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Todología con bigote
The art of fúmbo

Cuando estaba en mi último año del instituto tenía un compañero, un año mayor que yo, que era árbitro de fútbol provincial los fines de semana. Lo suyo era auténtica vocación, algo que en el arbitraje debe de ser lo habitual, porque si no no me lo explico: le pagaban una cantidad simbólica (creo que no llegaba a mil pesetas, 6 euros, por partido), le daban en el mejor de los casos un bocadillo como “dieta” y en ocasiones tenía que pagarse él mismo el desplazamiento. Pero la señal más clara de que arbitrar era una pasión que le escapaba a toda lógica eran las barbaridades que me contaba de algunos encuentros, que incluían, aparte de los insultos inherentes al cargo por parte de las aficiones, amenazas nada veladas de palizas, huidas de algún campo de albero bajo una lluvia de pedradas e incluso algún amago de tirarle al arroyo.

Todas esas “anécdotas” se parecían demasiado a las que me contaba un conocido mío que estuvo varios años jugando en segunda provincial con el equipo de su barrio. Una de las más suaves fue en un partido como visitante, cuando le lesionaron brutalmente en una jugada que le dejó en el suelo, por suerte dejándole la pierna intacta. El árbitro se le acercó y le dijo “mira, yo sé que ha sido falta, pero ¿quieres que estos nos maten?” Podía más el miedo a la grada local que al juego limpio. Y algo de razón tenía, porque en esos encuentros no había ni guardia civil poniendo orden, ni comisión antiviolencia, ni delegación del gobierno declarando partidos de alto riesgo, ni comité de competición que valiera un pimiento. Las ligas regionales eran (y, si no me equivoco, siguen siendo) batallas campales en no pocos casos, de los cuáles apenas sale alguno en los medios de vez en cuando. Y casi siempre cuando la tragedia ya ha ocurrido. Cuando salen estas noticias, además, se repiten factores y protagonistas: las víctimas suelen ser los árbitros o los equipos forasteros, y entre los perpetradores suelen encontrarse padres o incluso autoridades locales. Gente que se toman las ligas como torneos de Champions, de cuyas victorias dependerían ingresos, fiestas y parabienes para la localidad. Hay algún virus turbio en el fútbol que saca lo peor de gente de ordinario normal y comedida, que deberían ser ejemplo para su descendencia y acaban reforzando y perpetuando los peores aspectos de este juego.

Sempé y Goscinny parodiaron esto con bastante ternura en sus historias del Pequeño Nicolás (el de verdad, no el tolai que sale ahora por la tele). En uno de los episodios salían los chavales jugando al fútbol contra los de otro barrio y los padres acababan haciendo el papel de entrenadores, implicándose hasta la locura. El partido se tiene que interrumpir por la lluvia y se decide reanudar a la semana siguiente, con los progenitores explicando tácticas a unos críos cada vez más aburridos. Al final, son los propios padres los que asaltan el campo y terminan pateando el balón mientras sus vástagos se han ido a ver los resúmenes de la jornada en la tele. Como suele decirse, los mayores acaban jodidos, pero contentos. Un par de moratones y alguna lesión de tobillo por los achaques de la edad, pero por demás todos amigos y a por cervezas. Una descripción que no sé si será excesivamente idílica, pero que desde luego está bastante alejada de la realidad de los “chavales” que compiten sobre campos de tierra jugándose una copa de hojalata o para evitar un descenso de categoría a otra todavía más terrorífica. Y claro, uno se pregunta si no deberíamos empezar a solucionar los problemas de violencia en los estadios empezando por los polideportivos de valla metálica y gradas de cemento barato. Así, lo mejor en unos años ya no haría falta rodear el Bernabéu o el Camp Nou de policías nacionales.

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