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Todología con bigote
Madrid, ladrillo visto

Hay algo místico en llegar a una gran ciudad, sobre todo si es por tren o por carretera. El aumento paulatino de la densidad de los edificios conforme te vas acercando a las entradas de la urbe, difusas entre enjambres de naves industriales y centros comerciales, sin distinguir una raya concreta que te indique que “a partir de aquí” comienza la civilización o el caos, según se vaya viendo.

Madrid es un paradigma de ese efecto. Para mí llegar a Madrid empieza cuando los costados de la autopista se empiezan a poblar de torres de ladrillo rojo, cuyo tinte va virando a negro según aumenta el flujo de vehículos y los tres carriles de la interurbana se desdoblan en los seis de la circunvalación, que ya más que circunvalación es una transversal exagerada con moles de colmenas humanas a ambos lados, coronadas por inmensos logotipos de las marcas de moda. De repente todo es muy grande: las casas, las señales, las indicaciones en la autovía, el ruido de alrededor, incluso las nubes parecen más grandes y amenazadoras. Es otro efecto extraño: de repente, parece que haya más sombra, que hasta el cielo se retira sobrecogido.

Y lo curioso es que son efectos que ni se moderan ni se dulcifican cuando ya hemos aparcado el culo en nuestro destino y cambiamos las ruedas o las vías por los pies. Es una ciudad donde la acera más ancha parece comprimirse hasta el infinito, donde la talla extra de las construcciones, clásicas y modernas, sumada a las constantes cuestas arriba y abajo, recortan ese cielo tan cantado por los amantes de esta ciudad hasta dejarlo en un laberinto de carriles azules o grises, según el día que pende sobre nuestras cabezas. Y más ladrillo rojo, muy rojo. Madrid son murallas de ladrillo visto de una tonalidad tan característica que subraya el olor a añejo que rezuman sus calles y plazas, especialmente las que van hacia el sur, decorando incluso el aire que les rodea. Es un estilo tan asumido que incluso la burbuja inmobiliaria que recubrió de acero y hormigón la corona exterior de la ciudad durante tantos años se ocupó con suma diligencia de rematar las construcciones con más ladrillo rojo, aunque de tonos más claros, dejando como regalo de bienvenida al visitante una colección de bloques casi exactamente iguales completados con los marcos en verde oscuro y las persianas marrones que hoy siguen recordando la época de la maldita abundancia.

Quizá por eso me chocó esta tarde un cambio aparentemente inocuo pero, visto bien, muy radical: Sin haberme dado cuenta antes, hoy vi que los autobuses urbanos de la capital habían cambiado —no sé desde cuándo— su característico color ladrillo rojo por un azul bastante incomprensible.

Supongo que alguien decidió que Madrid tenía que dejar de ser Madrid por algún sitio.

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