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Todología con bigote
Epístola a los barajenses

En el principio fue la puerta de embarque. Y el verbo. Concretamente el verbo esperar, predicado siete horas.

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La transformación de la zona comercial de Barajas no la ha vuelto más luminosa; aunque, sin duda, hay muchos más puntos de luz, artificial y molesta. Ahora la han plagado de pantallas electrónicas donde los anuncios en video silencioso rodean desde arriba a los asientos de los agotados viajeros, vigilándolos desde cuatro metros y medio de altura. Un poco más allá, una tienda de ropa exhibe en su entrada otro panel, éste hasta el suelo, en el que una seductora modelo no deja de mirar y sonreír a los paseantes. Sólo falta la voz en off de “Blade Runner que anunciaba, entre el smog y la densa lluvia ácida de Los Ángeles en permanente noche, nuevas oportunidades en las colonias del mundo exterior. No es exactamente lo mismo, pero se aproxima bastante. Menos mal que dentro no llueve, aún.

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Por supuesto, mucha gente aprovecha el viaje para estrenar y lucir su ropa de invierno por la terminal del aeropuerto, aunque en ésta haga un calor del infierno. Pero mejor eso que facturar el abrigo de piel de foca, pensarán. Pasamos ante un embarque y ella me dice: “¿Adivina por qué hay tantos visones en la cola?”. Miro el destino: Pamplona. Parecía obvio.

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El repaso habitual a los títulos de los “Relay”: junto a los pesadísimos —en todos los sentidos— tratados-basura de política, los folletos de autoayuda disfrazados como ensayos de economía y las biografías de encargo sobre futbolistas de moda, está el tercer volumen de Rancio Sevillano, que ya ocupa sin duda su lugar entre los autores que te acortan los viajes. Y me alegro mucho por él.

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Aunque a veces sí lo hago, hoy no es un día en el que preste atención a las conversaciones de quienes se sientan cerca en la sala de espera. Al contrario, como voy acompañado, de vez en cuando me pregunto si alguien presta atención a las nuestras. Lo peor es que en esos casos creo que elevo ligeramente la voz y me tienta inventarme algún diálogo del tipo “qué has hecho con el cadáver del sótano”, como en aquel episodio de Frasier.

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Hago una excepción a lo anterior, porque no quiero olvidarme de esa gente de amarillo. Una de ellas es una mujer madura proveniente de Europa del Este. La otra es un chico del norte de España. En ambos casos estoy haciendo de profesor Higgins, porque realmente no tengo forma de saberlo. Ella de conversación muy animada y con un entusiasmo al hablar quizás exagerado, como descubriendo el idioma con delicia en cada momento. Él también sonriente, pero más calmado. En el retazo que llega a mis oídos están hablando de serbios musulmanes, grupo al que pertenece la novia de él. “Altos, rubios y que se llaman Suleyman o Muhammad”, dice a su compañera, que muestra una sorpresa incontenida. Ahora el que sonríe soy yo, pero con disimulo.

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Elementos del aeropuerto debidos sin duda al cuñado de alguien: el olor del desinfectante para los servicios. La lógica de asignación de puertas de embarque. La caja automática de los refectorios (a falta de denominación mejor). Las sillas de diseño del “Deli&Cía”. El nombre “Deli&Cía”.

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Colas de embarque organizadas en la zona K. Colas de embarque caóticas en la zona J. Colas de embarque dispersas en la zona H, la del control de pasaportes. El aislamiento consciente y escéptico del Reino Unido se ha extendido a las terminales del resto de Europa.

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Volamos. Sean buenos, barajenses, que tendremos que volver.

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