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Todología con bigote
Contra el discurso del rey

Españolas, españoles,

en estas fechas tan señaladas, me llena de orgullo y satisfacción decirles que estoy hasta las mismísimas narices de Rudolf de discursos reales emitidos al peso por (casi) todas las cadenas, públicas o privadas, en los que el monarca de turno, cada año más viejo y más hastiado, enumera una serie de lugares comunes de entre los cuales se destacarán por los medios de comunicación una o dos frases que aparentan salirse de lo corriente, pero que se encuentran perfectamente estudiadas y aprobadas por los poderes correspondientes. Estoy hasta lo que vienen siendo las gónadas del caballo del Cid de los posteriores análisis pormenorizados de posturas reales, decorado, fotos al fondo, rayones en las estanterías, incluso del olor a naftalina que debe despedir ese despacho donde sumahestá se dirige a un país que ni conoce ni comprende. Estoy hasta la joroba de los camellos de Oriente de que mañana la prensa adicta de consumo masivo abra a toda portada con los detalles de un discurso que no cambiará ni un pelito la situación de España ni la vida de los españoles y que es, por ello, irrelevante y estúpido. Estoy, en definitiva, jartito de Borbón, y el único discurso real que podrá interesarme jamás será aquel en el que el tenedor de la corona decida renunciar a ella, en su nombre y en el de sus posibles herederos, para siempre jamás.

Dicho esto, qué alfombra tan horrible.

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