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Todología con bigote
...y volvería a hacerlo

31 de diciembre. Último día del año, última nota del año. Trescientos sesenta y cinco días sin fallar ni uno, escribiendo día a día, buscando el hueco, la forma, el lugar, a veces incluso el ordenador desde donde poder publicar al final de cada jornada el post diario. Una tarea titánica, cargada de tantos momentos buenos como malos, de tardes de auténtico pánico ante la ventana vacía del editor de textos con dedos que se negaban a moverse, a teclear siquiera un par de frases. Pero también de noches en las que las palabras salían solas e hilvanaban sentencias con sentido y sinsentidos sentenciosos.

No ha sido fácil y sí agotador. Publicar algo cada día, sin saber al principio de qué vas a hablar, requiere una fuerza de voluntad que, honestamente, no esperaba tener cuando comencé este proyecto el 1 de enero. A mí mismo me impuse una serie de reglas no escritas pero más o menos tácitas. Por ejemplo, escribir siempre para el día corriente, sin dejar nada preparado para los próximos y sin dejar huecos esperando compensarlos con ración doble en las jornadas posteriores. La rutina de la escritura y publicación diarias era la clave; todo lo demás, hacer trampas. Por otra parte, había que ser honestos; evidentemente hay formas sencillas de cumplir con la obligación autoimpuesta, como hacer posts de frases simples, fotoposts, acudir a material de terceros, abrazarse sin excepción a la política o resolverlo todo a base de secciones fijas. Si bien no renuncié a todo ello, sí que procuré no abusarlo, por ejemplo dejando al menos una semana de margen entre dos notas de “ideas sueltas”, no hacer más de una celtiberiada al mes y al menos diez o quince días entre los posts preguntoides. Tampoco hubo un reglamento para esto, solamente revisar la lista de notas ya publicadas, respirar hondo… e intentar otra cosa.

Quise ensayar géneros como el epigrama, la poesía más íntima, las notas en audio (de las cuáles al final sólo hice una, pero me habría gustado hacer más) o incluso el periodismo. Volví a otros que quería recuperar y lo conseguí con más o menos fortuna, como el del microrrelato. Me dejé en el tintero hacer algo de teatro o dibujo, y ahí se me ha quedado una espina para sacar más adelante. Relaté historias de mi infancia y juventud que me hicieron reflexionar sobre lo ya vivido mientras las escribía. No he sido (casi) nada divulgativo ni creo que se haya podido aprender nada informativo de mis textos; pero si sirvieron, al menos, para hacer pensar, puedo sentirme algo satisfecho.

He intentado, eso sí, ser honesto al máximo. Por eso es raro el post que ha sufrido cambios más allá de los gramaticales o estilísticos tras ser publicado. Cuando ha habido que corregir ideas, así lo he indicado, y cuando hube de ser consecuente con una opinión, espero haberlo sido. No voy a decir que todo salió de las tripas, puesto que algunos textos sí pasaron por una revisión previa, más calmada, que me hizo suprimir frases o incluso párrafos enteros porque me parecían injustos o porque no disponía de información suficiente como para hacer según qué afirmaciones. En algunos he pecado de excesivo entusiasmo; en otros, de excesiva contención. Creo, sin embargo, que mi prosa es suficientemente clara como para distinguir ambas circunstancias. Del lector depende determinar si es así.

Porque, aunque empecé escribiendo para mí solo, es justo reconocer que he terminado escribiendo también para los posibles lectores; procurando, eso sí, no resultar complaciente, pero sí ejerciendo un cierto autocontrol sobre las expresiones y sentencias. Ser consciente de que hay alguien al otro lado sirve en buena medida de freno, pero no creo haberme autocensurado nunca. Bien es verdad que no me gusta caer en boutades, aunque no descarto haber caído en alguna.

Esto he aprendido: escribir es un arte y un oficio. Da igual el talento que tengas, sólo puedes perfeccionarlo escribiendo, escribiendo y escribiendo cada vez más. Pero, como en el estudio de un idioma, si lo dejas por un tiempo se te olvida con inusitada rapidez. Algunas veces he intentado colocarme en el sitio de un columnista de medios que, por contrato, debe escribir algo diariamente y no puede escaparse de esa obligación. Este experimento me ha permitido ser más tolerante con el todólogo de prensa y, a la vez, conmigo mismo. No sé si escribo mejor ahora que cuando empecé, pero creo que sí escribo diferente; más sutil, menos mascado, más personal y menos académico. Leo mis notas de meses pasados y me cuesta reconocerme en muchas de ellas, como si las hubiera escrito otro autor que es casi idéntico a mí pero mueve sus manos por el teclado de manera independiente. No sé si he forjado un estilo propio o si para eso queda todavía mucho que sudar. Intento no repetirme y me repito mucho cuando lo digo.

¿Qué sucederá ahora que el proyecto ha terminado? En realidad, nada relevante: el cuaderno va a seguir, desde luego, éste no es un texto de cierre. Pero volverá a su periodicidad caótica, a sus posts salidos del impulso, a los silencios largos entre notas y —espero— a la conversación con el lector cuando el resultado la propicie. Ha sido un año hermoso y satisfactorio. Hice algo que nunca pensé que sería capaz de hacer y hoy, treinta y uno de diciembre, puedo darlo por cumplido con el orgullo de haberlo logrado, aunque no marque ningún hito en la Historia ni le cambie la vida a nadie. Excepto a mí, supongo…

…y volvería a hacerlo. Pero no ahora.

Feliz 2015.

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