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Todología con bigote
Volver al barrio

Dicen que cuando uno regresa de una ausencia larga, la primera impresión es que todo parece como si no hubiese cambiado nada. Hasta que nos aventuramos a dar pasos cortos y empezamos a descubrir los detalles, las diferencias. Aquellas cosas que en la revisión general escaparon a nuestra vista y ahora nos hacen caminar torpes y desorientados por las calles que nos sonaban tan familiares.

Esto, que en una ciudad mediana o grande es quizá menos notable, se acentúa en las más pequeñas y, sobre todo, en los barrios. Cuando recorremos la barriada donde pasamos gran parte de nuestra vida, al principio todo se ve igual, incluso los ruidos y los olores de la calle se aferran a nosotros, preguntándonos que dónde habíamos estado. Pero fijemos la vista y encontraremos una tienda que ya no vende los mismos productos, una churrería de la que no queda ni el luminoso y cuya persiana cerrada da a entender que ni el local ha vuelto a habitarse durante años. En aquel núcleo de bloques con soportales donde uno intentaba jugar al escondite alguien decidió levantar verjas de hierro y cerrar las cancelas durante la mayor parte del día. Un bar que cerró y volvió a abrir siete veces, cada una con distinto propietario, ahora se ha convertido en el despacho de una gestoría y parece el negocio más sensato para lo que se usó ese local maldito. Cuando te fuiste había media docena de panaderías, ahora habrá la mitad, o igual el número es el mismo pero ninguna ocupa el sitio donde estaban las que tú recuerdas. Y caminas torpemente, como si hubiesen cambiado el pavimento de las aceras tres o cuatro veces y ya no seas capaz de reconocer las losetas sin tropezarte. Sí, desde luego hay lugares anclados férreamente a su pedazo de suelo: la farmacia, el supermercado, el colegio, algún jardín… con un mínimo de cambios, pulidos por las arenas del tiempo, dejan algunas pistas de la vida que allí te dejaste.

Y sí, incluso los olores y sonidos que se te agarraban al llegar son distintos: Hay menos vespinos, casi no pasa el hombre del butano y el aire huele más a diesel que a gasolina. Ya no se reconocen las voces, porque muchas siguieron el mismo camino que tú, solo que por trayectos diferentes, y las que les han reemplazado vienen de la parte extranjera a tus recuerdos, aunque con seguridad muchos han crecido y vivido en el barrio tanto como tú, sólo que nunca te pasaron cerca. Sólo de vez en cuando, alguno de los que se quedaron te encuentra y te saluda, y te pregunta lo de siempre: cómo estás, dónde has estado, qué haces, qué llevaste, qué dejaste, qué traes de vuelta y, sobre todo, aunque nunca exactamente con estas palabras, si eres feliz. Y uno contesta, a veces con pausa, a veces atropelladamente, la lista de respuestas estándar a preguntas que uno nunca sabe responderse con sinceridad.

Al final, volver al barrio sirve para comprobar que el tiempo pasa a diferentes velocidades. Y, en la mayoría de los casos, para saber que nunca se va a volver a lo que una vez se dejó atrás. Porque dejó de existir en el momento en que te fuiste.

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