mencionado a Dani Rovira como actor revelación) y dos para Mortadelo Y Filemón contra Jimmy el Cachondo (guión adaptado y película animada, los dos con Fesser a la cabeza), además del Goya a mejor actriz principal para Bárbara Lennie por Magical Girl, seguramente el premio más cantado desde las semanas previas. Nada repartidos, como ven; una ganadora indiscutible (y merecida, diría yo) y la sensación de que el multipremiado Carlos Vermut vino a esta gala a quedarse en la orilla… aunque la competencia era poco menos que imbatible.

7. El homenaje: El Goya de Honor a Antonio Banderas era un reconocimiento esperado y necesario a la mayor estrella que ha debido dar España al cine mundial. Presentado por su amigo y mentor Pedro Almodóvar, Banderas se alargó en un discurso de cinco folios que me recordaba demasiado al que pronunció cuando le nombraron Hijo Predilecto de Andalucía hace dos años y que asemejaba más un pregón de semana santa, por bello que fuera. Como vino justo detrás de otro discurso igual de largo pero todavía más plúmbeo por parte de González-Macho, el resultado fue que entre los dos se cargaron el timing de la gala y puso de los nervios tanto al realizador como a los espectadores presentes y distantes. No era el sitio, Antonio, no era el sitio.

8. La realización: Un desastre. O igual no tanto, pero ciertamente mala: cámaras que se caían, sonido que iba y venía, ángulos de cámara que no tocaban, una escaleta que parece que no existía, pausas publicitarias descolocadas, división en bloques que parecía salida de la mente de un científico loco, una locución de auténtica pena y, lo único bueno, presentadores que no perdían el tiempo en chistes malos (de eso ya se encargaba Rovira). Al final dio todo lo mismo, porque la cosa se fue hasta las cuatro horas. Y no empezó mal, eh, tras los protocolos de bienvenida los premios iban con mucha velocidad y los discursos de agradecimiento, presionados por el maestro de ceremonias, se ajustaron al minuto reglamentario. Pero a mitad se desplomó el ritmo y el resto ya lo conocen… si aguantaron despiertos.

9. Lo peor: La excesiva duración de la gala, que otra vez se ha ido a cuatro horas (ojo: sin apenas anuncios) porque parece que no hay nadie capaz de estructurar una ceremonia con sentido del ritmo y del orden. Sé que me repito, pero es necesario volver a decirlo: Los Goya son, o deberían ser, un escaparate para el cine español (¡CHUPITO!), una forma de mostrar a los espectadores, que no están sólo en España, que hay cine que merece la pena ver, con medios y talento a pesar de las constantes dificultades económicas. Y eso no se consigue metiendo números musicales porque sí, dejando la responsabilidad técnica a malos profesionales, sentando a los realizadores de cortos sobre el escenario como si fueran colegiales castigados, dejando vía libre al presidente de la Academia para que se explaye durante un cuarto de hora, o haciendo el repaso a los muertos sin un regidor que indique que los aplausos han de oírse durante el tiempo que dure, y no sólo con los más conocidos. Al menos de esta vez no se veían las cámaras ENG en cada plano.

10. Lo mejor: El maestro de ceremonias. En serio. Aunque le tocase un guión y una estructura diseñados por un psicópata. También la buena disposición del público ante lo que se avecinaba. Bárbara Lennie. Los dos cracks de Mundoficción (El Mundo es Nuestro). El vestido de Bárbara Lennie. La omnipresencia de lo andaluz en toda la gala, incluyendo películas y premiados. El peinado de Bárbara Lennie. Los presentadores de los premios, más naturales y menos acogotados a la hora de entregarlos. Antonio Banderas, a pesar del discurso. ¿He dicho ya Bárbara Lennie?

Conclusión: Ha habido un año de películas de altísima calidad que, por suerte, ya casi no necesitan más publicidad porque tienen casi toda la carrera hecha antes de la gala. Aún así, llevamos treinta años de premios Goya como para que se siga cayendo en los mismos errores que ya había hace tres lustros. Es necesario un esfuerzo mayor para esta insustituible herramienta publicitaria y no fiarlo todo a la labor del presentador, que bastante tuvo con no resultar demasiado jartible a la una de la mañana. Imagínense si esta retransmisión se hubiese hecho en una cadena privada con anuncios cada tres premios… al final hasta a mí me habrían convencido de quitar las subvenciones al cine, sólo por no soportar esto. Que servidor se lo pasó muy bien viéndola y tuiteándola, porque en el fondo soy un masoca… pero no me fastidien, hombre. ¡Hagan televisión, que aunque se hable de cine es de la tele de lo que se trata!

Ya veremos el año que viene.

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